viernes, 25 de septiembre de 2026

LA MARIOLOGÍA DEL BEATO FULTON SHEEN

Beato Fulton J. Sheen

Ayer, 24 de septiembre, festividad de Nuestra Señora de la Merced, se encendía una nueva estrella en el firmamento de la Iglesia: el Beato Fulton Sheen. Su fuerza como comunicador y escritor de la fe brotaba de la contemplación diaria ante Jesús Sacramentado. Asimismo, su veneración y amor a la Virgen, aunque presente en toda su obra, ha quedado reflejada de manera especial en un capítulo de su libro El Calvario y la Misa (Cf. Parte III, donde se pone en relación la tercera palabra de Jesús en la Cruz “He ahí a tu Madre” con el Sanctus de la Misa). El nuevo Beato no tiene reparos en atribuir a Nuestra Señora los títulos de Corredentora y Medianera de todas las gracias, permaneciendo lejano de las aprensiones formuladas recientemente por el Cardenal Víctor Manuel Fernández. No hay que olvidar que los santos son los mejores teólogos.

* * *

«Nosotros somos hijos de María —literalmente, hijos. Ella es nuestra Madre no por título ficticio o por título de cortesía; es nuestra Madre porque ella soportó en aquel preciso momento los sufrimientos de la maternidad para todos nosotros. Y ¿por qué nos la dio Nuestro Señor como Madre? Porque conoció que jamás seríamos santos sin ella. El vino a nosotros a través de su pureza, y sólo a través de su pureza podemos nosotros volver a Él. No hay Sanctus sin María. Toda víctima que sube a este Altar bajo las especies de pan y vino debe haber dicho el Confíteor y haberse convertido en víctima santa; pero no hay santidad sin María.

Observad que cuando fue dirigida aquella palabra a nuestra Santísima Madre había allí otra mujer que estaba postrada. ¿No os habéis fijado en que prácticamente todas las representaciones de la Crucifixión pintan siempre a la Magdalena de rodillas a los pies del crucifijo? Pero jamás habréis visto la imagen de Nuestra Señora postrada. Juan estaba allí y nos dijo en su Evangelio que ella estaba en pie. El la vio en pie. Y ¿por qué estaba de pie? Estaba de pie para servirnos. Estaba de pie para ser nuestro ministro, nuestra Madre.

Si María se hubiese postrado en aquel momento como lo hizo la Magdalena, si al menos hubiese llorado, su dolor habría tenido un alivio. La pena que llora nunca es una pena que rompe el corazón. El que se deshace es el corazón que no puede hallar salida por la fuente de las lágrimas. El corazón que estalla es el que no puede tener un desahogo emocional. Y todo aquel quebranto fue parte del precio de nuestro rescate pagado por nuestra Co-Redentora, María la Madre de Dios. 

Calvario. José de Ribera

Y porque nuestro Señor quería que hiciese con nosotros las veces de Madre, la dejó en este mundo cuando El subió a los cielos, para que ella pudiese criar a la Iglesia naciente. La Iglesia niña necesitaba de una Madre, exactamente como el Infante, Cristo. Tuvo que quedarse en la tierra hasta que su familia estuviese criada. Por eso la hallamos en Pentecostés permaneciendo en oración con los Apóstoles, esperando el descendimiento del Espíritu Santo. Estaba criando el Cuerpo Místico de Cristo.

Ahora está coronada en el Cielo como Reina de los Ángeles y de los Santos, convirtiendo el cielo en otra fiesta de bodas de Caná, donde intercede con su Divino Salvador en favor de nosotros, sus otros hijos, hermanos de Cristo, e hijos del Padre Celestial …

No se trata aquí de confundir a Nuestra Señora con Nuestro Señor.

Veneramos a nuestra Madre, adoramos a nuestro Señor. Pedimos a Jesús aquellas cosas que sólo Dios puede conceder: misericordia, gracia, perdón. Y pedimos que María quiera interceder por nosotros con El y especialmente a la hora de la muerte. Por esa proximidad a Jesús que su misión envuelve, sabemos que nuestro Señor oye especialmente sus ruegos. A ningún otro santo le podemos hablar como a un hijo a su Madre. Ninguna otra virgen o mártir o confesor ha sufrido tanto por nosotros como ella sufrió; ninguno ha cimentado mejor que ella sus derechos a nuestro amor y a su patrocinio.

Mediadora de todas las gracias, todos los favores nos vienen de Jesús por medio de ella, como por ella nos vino el mismo Jesús. Queremos ser santos; pero conocemos que no hay santidad sin ella, porque ella fue el don que nos hizo Jesús en el Sanctus de su cruz. No hay mujer que pueda olvidar jamás al hijo de sus entrañas. María ciertamente no puede olvidarnos. Por eso nosotros llevamos profundamente grabado en nuestros corazones que siempre que ella ve un niño inocente en la mesa de la Primera Comunión, o un pecador arrepentido caminando hacia la cruz, o un corazón deshecho rogando que el agua de su vida malgastada se convierta en el vino del amor de Dios, ella, María, escucha de nuevo aquella palabra: 'Mujer, he ahí a tu hijo'».


(Futlon Sheen, El Calvario y la Misa, 1961, c. III)



 

lunes, 21 de septiembre de 2026

SOBERANÍA Y NECESIDAD DEL SEÑOR

El milagro de la multiplicación de los panes y peces

Cristo, al hacerse hombre, se nos muestra soberano y necesitado a la vez. Es Señor y tiene el imperio sobre todo lo creado, pero quiere a la vez presentarse como necesitado de nuestra humilde e insignificante colaboración. Desea que nunca olvidemos que somos importantes para Él. Decía San Josemaría al respecto:

«Dícele uno de sus discípulos, Andrés, hermano de Simón Pedro: aquí está un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; mas ¿qué es eso para tanta gente?» (Jn 6, 8-9). Necesita de un niño, de un muchacho, de unos trozos de pan y de unos peces. Le hacemos falta tú y yo, hijo mío: ¡y es Dios! Esto nos urge a ser generosos en nuestra correspondencia. No necesita para nada de ninguno de nosotros, y –al mismo tiempo– nos necesita a todos. ¡Qué maravilla! Lo poco que somos, lo poco que valemos, nuestros pocos talentos nos los pide, no se los podemos escatimar. Los dos peces, el pan: todo». (Cf. En diálogo con el Señor, n. 22).

El Venerable Fulton Scheen consideraba admirado esta paradoja de majestad y acatamiento, de señorío y dependencia en la vida de Cristo. Y así como al dueño del pollino le bastó el mensaje «el Señor tiene necesidad de él» (Mc 11, 3)» para cederlo sin resistencias, así también hemos de sentirnos honrados ante la posibilidad de poner al servicio de Jesús algo de lo que consideramos nuestro.

«Quizá no se ha escrito nunca una paradoja tan grande como ésta: Por un lado, la soberanía del Señor, y por otra, su necesidad. Esta combinación de divinidad y dependencia, de posesión y pobreza, era consecuencia de que la Palabra, o el Verbo, se hubiera hecho carne. Realmente, el que era rico se había hecho pobre por nosotros, para que pudiésemos ser ricos. Pidió prestado a un pescador una barca desde la cual poder predicar; tomó prestado panes de cebada y peces que llevaba un muchacho con objeto de alimentar a la multitud; tomó prestada una sepultura de la cual resucitaría, y ahora tomaba prestado un asno sobre el cual entrar en Jerusalén. A veces Dios se permite tomar cosas de los hombres para recordarles que todo procede el Él. Para aquellos que le conocen, le es suficiente oír estas palabras: "El Señor tiene necesidad de tal cosa". (Fulton J. Scheen, Vida de Cristo, Herder 1985, p. 288). 

jueves, 17 de septiembre de 2026

¿POR QUÉ SU YUGO ES SUAVE Y LIGERA SU CARGA?


 «Ubi maior est amor, minor est labor» repetía con frecuencia San Agustín; «Donde mayor es el amor, menor es el esfuerzo (o trabajo)». Ese misterioso poder del amor, que “vuelve ligero” el esfuerzo hasta hacerlo deleitable, es un acervo de la espiritualidad cristiana.

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«Tú, Señor, eres bueno y clemente, rico en misericordia; ¿quién, que haya empezado a gustar, por poco que sea, la dulzura de tu dominio paternal dejará de servirte con todo el corazón? ¿Qué es, Señor, lo que mandas a tus siervos? Cargad —nos dices— con mi yugo. ¿Y cómo es este yugo tuyo? Mi yugo —añades— es llevadero y mi carga ligera. ¿Quién no llevará de buena gana un yugo que no oprime, sino que halaga, y una carga que no pesa, sino que da nueva fuerza? Con razón añades: Y encontraréis vuestro descanso. ¿Y cuál es este yugo tuyo que no fatiga, sino que da reposo? Por supuesto aquel mandamiento, el primero y el más grande: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón. ¿Qué más fácil, más suave, más dulce que amar la bondad, la belleza y el amor, todo lo cual eres tú, Señor, Dios mío?». 

(San Roberto Belarmino, Tratado sobre la ascensión de la mente hacia Dios, Grad. 1: Opera Omnia 6, edición de 1862, 214. Del oficio de lectura del 17 de septiembre, fiesta del santo).

miércoles, 16 de septiembre de 2026

ESTO SÍ QUE ES AUTÉNTICA SINODALIDAD

Santos Cornelio y Cipriano

Hoy la liturgia de las horas nos deleita con una carta de San Cipriano dirigida al Papa Cornelio elogiando la fortaleza de su fe y su admirable testimonio ante la persecución. Ambos se ayudan y preparan para el último combate. Pienso que estos viejos y santos pastores ya vivían una autentica y propia sinodalidad, construida al pie de la cruz y no en mesas de camaradería que poco o nada dicen a la gente.

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Cipriano a su hermano Cornelio:

Hemos tenido noticia, hermano muy amado, del testimonio glorioso que habéis dado de vuestra fe y fortaleza; y hemos recibido con tanta alegría el honor de vuestra confesión, que nos consideramos partícipes y socios de vuestros méritos y alabanzas. En efecto, si formamos todos una misma Iglesia, si tenemos todos una sola alma y un solo corazón, ¿qué sacerdote no se congratulará de las alabanzas tributadas a un colega suyo, como si se tratara de las suyas propias? ¿O qué hermano no se alegrará siempre de las alegrías de sus otros hermanos?

No hay manera de expresar cuán grande ha sido aquí la alegría y el regocijo, al enterarnos de vuestra victoria y vuestra fortaleza: de cómo tú has ido a la cabeza de tus hermanos en la confesión del nombre de Cristo, y de cómo esta confesión tuya, como cabeza de tu Iglesia, se ha visto a su vez robustecida por la confesión de los hermanos; de este modo, precediéndolos en el camino hacia la gloria, has hecho que fueran muchos los que te siguieran, y ha sido un estímulo para que el pueblo confesara su fe el hecho de que te mostraras tú, el primero, dispuesto a confesarla en nombre de todos; y, así, no sabemos qué es lo más digno de alabanza en vosotros, si tu fe generosa y firme o la inseparable caridad de los hermanos. Ha quedado públicamente comprobada la fortaleza del obispo que está al frente de su pueblo y ha quedado de manifiesto la unión entre los hermanos que han seguido sus huellas. Por el hecho de tener todos vosotros un solo espíritu y una sola voz, toda la Iglesia de Roma ha tenido parte en vuestra confesión.

Ha brillado en todo su fulgor, hermano muy amado, aquella fe vuestra, de la que habló el Apóstol. Él preveía, ya en espíritu, esta vuestra fortaleza y valentía, tan digna de alabanza, y pregonaba lo que más tarde había de suceder, atestiguando vuestros merecimientos, ya que, alabando a vuestros antecesores, os incitaba a vosotros a imitarlos. Con vuestra unanimidad y fortaleza, habéis dado a los demás hermanos un magnífico ejemplo de estas virtudes.

Y, teniendo en cuenta que la providencia del Señor nos advierte y pone en guardia y que los saludables avisos de la misericordia divina nos previenen que se acerca ya el día de nuestra lucha y combate, os exhortamos de corazón, en cuanto podemos, hermano muy amado, por la mutua caridad que nos une, a que no dejemos de insistir junto con todo el pueblo, en los ayunos, vigilias y oraciones. Porque éstas son nuestras armas celestiales, que nos harán mantener firmes y perseverar con fortaleza; éstas son las defensas espirituales y los dardos divinos que nos protegen.

Acordémonos siempre unos de otros, con grande concordia y unidad de espíritu, encomendémonos siempre mutuamente en la oración y prestémonos ayuda con mutua caridad cuando llegue el momento de la tribulación y de la angustia. (Carta 60, 1-2. 5).

 

martes, 15 de septiembre de 2026

FAC ME TECUM PLANGERE

Virgen Dolorosa de Miguel Cabrera (1769)

«Oh Madre, fuente de amor, hazme sentir tu dolor para que llore contigo», pedimos suplicantes en el Stabat Mater. Queremos ser solidarios del inmenso dolor de María, de modo similar a como ella lo fue de los sufrimientos de su Hijo. De un misal de fieles extraigo esta breve y piadosa explicación de la fiesta de hoy, Nuestra Señora de los Dolores.

* * *

«La fiesta de hoy está estrechamente unida a la anterior (La exaltación de la Santa Cruz). Santa María se unió con su inmenso dolor de Madre a los padecimientos de su Hijo en la Cruz, mereciendo ser llamada por ello CORREDENTORA. Las representaciones de la Virgen Dolorosa han conmovido siempre el corazón de los cristianos, ayudándonos a valorar más la maldad del pecado y el valor de la redención».

* * *

Anthony Van Dyck 
Deposición de Cristo (1619)

Quis est homo, qui non fleret,
Matrem Cristi si videret
In tanto supplicio?

Y ¿qué hombre no llorara
Si la Madre contemplara de Cristo
En tanto dolor?

(Stabat Mater)



 

lunes, 14 de septiembre de 2026

LA LITURGIA TRADICIONAL LLAMA A LA CONVERSIÓN

El padre Antonius Maria Mamsery, misionero tanzano de la Santa Cruz, celebró este año la misa de Pentecostés durante la tradicional peregrinación a Chartres. Era la primera vez que participaba y ha quedado conmovido; preguntado sobre sus impresiones, ha dicho: «Es la esperanza de Europa, la esperanza de la cultura cristiana, la esperanza del renacimiento de la fe y del catolicismo como lo fue en el pasado». El padre Antonius Maria conoce por experiencia propia el valor y la fuerza del rito antiguo; cómo a través de él muchas almas se topan con el misterio; cómo es un vehículo espléndido de transmisión íntegra de la fe de la Iglesia y cómo predispone muchos corazones a la conversión. Además, está convencido que «la destrucción del carácter sagrado de la liturgia en muchos lugares ha sido y sigue siendo la principal catástrofe de nuestro tiempo». Vaya de nuestra parte la oración y el apoyo al padre Antonius, a su labor misionera y a la tarea de difundir la misa tradicional en el continente africano. 

Recientemente se han publicado dos entrevistas al padre Mamsery cuya lectura recomendamos. (Ver: advaticanum.com y france-catholique.fr, traducida al español en infocatolica.com. De esta última transcribo su interesante respuesta a la pregunta sobre el carácter misionero de la liturgia.

 * * *

¿De qué maneras puede la liturgia ser misionera?

«La liturgia expresa lo que creemos, cómo creemos, en quién creemos y la reverencia que le debemos… Por eso no podemos tomarla a la ligera. Uno de los grandes errores de nuestro tiempo es creer que la «participación activa» en la liturgia consiste en gesticular con las manos y el cuerpo, hacer ruido, tocar instrumentos musicales, etc. Humildemente pregunto: ¿te atreverías a hacer eso bajo la Cruz, viendo a tu Maestro morir en un sufrimiento horrible? ¿No? Entonces, ¿por qué durante la Santa Misa? El Catecismo de la Iglesia Católica nos enseña que la Misa es el mismo sacrificio de la Cruz, ofrecido en nuestros altares… La destrucción del carácter sagrado de la liturgia en muchos lugares ha sido y sigue siendo la principal catástrofe de nuestro tiempo.

Los primeros misioneros, al llegar a tierras extranjeras sin conocer el idioma, simplemente celebraban la Santa Misa con reverencia, y los paganos se sentían atraídos por estos «hermosos gestos», abandonando su culto pagano para volverse hacia este Dios verdadero, tan venerado por los misioneros. La liturgia misma era un llamado a la conversión. Esto es precisamente lo que está sucediendo hoy… Todos los continentes, pero especialmente Europa y América, están presenciando la conversión de un gran número de jóvenes, no gracias a los famosos predicadores de nuestro tiempo, ni a los hacedores de milagros, sino gracias a la liturgia tradicional… ¡Nadie puede negarlo con toda honestidad! Es el Espíritu Santo quien revela toda la Verdad, como prometió Nuestro Señor. Hoy en día, muchos documentos del Magisterio nos invitan a abrirnos a escuchar al Espíritu… Creo que ahora es el momento, más que nunca, de escuchar lo que el Espíritu del Señor comunica a la Iglesia de nuestro tiempo a través de los miles de jóvenes que caminan juntos con alegría, haciendo importantes sacrificios, en busca de la Verdad».

(Los destacados son nuestros).


sábado, 12 de septiembre de 2026

EL NOMBRE DE MARÍA, PUERTO DE SALVACIÓN

Oración de San Alfonso María de Ligorio dirigida a María como esperanza segura de salvación. En realidad, María es la marca de los elegidos. 

* * *

¡Oh Madre del santo amor!
¡Oh vida, refugio y esperanza nuestra!
Bien sabéis que vuestro divino Hijo, Jesucristo,
no contento con haberse hecho perpetuo abogado nuestro
cerca del Padre eterno, quiso también que fuerais Vos
cerca de Él nuestra intercesora,
para impetrarnos las misericordias de Dios.

Jesús ha determinado que vuestras oraciones
nos ayuden a conseguir nuestra eterna salvación,
y les ha dado tanta eficacia, que alcanzan cuanto piden.
A Vos, pues, acude, esperanza de los miserables,
este desventurado pecador. 

Espero, Señora, que por los méritos de Jesucristo,
y por vuestra intercesión, me he de salvar.
De Vos lo espero todo y de tal suerte lo espero,
que si mi certera salvación estuviera en mis manos,
la pondría en la vuestras;
porque más me fio de vuestra protección y misericordia,
que de todas mis buenas obras.

¡Oh Madre y esperanza mía!
No me abandonéis, como lo tengo merecido.
Mirad mi miseria y muévaos a compasión.
Socorredme y salvadme. Confieso que muchas veces con mis pecados
he cerrado la puerta de mi alma a las luces y gracias
que me habéis alcanzado del Señor.

Pero la piedad que tenéis de los miserables
y el poder que tenéis cerca de Dios vencen
el número y la malicia de todos mis deméritos.
Conozca el cielo y la tierra que no se puede perder
el que es por Vos protegido.

Olvídense de mí todas la criaturas,
pero Vos, Madre del Dios omnipotente, no me echéis en olvido.
Decir al Señor que soy vuestro siervo;
decidle que Vos me defendéis, y me salvaré.

¡Oh María!, cuento con Vos;
en esta esperanza vivo y en ella espero y quiero y espero morir,
diciendo siempre: «Mi única esperanza es Jesucristo,
y después de Jesucristo, la Virgen María».

(Cf. Las Glorias de María, Madrid 1977, p. 136-137)



jueves, 10 de septiembre de 2026

SANTA FAUSTINA Y EL ARMA DE LA ORACIÓN

«Sola est oratio, quae Deum vincit; solo la oración vence a Dios». Es la célebre sentencia de Tertuliano que señala el poder inefable de la oración cristiana. Y añade más adelante: «La oración es el muro de la fe, y el arma que nos vigila por todos lados, frente al Enemigo» (Cf. De Oratione, c. 29). La vida de los santos es una confirmación fehaciente de esta doctrina. Del Diario de Santa María Faustina Kowalska extraigo el siguiente episodio:

«La adoración nocturna del jueves. Hice la adoración desde las once hasta las doce. Hice esta adoración por la conversión de los pecadores empedernidos y especialmente por los que perdieron la esperanza en la Divina Misericordia. Meditaba sobre lo mucho que Dios sufrió y lo grande que es el amor que nos mostró, y nosotros no creemos que Dios nos ama tanto. Oh Jesús, ¿Quién lo comprenderá? ¡Qué dolor para nuestro Salvador! Y ¿Cómo puede convencernos de su amor si su muerte no llega a convencernos? Invité a todo el cielo a que se uniera a mi para compensar al Señor la ingratitud de ciertas almas.

Jesús me enseñó cuánto le agrada la plegaria reparadora; me dijo: La plegaria de un alma humilde y amante aplaca la ira de Mi Padre y atrae un mar de bendiciones. Después de la adoración, a medio camino hacia mi celda, fui cercada por una gran jauría de perros negros, enormes, que saltaban y aullaban con una intención de desgarrarme en pedazos. Me di cuenta de que no eran perros sino demonios. Uno de ellos dijo con rabia: Como esta noche nos has llevado muchas almas, nosotros te desgarraremos en pedazos. Contesté: Si tal es la voluntad de Dios misericordiosísimo, desgárrenme en pedazos, porque me lo he merecido justamente, siendo la más miserable entre los pecadores y Dios es siempre santo, justo e infinitamente misericordioso. A estas palabras, los demonios todos juntos contestaron: Huyamos porque no está sola, sino que el Todopoderoso está con ella. Y desaparecieron del camino como polvo, como rumor, mientras yo tranquila, terminando el Te Deum, iba a la celda contemplando la infinita e insondable misericordia Divina».

(Santa Faustina Kowalska, Diario. La Divina Misericordia en mi alma, n.º 319 y 320).


 

viernes, 4 de septiembre de 2026

«CONSUMMATUM EST». AFECTOS EN TORNO A ESTA PALABRA POSTRERA DE CRISTO

Cristo agonizante de Velázquez 

Las palabras que pronunció Jesús desde lo alto del Madero han inspirado miles de sermones y cientos de libros. Se comprende que sea así: «Las siete palabras de Cristo en la Cruz, que concluyeron con un gran grito, son las últimas de su vida mortal… El Verbo empuja libremente hacia la muerte a su naturaleza humana, en la que lleva todo el peso del mal en nuestro mundo. Las siete palabras son los pasos de su aproximación a la muerte. Ellas dan una voz al dolor final de Cristo y nos entreabren este misterio. Lo que es drama espantoso se convierte por ellas en una enseñanza. Se nos ha encendido una luz. Es la del Verbo, oculta en el corazón sangrante de la Cruz, para hacer brillar estos siete Rayos» (Ch. Journet, Las siete palabras de Cristo en la Cruz”, Madrid 1976, p. 46-47).

* * *

«Nuestro amable Redentor se acerca al fin de su carrera. Contempla, alma mía, aquellos ojos que se obscurecen, aquel hermoso rostro que se torna pálido, aquel corazón que palpita con lentitud, aquel sagrado cuerpo que se abandona a la muerte. "Después de haber gustado el vinagre, dijo Jesús: Todo está consumado" (Io 19, 30). Estando ya próximo a expirar, recorrió con la mente todos los trabajos de su vida; la pobreza, los sudores, las injurias y agravios que había recibido, y ofreciéndolo de nuevo al Eterno Padre, dijo: Todo esta cumplido; se ha consumado todo lo que de mi escribieron los profetas, y está también terminado el sacrificio que Dios aguardaba para aplacar su cólera y para satisfacer su justicia irritada. Todo está cumplido, dijo Jesús vuelto a su Padre; y volviéndose a nosotros torna a repetir; «Todo está terminado». Como si dijera: ‘Mirad, ¡oh, hombres!, que de mi parte he hecho cuanto estaba de mi mano para salvaros y ganar vuestro amor, he hecho lo que podía; haced ahora de vuestra parte lo que os corresponde; amadme, y no rehuséis amar a un Dios que ha llegado hasta morir por conquistar vuestro corazón’». 

(San Alfonso María de Ligorio, Meditaciones sobre la Pasión de Jesucristo, Madrid 1977, p. 173).


 

jueves, 3 de septiembre de 2026

MAGNO TAMBIÉN EN LA HUMILDAD

Gregorio Magno inspirado por el Espíritu Santo, 
miniatura del Registrum Gregorii, c. 983

Con gran humildad y responsabilidad, San Gregorio Magno nos abre su corazón para confesarnos cómo su misión de supremo pastor de la Iglesia le sobrepasa y humilla. Sin embargo, «el Creador y Redentor del género humano es bastante poderoso para darme a mí, indigno, la necesaria altura de vida y eficacia de palabra, ya que por su amor, cuando hablo de él, ni a mí mismo me perdono».

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«Hijo de Adán, te he puesto de atalaya en la casa de Israel. Fijémonos cómo el Señor compara sus predicadores a un atalaya. El atalaya está siempre en un lugar alto para ver desde lejos todo lo que se acerca. Y todo aquel que es puesto como atalaya del pueblo de Dios debe, por su conducta, estar siempre en alto, a fin de preverlo todo y ayudar así a los que tiene bajo su custodia.

Estas palabras que os dirijo resultan muy duras para mí, ya que con ellas me ataco a mí mismo, puesto que ni mis palabras ni mi conducta están a la altura de mi misión.

Me confieso culpable, reconozco mi tibieza y mi negligencia. Quizá esta confesión de mi culpabilidad me alcance el perdón del Juez piadoso. Porque, cuando estaba en el monasterio, podía guardar mi lengua de conversaciones ociosas y estar dedicado casi continuamente a la oración. Pero, desde que he cargado sobre mis hombros la responsabilidad pastoral, me es imposible guardar el recogimiento que yo querría, solicitado como estoy por tantos asuntos.

Me veo, en efecto, obligado a dirimir las causas, ora de las diversas Iglesias, ora de los monasterios, y a juzgar con frecuencia de la vida y actuación de los individuos en particular; otras veces tengo que ocuparme de asuntos de orden civil, otras, de lamentarme de los estragos causados por las tropas de los bárbaros y de temer por causa de los lobos que acechan al rebaño que me ha sido confiado. Otras veces debo preocuparme de que no falte la ayuda necesaria a los que viven sometidos a una disciplina regular, a veces tengo que soportar con paciencia a algunos que usan de la violencia, otras, en atención a la misma caridad que les debo, he de salirles al encuentro.

Estando mi espíritu disperso y desgarrado con tan diversas preocupaciones, ¿cómo voy a poder reconcentrarme para dedicarme por entero a la predicación y al ministerio de la palabra? Además, muchas veces, obligado por las circunstancias, tengo que tratar con las personas del mundo, lo que hace que alguna vez se relaje la disciplina impuesta a mi lengua. Porque, si mantengo en esta materia una disciplina rigurosa, sé que ello me aparta de los más débiles, y así nunca podré atraerlos adonde yo quiero. Y esto hace que, con frecuencia, escuche pacientemente sus palabras, aunque sean ociosas. Pero, como yo también soy débil, poco a poco me voy sintiendo atraído por aquellas palabras ociosas, y empiezo a hablar con gusto de aquello que había empezado a escuchar con paciencia, y resulta que me encuentro a gusto postrado allí mismo donde antes sentía repugnancia de caer.

¿Qué soy yo; por tanto, o qué clase de atalaya soy, que no estoy situado, por mis obras, en lo alto de la montaña, sino que estoy postrado aún en la llanura de mi debilidad. Pero el Creador y Redentor del género humano es bastante poderoso para darme a mí, indigno, la necesaria altura de vida y eficacia de palabra, ya que por su amor, cuando hablo de él, ni a mí mismo me perdono». (San Gregorio Magno, Homilías sobre Ezequiel, L. 1, 11. Texto tomado del Oficio de lectura de su fiesta).


 

viernes, 28 de agosto de 2026

CUANDO LLORAR ES AMAR

Fresco de la muerte de Santa Mónica
Basílica de San Agustín, Roma.

En uno de los relatos más conmovedores de la literatura cristiana, San Agustín nos cuenta los sentimientos que albergaba su corazón tras la muerte de su querida madre. Al principio intentó contener las lágrimas y reprimir su tristeza; sin embargo, comprendió que el  llanto al que lo empujaba su dolor no era señal de debilidad, si bien alguien pudiese considerarlo así. Finalmente –nos dirá– “solté las riendas a las lágrimas, que tenía contenidas, para que corriesen cuanto quisieran”; y sus lágrimas fluyeron de sus ojos como ríos de oración agradecida que corrían en dirección a esas mismas cimas que días antes, junto a su madre, ambos habían vislumbrado.

* * *

«Pero de aquí que poco a poco tornaba al pensamiento de antes, sobre tu sierva y su santa conversación, piadosa para contigo y santamente blanda y morigerada con nosotros, de la cual súbitamente me veía privado. Y sentí ganas de llorar en presencia tuya, por causa de ella y por ella, y por causa mía y por mí. Y solté las riendas a las lágrimas, que tenía contenidas, para que corriesen cuanto quisieran, extendiéndolas yo como un lecho debajo de mi corazón; el cual descansó en ellas, porque tus oídos eran los que allí me escuchaban, no los de ningún hombre que orgullosamente pudiera interpretar mi llanto.

Y ahora, Señor, te lo confieso en estas líneas: léalas quienquiera e interprételas como quisiere; y no se burle de mí, si hallare pecado en haber llorado yo a mi madre la exigua parte de una hora, a mi madre recién muerta entonces ante mis ojos, ella, que me había llorado tantos años para que yo viviese para los tuyos; antes bien, si es mucha su caridad, llore por mis pecados delante de ti, Padre de todos los hermanos de tu Cristo». (San Agustín, Confesiones, L. IX, 33).


 

jueves, 27 de agosto de 2026

HABLA EL CARDENAL SARAH Y LOS AMANTES DE LA MISA TRADICIONAL SE LO AGRADECEMOS DE TODO CORAZÓN


En una magnífica entrevista de Nico Spuntoni publicada hoy en el periódico Il Giornale, el Cardenal Robert Sarah, con su claridad habitual, habla sobre los beneficios de la Forma extraordinaria del Rito Romano, la humillación que supuso Traditionis Custodes para el Papa Benedicto y la necesidad de que los fieles opten libremente por las formas del rito romano más adecuadas a la práctica de su fe.

Fuente: ilgiornale.it


«La Misa antigua es la que ayuda 
a los sacerdotes a celebrar mejor»

Por Nico Spuntoni

Su Eminencia, ¿cree que existe aversión al latín y al canto gregoriano en algunos sectores de la Iglesia?

Me parece que se trata de una aversión por parte de ciertos círculos culturales autorreferenciales que tiene más que ver con la psicología que con fundamentos reales, y creo que es únicamente una cuestión generacional: cuando desaparezca la generación del 68, desaparecerán también estos unilateralismos infundados que menoscaban la propia estatura cultural del catolicismo latino.

Benedicto XVI estaba convencido de que la Forma Extraordinaria (la llamada Misa tradicional en latín) podía influir positivamente en aquellas celebraciones de la Forma Ordinaria que carecían de sacralidad. ¿Tenía razón?

Entre los efectos de la liberalización de la forma extraordinaria se encuentra la influencia positiva, incluso diría la corrección, de posibles abusos en la celebración de la forma ordinaria. Tales abusos son actos sumamente graves, pero jamás podemos equipararlos con la forma ordinaria misma. Muchos sacerdotes dan testimonio de que el descubrimiento de la forma extraordinaria les ha ayudado a celebrar mejor. Creo que la intención de Benedicto XVI era también profundamente humilde y democrática: asegurar su mayor difusión posible para permitir que el pueblo de Dios, a lo largo de las décadas, eligiera la forma que mejor se correspondiera con la práctica de su fe. Pero todo esto fue truncado por Traditionis Custodes, mientras el Pontífice Emérito aún vivía.

¿Cuál es su opinión al respecto?

No me pareció una decisión sabia ni respetuosa. Pero Benedicto, un hombre tan manso como un cordero, se dejó humillar y, así, en silencio y oración, ofreció su sufrimiento a Dios, para identificarse mejor con el dolor de Cristo por su Iglesia y purificarla.

¿Qué opina de la petición de levantar las restricciones?

El acceso a formas rituales reconocidas que han existido durante siglos jamás podrá limitarse artificialmente mediante decretos. Si un rito no contribuyera a la fe, desaparecería por sí solo; si, por el contrario, la preserva y la promueve, no debemos limitarlo, pues estaríamos limitando la preservación y la difusión de la fe misma.

¿Qué les diría a los muchos fieles que se sienten atraídos por la antigua liturgia, pero que quizás tienen que viajar kilómetros para asistir a misa?

Solo puedo admirar esta gran expresión de amor a Dios. Este fenómeno se está extendiendo cada vez más. Si la jerarquía es realmente capaz de interpretar los signos de los tiempos actuales —y no los del 68, que aún llegan demasiado tarde—, entonces se podrán abrir espacios para un diálogo fraterno y sereno. Como Iglesia, no podemos atacar a quienes asisten devotamente a Misa simplemente porque prefieren una forma sobre otra: esta es una actitud miope y puramente ideológica, por lo tanto, poco pastoral y anticristiana. Es perjudicial y destructiva para la Iglesia.


martes, 25 de agosto de 2026

FE Y CONFESIÓN DE CRISTO. UNA REFLEXIÓN DE BENEDICTO XVI

Jesús entrega las llaves a Pedro. Vincenzo Catena
Museo del Prado

Comentando los primeros versículos del pasaje evangélico de la Confesión de Pedro (Mt 16, 13–20), Benedicto XVI señala dos posibles modos de conocer a Cristo: el conocimiento puramente externo basado en lo que opina la gente y el conocimiento sobrenatural de la fe, el único que nos introduce en la profundidad del misterio de Cristo. Ni las encuestas, ni las simples opiniones, ni el estudio puramente humano de Cristo son suficientes para entrar en su intimidad y seguirle sin condiciones. Sin fe se podrá admirar a Cristo, pero nunca confesarlo, o sea, decir quién es realmente.

* * *

«En el evangelio que hemos escuchado (cf. Mt 16, 13–20), vemos representados como dos modos distintos de conocer a Cristo. El primero consistiría en un conocimiento externo, caracterizado por la opinión corriente. A la pregunta de Jesús: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?», los discípulos responden: «Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas». Es decir, se considera a Cristo como un personaje religioso más de los ya conocidos. Después, dirigiéndose personalmente a los discípulos, Jesús les pregunta: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Pedro responde con lo que es la primera confesión de fe: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo». La fe va más allá de los simples datos empíricos o históricos, y es capaz de captar el misterio de la persona de Cristo en su profundidad.

Pero la fe no es fruto del esfuerzo humano, de su razón, sino que es un don de Dios: «¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos». Tiene su origen en la iniciativa de Dios, que nos desvela su intimidad y nos invita a participar de su misma vida divina. La fe no proporciona solo alguna información sobre la identidad de Cristo, sino que supone una relación personal con Él, la adhesión de toda la persona, con su inteligencia, voluntad y sentimientos, a la manifestación que Dios hace de sí mismo. Así, la pregunta de Jesús: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?», en el fondo está impulsando a los discípulos a tomar una decisión personal con relación a Él. Fe y seguimiento de Cristo están estrechamente relacionados. Y, puesto que supone seguir al Maestro, la fe tiene que consolidarse y crecer, hacerse más profunda y madura, a medida que se intensifica y fortalece la relación con Jesús, la intimidad con Él. También Pedro y los demás apóstoles tuvieron que avanzar por este camino, hasta que el encuentro con el Señor resucitado les abrió los ojos a una fe plena».

Fuente: www.vatican.va

 




 

sábado, 22 de agosto de 2026

AVE REGINA CÆLORUM


Ave Regina cælorum, 
Ave Domina Angelorum,
Salve radix, salve porta, 
Ex qua mundo lux est orta.

Gaude, Virgo gloriosa,
Super omnes speciosa,
Vale, O valde decora!
Et pro nobis Christum exora.

* * *

Salve, Reina del Cielo,
Salve, Señora de los Ángeles,
Salve, raíz, salve, puerta,
De quien brotó la Luz al mundo.

Alégrate, Virgen gloriosa,
Hermosa entre todas las demás,
Adiós, doncella bellísima,
Y ruega por nosotros a Cristo.


viernes, 21 de agosto de 2026

UNA AMISTAD ENTRE SANTOS

Imagen de San Pío X realizada por del escultor italiano Sciancalepore. 
Encargada por San Josemaría Escrivá como manifestación
 de su inmensa devoción al Santo.

Desde muy temprano el fundador del Opus Dei, San Josemaría Escrivá, tuvo especial devoción a San Pío X. Le guardó una particular gratitud porque gracias a sus disposiciones pudo hacer antes su primera Comunión. Más tarde le nombró entre los Santos intercesores de la Obra, y el recurso a su mediación se acentuó fuertemente en sus últimos años. Por entonces, llegaron a sus manos varias reliquias de San Pío décimo donadas por familiares descendientes del Papa Sarto. En un coloquio de familia en 1972, comentó: “He estado leyendo recientemente los documentos de este Santo Papa… Le quiero particularmente, y pienso que él, desde el Cielo, está ayudando mucho al Opus Dei. Parece que está contento, porque ha puesto en mis manos, en este año pasado, un montón de reliquias suyas… Procuro corresponder a su cariño haciéndole amar, porque en ciertas esferas eclesiásticas no se puede ni hablar de San Pio X... Leed todos los documentos suyos, y gozaréis. Son de una actualidad tan grande, que deberían volverse a escribir para la Iglesia de ahora. Amad mucho a San Pio X y releed sus escritos”. Finalmente su agradecimiento y devoción a San Pio X se materializó en la hermosa imagen que mandó colocar en Cavavianca, el Seminario romano de la Prelatura, con una lápida en latín que es un buen reflejo de los sentimientos e intenciones que deseaba dejar a los pies del Santo Pontífice. Pocos días antes de su muerte, oró frente a esta imagen. Como había indicado que se doraran algunos elementos de la escultura para que luciera más, se dirigió al santo con este amistoso halago: ‘¡Qué guapo te van a dejar!’». Abajo una traducción propia del texto latino de la lápida:

EN EL AÑO 1972 DE NUESTRA REDENCIÓN

Mientras la Santa Iglesia se ve afligida por muchas insidias del diablo, esta imagen de San Pío X ha sido colocada para que, con su ayuda e intercesión, el Opus Dei, siempre firme en la fe e inflamado por un amor ardiente a la Santísima Eucaristía, persevere sin cesar en su misión de defender fielmente a la Madre Iglesia y al Romano Pontífice.


miércoles, 19 de agosto de 2026

COMO CAZADOR SIGILOSO

Natividad de Murillo

Es propio del cazador experimentado acercarse sigilosamente a su presa para no espantarla ni precipitar su fuga con riesgo de perderla. Así actuó Dios al venir a este mundo: ocultó su infinita majestad para no ahuyentar a la oveja perdida que venía a rescatar. Como un cazador sigiloso –dirá Teodoto de Ancira (+ ca 446)– se revistió con la debilidad de la carne para evitar nuestra huida y alcanzarnos con los dardos de su amor.

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«Ni los profetas, que habían sido vencidos; ni los doctores, que nada habían adelantado; ni la Ley, que carecía de la fuerza suficiente; ni los frustrados intentos de los ángeles; ni la voluntad de los hombres, reacia a practicar lo que es bueno: para levantar la naturaleza caída, hubo de venir su mismo Creador. Y vino, no con la manifestación externa de su condición divina: precedido de un gran clamor, con el ensordecedor estruendo del trueno, rodeado de nubes y mostrando un fuego terrible; ni con sonido de trompetas, como antiguamente se había aparecido a los judíos, infundiéndoles terror; tampoco usó de insignias imperiales, ni se presentó con una corte de arcángeles: no deseaba atemorizar al desertor de sus leyes.

El Señor de todas las cosas apareció en forma de siervo, revestido de pobreza para que la presa no se le escapase espantada. Nació en una ciudad que no era ilustre en el Imperio, escogió una obscura aldea para ver la luz, fue alumbrado por una humilde virgen, asumiendo la indigencia más absoluta, para lograr, en silencio, al modo de un cazador, apresar a los hombres y así salvarles.

Si hubiese nacido con esplendor y rodeado de grandes riquezas, los incrédulos hubieran atribuido a esa abundancia la transformación de la tierra. Si hubiese escogido la gran ciudad de Roma, entonces la más poderosa, de nuevo habrían creído que la potencia de la Urbe fue la que cambió el mundo. Si hubiese sido hijo del emperador, habrían atribuido el bien conseguido a la nobleza y poder de esa cuna. Si fuese hijo de un gran hombre de leyes, lo hubiesen achacado a la sabiduría de sus prescripciones.

¿Qué es lo que hizo en cambio? Escogió todo lo que es pobre y sin valor alguno, lo más modesto e insignificante, para que fuese evidente que sólo la Divinidad ha transformado el mundo. Precisamente por eso, eligió una madre pobre, una patria todavía más pobre, y Él mismo se hizo pobrísimo».

(Teodoto de Ancira, Homilía I en la Navidad del Señor).

 

martes, 11 de agosto de 2026

EL SENTIDO DEL SACRIFICIO: COMPRAR EL AMOR DE DIOS

«En esto está todo el contenido esencial de la misa: en la realización de un sacrificio», dice el Beato Rafael Alcocer OSB, mártir, en su obra La Misa de siempre. La misa Católica explicada a los fieles. Abajo recojo algunos párrafos sugerentes del libro donde el autor señala que la finalidad última que mueve al hombre a ofrecer sacrificios a Dios es el deseo de comprar su amor.

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“Decía Platón, –en “el Banquete”– que “todo el arte de los sacrificios no tiene más objeto que conservar el amor… Le está encomendado cuidar del amor entre los hombres y los dioses, y producirlo”. Como inspirado y casi en mística “catarsis”, el gran filósofo penetra verticalmente en el entrañado sentido de este acto de religión. Un poco más de estremecimiento en su estado como de trance, y, en vez de “producir” hubiera dicho “comprar el amor”.

En efecto; el sacrificio puede definirse diciendo que es un don sensible ofrecido a Dios para expresar simbólicamente la donación que el hombre hace de sí mismo a la divinidad.

Los sacrificios tienen por nota sustantiva y primera el expresar por parte del hombre una relación de dependencia con respecto a su Dios; pero cualquiera que sea la finalidad inmediata de un sacrifico, y aunque parezca limitado a expresar una declaración de entrega por parte del hombre, lo que más en el fondo expresa es una petición; lo que realmente intenta el hombre por medio del sacrifico es siempre y en último análisis comprar el amor de su Dios”.

Sin embargo, para poder alcanzar ese noble fin algo faltaba a los sacrificios humanos. Sigue diciendo Alcocer: “Platón, sin adivinar siquiera el más hondo sentido de sus palabras, decía ser propio de los sacrificios “Producir el amor entre los hombres y los dioses. Y, precisamente, toda la cuestión estaba en esto.

Rota por el pecado primero la comunicación sobrenatural de los hombres con Dios, por muchas víctimas que inmolaran, por mucho que ofrecieran, valía más, inmensamente más, lo que trataba de adquirir que el precio que ofrecía…

Y era imposible soñar siquiera que el hombre pudiera tener jamás en sus manos una hostia de tal precio para ofrecerla al Señor…

Lo que la humanidad pedía en el orden sobrenatural quedó obtenido de una vez para siempre no por el valor de sus víctimas, sino por aquella Víctima que valía tanto como Dios. Y esto es el sacrificio del Calvario.

Pero además, en la noche de la Cena última, en aquel acto tremendo en el cual Jesucristo hizo al Padre la ofrenda sacerdotal de sí mismo, dejó por la institución eucarística su Cuerpo y su Sangre en nuestra pobres manos, vacías del todo, para que tuviéramos una víctima, una hostia eficaz que ofrecer al Señor y poder hacer personalmente nuestro el sacrificio mismo de la Cruz al renovarlo incruento en el altar. Y esto es el sacrifico de la misa”.

(Rafael Alcocer Martínez, OSB, La misa de siempre, versión Kindle, C. III, El Sacrifico de la misa).


 

jueves, 6 de agosto de 2026

¡QUÉ BIEN SE ESTÁ AQUÍ!

Icono de la Transfiguración (siglo XV)

El misterio de la Transfiguración del Señor marca un hito importante en la vida pública del Señor. El siguiente texto de un antiguo padre de la Iglesia nos invita a entrar en la nube que cubre el Monte Santo para exclamar con Pedro: ¡qué bien se está aquí!

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«Debemos apresurarnos a ir hacia allí —así me atrevo a decirlo— como Jesús, que allí en el cielo es nuestro guía y precursor, con quien brillaremos con nuestra mirada espiritualizada, renovados en cierta manera en los trazos de nuestra alma, hechos conformes a su imagen, y, como él, transfigurados continuamente y hechos partícipes de la naturaleza divina, y dispuestos para los dones celestiales.

Corramos hacia allí, animosos y alegres, y penetremos en la intimidad de la nube, a imitación de Moisés y Elías, o de Santiago y Juan. Seamos como Pedro, arrebatado por la visión y aparición divina, transfigurado por aquella hermosa transfiguración, desasido del mundo, abstraído de la tierra; despojémonos de lo carnal, dejemos lo creado y volvámonos al Creador, al que Pedro, fuera de sí, dijo: Señor, ¡qué bien se está aquí!

Ciertamente, Pedro, en verdad qué bien se está aquí con Jesús; aquí nos quedaríamos para siempre. ¿Hay algo más dichoso, más elevado, más importante que estar con Dios, ser hechos conformes con él, vivir en la luz? Cada uno de nosotros, por el hecho de tener a Dios en sí y de ser transfigurado en su imagen divina, tiene derecho a exclamar con alegría: ¡Qué bien se está aquí! donde todo es resplandeciente, donde está el gozo, la felicidad y la alegría, donde el corazón disfruta de absoluta tranquilidad, serenidad y dulzura, donde vemos a (Cristo) Dios, donde él, junto con el Padre, pone su morada y dice, al entrar: Hoy ha sido la salvación de esta casa, donde con Cristo se hallan acumulados los tesoros de los bienes eternos, donde hallamos reproducidas, como en un espejo, las imágenes de las realidades futuras».

 

(Del sermón de Anastasio Sinaíta, obispo, en el día de la Transfiguración del Señor. Oficio de lectura de la fiesta).


 

lunes, 3 de agosto de 2026

EL «NOLI ME TANGERE» COMENTADO POR SAN AGUSTÍN

"Noli me tangere" de Giulio Romano

«Hemos escuchado y hasta visto con los ojos de la fe el afecto de aquella piadosa mujer hacia el Señor. Buscaba a Jesús, pero todavía como quien busca el cuerpo de un hombre muerto y le amaba pero como a un maestro bueno…»

«¿Qué significa, pues: No me toques (Noli me tangere)? (Jn 20, 17). Este tocar simboliza la fe, pues tocando se acerca uno a lo tocado. Pensad en aquella mujer que padecía flujo de sangre. Decía en su corazón: Sanaré si toco la orla de su vestido (Mt 9, 21). Se acercó, la tocó y sanó. ¿Qué significa: «Se acercó y la tocó»? Que se acercó y creyó.

Para que sepáis que lo tocó mediante la fe, dijo el Señor: Alguien me ha tocado (Lc 8, 46).  ¿Qué es me ha tocado, sino «ha creído en mí»? Para que veáis que el tocar equivale al creer, le respondieron los discípulos y le dijeron: La multitud te apretuja y preguntas: ¿Quién me ha tocado? (Lc 8, 45-46). Si caminaras solo, si el gentío se apartase para que tú pasases, si nadie estuviese a tu lado, harías bien en decir: Alguien me ha tocado. ¡La multitud te apretuja, y tú piensas en que uno te ha tocado! Pero él insistió: Alguien me ha tocado. Primero había preguntado: ¿Quién me ha tocado?, y luego afirma: Alguien me ha tocado. Lo sabéis, puesto que decís: La multitud te apretuja. Alguien me ha tocado. Esta multitud sabe apretujar, mas no tocar. Está claro que es esto lo que quiso indicar al decir: ¿Quién me ha tocado? y Alguien me ha tocado.

Creemos, pues, que ese tocar es la fe de quien toca, o, mejor, el acercarse de quien cree. ¿Qué significa, en consecuencia: No me toques, pues aún no he subido a mi Padre? (Jn 20, 17). Piensas que soy solo lo que ves: aún no he subido a mi Padre. Ves que soy un hombre, y piensas que soy solo hombre; es cierto que soy hombre, pero no se quede ahí tu fe. No me toques pensando que soy solo un hombre. Aún no he subido a mi Padre. Subo a mi Padre: tócame entonces; es decir, progresa en la fe, comprende que soy igual al Padre; tócame entonces y sanarás. No me toques, pues aún no he subido a mi Padre. Ves que he descendido, pero aún no ves que he subido. Aún no he subido a mi Padre. Me anonadé tomando la forma de siervo, hecho a semejanza de los hombres y hallado como hombre en el aspecto externo (Flp 2, 7). Esto es lo que ha sido crucificado, sepultado y lo que resucitó. No ves, en cambio, lo otro: Existiendo en la forma de Dios, no consideró una rapiña ser igual a Dios (Flp 2, 6). Aún no ves que he ascendido. No pierdas el cielo tocando la tierra; no renuncies a creer en él como Dios, quedándote solo en el hombre. No me toques, pues aún no he subido al cielo».

(San Agustín, Obras completas, Del Sermón 244, sobre la Aparición a María Magdalena. BAC 1983, Vol. XXIV).

 

viernes, 31 de julio de 2026

SANTIDAD Y BELLEZA, LOS CAMINOS DE LA IGLESIA

Catedral de León

En medio de una falta de interés generalizada y con evidente pérdida de tiempo, muchos debaten hoy sobre las sendas sinodales de la Iglesia. Pero hace ya más de veinte años que Ratzinger/Benedicto XVI señaló con convicción los caminos más expeditos para el futuro de la Iglesia y el fortalecimiento de la fe: el encuentro con los santos y la experiencia de lo bello. La liturgia es sin duda el «locus» privilegiado para dicho encuentro. Cada año el calendario hace desfilar ante nuestros ojos el grandioso ejército de los santos, tan variados como idénticos por el amor apasionado a Cristo. Y es también en el campo de la liturgia donde la Iglesia ha hecho brotar bellezas cautivantes que han tocado y siguen tocando lo más íntimo de los corazones. ¿Podríamos, en consecuencia, permanecer pasivos mientras la fealdad y el mal gusto se apoderan del culto? Además, ¿no ha sido la liturgia tradicional fuente de santidad y belleza durante siglos como para pretender cancelarla?

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«Con frecuencia he afirmado mi convicción de que la verdadera apología del cristianismo, la demostración más convincente de su verdad contra todo lo que lo niega, la constituyen, por un lado, los santos, y por otro, la belleza que la fe ha generado. Para que hoy la fe se pueda extender, tenemos que conducirnos a nosotros mismos y guiar a las personas con las que nos encontramos al encuentro con los santos y a entrar en contacto con lo bello» (J. Ratzinger, Caminos de Jesucristo, Ed. Cristiandad 2004, p. 39).