jueves, 23 de julio de 2026

BRÍGIDA, MÍSTICA DE LA PASIÓN DE CRISTO

Escarnio de Cristo. Matthias Grünewald 

Como contemplativa asidua de la pasión de Cristo, Santa Brígida supo convertir cada escarnio, cada humillación, cada golpe padecido por Jesús en su camino de dolor, en un himno de agradecimiento, alabanza y glorificación a nuestro Salvador: Honor para siempre a ti, mi Señor Jesucristo..., Bendito seas tú, mi Señor Jesucristo…, Alabanza eterna a ti, mi Señor JesucristoEn una de las ascensiones de su alma se dirige al Señor con estas palabras:

«Gloria a ti, mi Señor Jesucristo, por las burlas que soportaste cuando fuiste revestido de púrpura y coronado con punzantes espinas, y aguantaste con una paciencia inagotable que fuera escupida tu faz gloriosa, que te taparan los ojos y que unas manos brutales golpearan sin piedad tu mejilla y tu cuello».

(De las oraciones de Santa Brígida. Cf. Oficio de lectura de su fiesta, 23 de julio).


martes, 21 de julio de 2026

TRADITIONIS CUSTODES: UNA «PERSECUCIÓN» INÚTIL

Presento en español una crónica perspicaz del Vaticanista y Corresponsal en Roma Michael Haynes. Fue publicada en el sitio web Per Mariam el 16 de julio pasado, con motivo del quinto aniversario del motu proprio Traditionis Custodes que restringió severamente el uso de la liturgia tradicional de la Iglesia.

Fuente: permariam.com


Traditionis Custodes: Cinco años de «persecución»
innecesaria y de caos
Por Michael Haynes

En este mismo día de 2021, el Papa Francisco reavivó las guerras litúrgicas en la Iglesia al publicar Traditionis Custodes (TC), deshaciendo de un solo golpe lo que muchos consideraban uno de los elementos más importantes del papado de su predecesor.

El motu proprio, que se convirtió rápidamente en un hito del papado de Francisco, al igual que muchos otros textos controvertidos de su pontificado, fue publicado en una fiesta mariana: la de Nuestra Señora del Monte Carmelo. En él figuraba la impactante y polémica afirmación de que «los libros litúrgicos promulgados por San Pablo VI y San Juan Pablo II, de conformidad con los decretos del Concilio Vaticano II, son la única expresión de la lex orandi del rito romano».

Como era de esperar, los miembros más activos del círculo cercano al Papa Francisco respaldaron el documento con sus acciones, y algunos obispos actuaron con rapidez para cancelar las celebraciones del antiguo rito, de una manera que denotaba gran impaciencia. Otros tardaron más en actuar, pero finalmente lo hicieron, y las misas continuaron cancelándose de forma regular y arbitraria en toda la Iglesia.

«La intención clara es condenar la Forma Extraordinaria a la extinción a largo plazo», escribió el cardenal Gerhard Müller el 19 de julio de 2021. Müller no es un entusiasta personal del rito tradicional, como atestiguó ese mismo mes, pero lo celebra con regularidad para quienes desean nutrirse de él y ha criticado en repetidas ocasiones sus restricciones. «En lugar de valorar el olor de las ovejas, el pastor aquí las golpea con fuerza con su cayado», escribió entonces.

Se trata de un tema reiterado por numerosos prelados que han expresado su preocupación por el texto, y es la realidad para un gran número de católicos afectados por las restricciones, que ven cómo se interrumpe abruptamente su misa habitual.

Como escribió en su momento la Fraternidad de San Pío X: «Todo, o casi todo, en Summorum pontificum, está disperso, abandonado o destruido».

El cardenal Raymond Burke, uno de los defensores más destacados de la misa tradicional, lamentó en julio de 2021 que el motu proprio fuera una «acción severa y revolucionaria» que ocultaba un intento de «eliminación definitiva» de la liturgia tradicional. Según Burke, a los asistentes a la misa en tradicional latina se les estaba transmitiendo el mensaje de que «padecen una aberración que puede tolerarse durante un tiempo, pero que debe erradicarse definitivamente».

A Burke se le unió pronto su compañero cardenal de las Dubia, Walter Brandmüller, quien opinó que Francisco había «desatado un huracán» con su texto. El cardenal Joseph Zen se sumó a esta opinión, afirmando que había herido los «corazones de muchas buenas personas».

El obispo Athanasius Schneider, otra figura reconocida internacionalmente en la defensa de la misa tradicional, se hizo eco de la descripción que hizo Müller de Francisco como un pastor que maltrata a su rebaño. Yendo más allá que el cardenal, Schneider argumentó que el motu proprio comete «una injusticia contra todos los católicos que se adhieren a la forma litúrgica tradicional, al acusarlos de ser divisivos y de rechazar el Concilio Vaticano II».

Y continuó diciendo: La Misa tradicional es un tesoro que pertenece a toda la Iglesia, ya que ha sido celebrada, profundamente apreciada y amada por sacerdotes y santos durante al menos mil años. De hecho, la forma tradicional de la Misa fue casi idéntica durante siglos antes de la publicación del Misal del papa Pío V en 1570. Un tesoro litúrgico válido y muy estimado, con casi mil años de antigüedad, no es propiedad privada de un papa, del cual pueda disponer libremente.

La postura de estos prelados no ha variado en los cinco años transcurridos desde entonces. A medida que un obispo tras otro ha utilizado TC para reprimir a las comunidades florecientes de su diócesis, el sistema de dos clases del que advirtió Schneider se ha puesto efectivamente en práctica. Sigue vigente hasta el día de hoy la orden de que las misas tradicionales no se anuncien públicamente en los boletines parroquiales, una situación tan absurda como draconiana.

Esta situación ha propiciado la proliferación de misas al estilo de las catacumbas, confirmando así la predicción de muchos tras la publicación de TC. Sin duda, las órdenes tradicionales exentas de TC han florecido, al igual que la FSSPX. Año tras año, jóvenes han acudido a los seminarios en cifras récord, y cualquier esperanza que el Vaticano tuviera de erradicar la misa tradicional es ahora inexistente.

Ciertamente ha sido restringida, censurada, limitada y perseguida, pero de ninguna manera extinguida. El papa Francisco defendió TC a lo largo de su pontificado. Cuando este corresponsal le preguntó sobre los motivos que lo sustentaban, respondió: «Lee el motu proprio; allí lo tienes todo».


 

lunes, 13 de julio de 2026

VAMOS A LA SOLEDAD

El 12 de abril de 1920, con tan solo 19 años, Santa Teresa de los Andes –la primera santa chilena– dejaba este mundo para unirse definitivamente a su divino Esposo. «Sólo Jesús es hermoso. El sólo puede hacerme gozar», escribe esta joven carmelita que en poco tiempo el amor de Cristo la enloqueció.  Su célebre frase: «Jesucristo, ese loco de amor que me ha vuelto loca», compendia admirablemente su corta pero intensa vida.

Para cualquier alma contemplativa los días de retiro se esperan con ansiedad e ilusión. Permanecer a solas con Dios, mirarle con quietud, sumergirse en la infinita grandeza de su bondad y misericordia, lejos del mundanal ruido, es en cierto modo anticipar la dicha del cielo. También días afanosos buscando el rostro de Dios en la penumbra. 

En sus diarios, Teresa de Los Andes tomó notas de cinco retiros, el último ya estando en el Carmelo. Recojo a continuación los primeros párrafos de las notas autobiográficas, con sus respectivos títulos, de tres de esos retiros (1917-1918-1919) que bien supo aprovechar, y en poco tiempo la dispusieron a entrar en su Retiro definitivo.

* * *

«Vamos a la soledad» (1917)

«Agosto 8. Hoy entro a retiro. Oigo la voz de mi Jesús que me dice “vamos a la soledad”. “La llevaré a la soledad y allí le hablaré a su corazón” (Oseas 2, 14). Me retiro con Él en lo íntimo de mi alma y allí, como en otro Nazaret, viviré en su compañía con mi Madre y San José. Jesús me ha dicho que va a hacer un registro en su casita para ver lo que le hace falta para purificarla.

¡Hablad, Señor! (1918)

Agosto 7. Entro al retiro: «Hablad, Señor, que vuestra sierva escucha» (I Sam 3, 9). Quiero decir con la Sma. Virgen: «Fiat mihi secundum Verbum tuum». (Lc 1, 38). Mi casita estará cerrada para todo lo del mundo y abierta sólo para el cielo. Como Magdalena, me pongo a oír de N. Señor «la única cosa necesaria» (Lc 10, 42). Quiero guardar el silencio y mortificar la vista.

Retiro del Espíritu Santo (1919)

Entré ayer a retiro. N. Señor me dijo que fuera por Él a su Padre. Que lo único que quería en este retiro era que me escondiera y sumergiera en la Divinidad para conocer más a Dios y amarlo, y conocerme más a mí y aborrecerme. Que quería que me dejase guiar por el Espíritu Santo enteramente. Que mi vida debe ser una alabanza continua de amor. Perderme en Dios. Contemplarle siempre sin perderle de vista jamás. Para esto, vivir en un silencio y olvido de todo lo creado, pues Dios, por su naturaleza, siempre vive solo. Todo es silencio, armonía, unidad en Él. Y para vivir en Él, es necesario simplificarse, no tener sino un solo pensamiento y actividad: alabar».

(Santa Teresa de los Andes, Diarios y Cartas, Ediciones Carmelo Teresiano, Santiago de Chile 2022, pp. 63, 84, 105).

 

sábado, 11 de julio de 2026

EL EXPOLIO DE CRISTO

El expolio de Cristo. Giandomenico Tiepolo

Meditación del Santo Cardenal Newman a la décima estación del Via Crucis: Jesús es despojado de sus vestiduras.

* * *

«Finalmente ha arribado al lugar del sacrificio, y ellos comienzan a prepararlo para la Cruz. Sus vestiduras son desgarradas de su cuerpo ensangrentado, y Él, el Santo de los Santos, quedó expuesto a las fijas miradas de la multitud ordinaria y burlona.

Tú, que en tu Pasión fuiste desnudado de todas tus ropas, y levantado ante la curiosidad y la mofa del populacho, desnúdame de mí mismo aquí y ahora, para que en el último día no me avergüence delante de los hombres y de los ángeles. Tú soportaste la vergüenza en el Calvario para evitarme la vergüenza del Juicio. Tú no tenías nada de que avergonzarte personalmente, y la vergüenza que sentiste fue porque habías asumido la naturaleza del hombre. Cuando te arrancaron tus vestimentas, esos inocentes miembros tuyos fueron objeto de humilde a amorosa adoración para los altísimos serafines.

Ellos permanecieron en derredor en silenciosa veneración, maravillados de tu belleza, estremecidos de tu infinito abatimiento. Pero yo, Señor, ¿cómo aparecería si tú me sostuvieras en el futuro para ser mirado fijamente, desvestido de ese manto de gracia que es tuyo, y visto en mi propia vida y naturaleza personal? Qué horrible soy en mí mismo, aun en mi mejor estado. Aun cuando soy purificado de mis pecados mortales, cuánta enfermedad y corrupción se ve en mis pecados veniales. ¿Cómo podré ser digno de la compañía de los ángeles, y de tu presencia, hasta que tú quemes esta lepra impura en el fuego del purgatorio?»

(John Henry Newman, Meditaciones y devociones, Ed. Agape Libros, Buenos Aires 2007, p. 132).






 

miércoles, 8 de julio de 2026

EL PERDÓN DE DIOS

Las lágrimas de San Pedro

Conmovedora anécdota en la vida de Santa Faustina Kowalska que nos ayuda a comprender mejor la hondura del perdón divino. Dios, -tardo a la ira y grande en misericordia- (Num 14, 18), se olvida prontamente de los pecados que perdona. Un perdón sin olvido siempre será un perdón resentido.

* * *

«Llevaba Santa Faustina Kowalska unos días algo inquieta por unas visiones que tenía. Dudando de si eran de Dios o, al contrario, eran provocadas por el demonio para confundirla, lo habló con su confesor. Este, que era una persona muy espiritual como después se demostró, le dijo: “La próxima vez que veas la visión pregúntale cuál fue el último pecado que te perdonó Dios”.

Así lo hizo Santa Faustina y en la próxima ocasión que tuvo dijo a la visión: “¿Cuál es el último pecado que me perdonó Dios?” Y la visión respondió: “No me acuerdo”.

Volvió la Santa al confesor y le contó la respuesta recibida, a lo que éste dijo: “Verdaderamente es Dios a quién ves».

Fuente: religionenlibertad.com

 

viernes, 3 de julio de 2026

CLAVES PARA UNA RECONCILIACIÓN

Un texto de impresionante actualidad, digno de difusión y meditación tanto por parte de la Santa Sede como de los miembros de la Fraternidad San Pio X, es la alocución que pronunció el Cardenal Joseph Ratzinger, entonces Prefecto para la Doctrina de la Fe, a los pocos días de las consagraciones episcopales de Mons. Lefebvre. En su encuentro con los obispos de Chile (Santiago, julio de 1988), el Cardenal Ratzinger pronunció una conferencia titulada Unidad en la tradición de la fe; en ella relata brevemente los hechos que han precedido a este doloroso desenlace, reflexiona sobre las causas y responsabilidades en juego y finaliza sentando las bases para una futura reconciliación. Somos conscientes que la profundidad y finura de sus palabras no son exigibles al actual Prefecto, pero sí debería leerlas y meditarlas con humildad, y reconocer la desidia que la Santa Sede ha manifestado en esta larga y dolorosa historia, que -dicho sea de paso- algo conozco. De no hacerlo, cabría pensar que el Cardenal Fernández también quiere “excomulgar” a Benedicto XVI.

El texto completo de la alocución del Cardenal Ratzinger puede leerse íntegramente en el siguiente enlace:

https://www.humanitas.cl/teologia-y-espiritualidad-de-la-iglesia/alocucion-a-los-obispos-de-chile-unidad-en-la-tradicion-de-la-fe

 

viernes, 26 de junio de 2026

UN CONTEMPLATIVO ITINERANTE

Hoy que parece estar de moda lanzar piedras sobre el Opus Dei, es de justicia reconocer que San Josemaría fue maestro y guía de un ejército de contemplativos itinerantes, que han procurado iluminar las encrucijadas del mundo invitando a la amistad con Cristo a miles de personas: «Jesús es tu amigo. El Amigo. Con corazón de carne, como el tuyo. Con ojos, de mirar amabilísimo, que lloraron por Lázaro...Y tanto como a Lázaro, te quiere a ti» (Camino 422). Copio un párrafo del Decreto sobre las virtudes heroicas de Mons. Escrivá de Balaguer, del 9 de abril de 1990.

* * *

«Con todo, los rasgos más característicos de su figura no sólo se encuentran en sus dotes extraordinarias de hombre de acción, sino también en su vida de oración y en esa asidua experiencia unitiva que hizo de él un contemplativo itinerante. Fiel al carisma recibido fue ejemplo de un heroísmo que se manifestaba en las situaciones más corrientes: en la oración continua, en la mortificación ininterrumpida «como el latir del corazón», en la asidua presencia de Dios, capaz de alcanzar las cumbres de la unión con el Señor incluso en medio del fragor del mundo y en la intensidad de un trabajo sin tregua. Constantemente inmerso en la contemplación del misterio trinitario, puso en el sentido ele la filiación divina en Cristo el fundamento de una espiritualidad en la que la fortaleza de la fe y la audacia apostólica de la caridad se conjugan armónicamente con el abandono filial en Dios Padre».

«El Siervo de Dios, amante apasionado de la Eucaristía, vivió el Sacrificio del Altar como «centro y raíz de la vida cristiana». Fue apóstol incansable del Sacramento de la Penitencia; y delicadamente devoto de María, «Madre de Dios y Madre nuestra», de san José y de los Ángeles Custodios. Amaba a la Iglesia con todas las fuerzas de su corazón sacerdotal, y se ofrecía en holocausto de reparación y penitencia por los pecados con los que las criaturas afean su rostro materno. Aunque la prodigiosa fecundidad de su apostolado estaba a la vista de todos, se consideraba sólo un «instrumento inepto y sordo», un «fundador sin fundamento», «un pecador que ama con locura a Jesucristo».


martes, 23 de junio de 2026

EL ADIÓS DE UN MÁRTIR

Estas conmovedoras líneas se leen en el Oficio de lectura de la fiesta de Santo Tomás Moro. Están tomadas de una carta escrita en la cárcel a su hija Margarita, y son expresión de las cumbres que el alma cristiana puede sobrevolar, con las alas de la fe y del amor, en los cielos de la confianza y abandono en Dios.

* * *

«Aunque estoy bien convencido, mi querida Margarita, de que la maldad de mi vida pasada es tal que merecería que Dios me abandonase del todo, ni por un momento dejaré de confiar en su inmensa bondad. Hasta ahora, su gracia santísima me ha dado fuerzas para postergarlo todo: las riquezas, las ganancias y la misma vida, antes que prestar juramento en contra de mi conciencia; hasta ahora, ha inspirado al mismo rey la suficiente benignidad para que no pasara de privarme de la libertad (y, por cierto, que con esto solo su majestad me ha hecho un favor más grande, por el provecho espiritual que de ello espero sacar para mi alma, que con todos aquellos honores y bienes de que antes me había colmado). Por esto, espero confiadamente que la misma gracia divina continuará favoreciéndome, no permitiendo que el rey vaya más allá, o bien dándome la fuerza necesaria para sufrir lo que sea con paciencia, con fortaleza y de buen grado.

Esta mi paciencia, unida a los méritos de la dolorosísima pasión del Señor (infinitamente superior en todos los aspectos a todo lo que yo pueda sufrir), mitigará la pena que tenga que sufrir en el purgatorio y, gracias a la divina bondad, me conseguirá más tarde un aumento de premio en el cielo.

No quiero, mi querida Margarita, desconfiar de la bondad de Dios, por más débil y frágil que me sienta. Más aún, si a causa del terror y el espanto viera que estoy ya a punto de ceder, me acordaré de san Pedro, cuando, por su poca fe, empezaba a hundirse por un solo golpe de viento, y haré lo que él hizo. Gritaré a Cristo: Señor, sálvame. Espero que entonces él, tendiéndome la mano, me sujetará y no dejará que me hunda.

Y, si permitiera que mi semejanza con Pedro fuera aún más allá, de tal modo que llegara a la caída total y a jurar y perjurar (lo que Dios, por su misericordia, aparte lejos de mí, y haga que una tal caída redunde más bien en perjuicio que en provecho mío), aun en este caso espero que el Señor me dirija, como a Pedro, una mirada llena de misericordia y me levante de nuevo, para que vuelva a salir en defensa de la verdad y descargue así mi conciencia, y soporte con fortaleza el castigo y la vergüenza de mi anterior negación.

Finalmente, mi querida Margarita, de lo que estoy cierto es de que Dios no me abandonará sin culpa mía. Por esto, me pongo totalmente en manos de Dios con absoluta esperanza y confianza. Si a causa de mis pecados permite mi perdición, por lo menos su justicia será alabada a causa de mi persona. Espero, sin embargo, y lo espero con toda certeza, que su bondad clementísima guardará fielmente mi alma y hará que sea su misericordia, más que su justicia, lo que se ponga en mí de relieve.

Ten, pues, buen ánimo, hija mía, y no te preocupes por mí, sea lo que sea que me pase en este mundo. Nada puede pasarme que Dios no quiera. Y todo lo que él quiere, por muy malo que nos parezca, es en realidad lo mejor».


 

sábado, 20 de junio de 2026

LA SANGRE DE LOS MÁRTIRES

En su afán por destruir la Iglesia, el demonio prefiere hoy los embates silenciosos a los ataques violentos. Una lección que aprendió de los primeros siglos de la Iglesia: cada persecución regalaba a la Iglesia un ejército de mártires que la volvían aún más fuerte y fecunda. Ahora, en cambio, busca la apostasía silenciosa, la infidelidad sin estrépito, la descomposición desde dentro, si bien nunca ha dejado del todo la estrategia de la persecución sangrienta, a pesar de que la sangre de un solo mártir, como dice el Crisóstomo, le horroriza y estremece.

* * *

«¿No habéis visto muchas veces al sol en su alborada cómo difunde por doquiera rayos de color de púrpura? Pues tales eran los cuerpos de los santos mártires, cuando como rayos de púrpura les corrían alrededor arroyos de sangre, que hacían resplandecer su cuerpo mucho más que el sol hace resplandecer el cielo. Veían esta sangre los ángeles y se regocijaban, veíanla los demonios y se horrorizaban, y aun su mismo príncipe Lucifer se estremecía. Porque no era sangre común y ordinaria la que veían, sino sangre salvadora, sangre santa, sangre merecedora de cielo, sangre que riega continuamente el plantel de la Iglesia. Vio el demonio esta sangre y se estremeció. ¿Por qué? Porque se acordó de aquella otra sangre, la sangre del Señor; por aquella sangre corrió esta. Porque desde que fue abierto el costado del Señor, se ven también heridos innumerables costados. Porque, ¿quién no había de desnudarse como buen atleta y aprestarse alegre al combate, si con él se hacía partícipe de los padecimientos del Señor, y se conformaban con la muerte de Cristo? Suficientísima es esta recompensa, mayor es la honra que los trabajos, supera el premio a los combates, aun antes de obtener el reino de los cielos».

(San Juan Crisóstomo, Homilía sobre los Santos Mártires, Homilías Selectas II, Sevilla 199, p. 94).


 

miércoles, 17 de junio de 2026

EL VALOR IMPETRATORIO DE LA SANTA MISA

San Juan María Vianney ilustraba con la siguiente anécdota la fuerza impetratoria del Sacrifico del Altar: un pasando y pasando.

“Un santo sacerdote oraba por un amigo suyo difunto; Dios le había hecho conocer que estaba en el purgatorio. Pensó entonces que no podía hacer por él cosa mejor que ofrecer el Santo Sacrificio de la Misa por su alma. Cuando estuvo en el momento de la Consagración, tomó la Hostia consagrada entre sus dedos y dijo: Padre Santo y Eterno, hagamos un cambio: vos tenéis en vuestras manos el alma de mi amigo, que está en el purgatorio, y yo tengo en las mías el cuerpo de vuestro Hijo. Pues bien, librad a mi amigo y yo os hago la ofrenda de vuestro Hijo con todos los méritos de su Muerte y su Pasión. Y al punto, en el momento de la elevación, vio el alma de su amigo, que radiante de gloria, subía al cielo”.

(El Santo Cura de Ars. Sus palabras y ejemplos. Ad vos o sacerdotes! Santiago 1925, p. 14).

jueves, 11 de junio de 2026

EL PERFUME DE LA GRATITUD

Cristo abrazando a San Bernardo. Ribalta

«te creó de la nada, pero no te redimió de la nada»

En sus sermones sobre el Cantar de los Cantares, aquella obra tan querida y comentada por los grandes místicos, San Bernardo señala tres perfumes aromáticos que el alma debe exhalar en su itinerario de unión amorosa con Dios. En primer lugar, el perfume de la contrición o dolor por los pecados; aroma penetrante y doloroso, pero absolutamente necesario para la humildad. Luego, el perfume de la devoción, más oloroso que el anterior, que guía el alma por las sendas de la alabanza y gratitud a Dios; finalmente, el perfume de la compasión, de la misericordia hacia el prójimo, plenitud del crecimiento espiritual. A continuación, un breve texto del Sermón 11 al Cantar, en el que se ensalza el perfume de la gratitud.

* * *

«Si recordáis el modo de llevarla a cabo (la Redención), dijimos que fue el anonadamiento de Dios; y os recomiendo que consideréis otros tres aspectos. Aquel anonadamiento no fue algo trivial o insignificante; porque se vació de sí mismo hasta asumir la carne, la muerte, la cruz. ¿Quién ponderará suficientemente toda la humillación, la bondad y la condescendencia que supuso el hecho de que el Señor soberano se revistiera de la carne, fuera condenado a muerte e infamado con la cruz? Dirá alguno: ¿no pudo el Creador reparar su obra sin tanta complicación? Claro que pudo; pero prefirió su propia afrenta. Así le ahorraba al hombre toda ocasión de incurrir en el pésimo y abominable crimen de la ingratitud. Asumió muchos sufrimientos que le inducirían al hombre a un gran amor. Y las dificultades de la redención le incitarán a darle gracias, aunque la facilidad de su creación le inspirase una devoción muy poco agradecida.

¿Cómo reacciona el corazón ingrato ante su creación? “Sí; he sido creado por puro amor, pero sin trabajo alguno de mi creador. Sencillamente, lo mandó y salí creado como el resto de la creación. Es muy valiosa. ¿Pero qué dificultad entraña un favor que sólo cuesta pronunciar una palabra?” Así desvirtúa la impiedad del hombre este beneficio de la creación, para justificar su ingratitud. Pretexta excusas para sus pecados, cuando debía haber sido un gran motivo de amor. Pero quedó tapada la boca de los que hablan inicuamente.

Es obvio como la luz del día cuánto le costó, oh hombre, tu salvación: pasar de Señor a siervo, de rico a pobre, de Verbo a hombre, de Hijo de Dios a hijo del hombre. No olvides nunca que te creó de la nada, pero no te redimió de la nada. En seis días lo creó todo y a ti entre todo lo creado. Mas tu salvación la consumó a lo largo de treinta años en este mundo. ¡Cuánto sufrimiento hubo de soportar! A los dolores de su cuerpo y a las tentaciones del enemigo ¿no se añadieron y acumularon la ignominia de la cruz y el horror de la muerte? Forzosamente. Así, así salvaste, Señor, a hombres y animales, y así derrochaste tu misericordia.

Meditadlo y deteneos en ellos. Respire estos perfumes vuestro corazón, tanto tiempo ahogado con la fetidez del pecado, y gozad estos aromas tan delicados como saludables».

Fuente: sigilummilitumxpisti.blogspot.com


 

miércoles, 3 de junio de 2026

PURIFICA SEÑOR MIS MANOS

Siempre que el hombre religioso se aproxima a Dios siente una necesidad imperiosa de purificación. Cuando Dios llamó a Moisés desde la zarza ardiente, le ordenó quitarse las sandalias porque el lugar que pisaba era tierra santa (Ex 3, 5). Descalzarse representaba para Moisés la humildad, el respeto y la sumisión con que debía acercarse a la majestad de Dios y entrar en el lugar sagrado. El episodio también nos instruye sobre el anhelo de pureza que el hombre debe experimentar ante la santidad de Dios. El polvo y la suciedad del camino, simbolizados en el calzado, quedan excluidos del ámbito sacro.

Por esta razón, es muy comprensible que en la celebración eucarística no falten los ritos que simbolizan esta necesidad de purificación, y susciten en el corazón del sacerdote sentimientos análogos a los de Moises mientras se acercaba a la zarza ardiente. Por ejemplo, aunque hoy no sea un rito obligatorio, es muy conveniente que el sacerdote se lave las manos en la sacristía antes de celebrar la Santa Misa. Es una manifestación del deseo de purificación y santidad que debe albergar quien se dispone a celebrar la acción sagrada por antonomasia: renovar el Sacrificio del Calvario y confeccionar la Eucaristía. Este gesto es independiente del rito de lavado de las manos que se hace en el ofertorio, dentro de la misa. Este lavado de manos se hace en la sacristía, antes de que el ministro empiece a revestirse (Cf. liturgiapapal.org).

En la forma extraordinaria, según expresión del Papa Benedicto, sí es obligatorio, y está prevista una oración para que los sacerdotes la reciten mientras se lavan las manos. Por devoción también pueden decirla los sacerdotes que celebran conforme a la forma ordinariaEsa oración, a veces grabada en la misma piedra del lavabo, reza así:


Da, Señor, el poder a mis manos
para ser lavadas de toda mancha, 
de modo que pueda servirte sin corrupción 
en mi mente y en mi cuerpo.

En la Nueva Alianza Dios tiene con el sacerdote más condescendencia que con Moisés: ahora se deja tocar y fraccionar por las manos del sacerdote, que sirven de trono al Rey que viene al mundo. Mayor razón para no omitir o minusvalorar estos gestos o ritos litúrgicos de purificación.






 

domingo, 31 de mayo de 2026

POR QUÉ VOY A LA MISA TRADICIONAL EN LATÍN. UN TESTIMONIO ELOCUENTE

Tibi laus, tibi gloria, tibi gratiarum actio
in saecula sempiterna, 
o Beata Trinitas.

Publico en español este artículo testimonial de Daniela Bovolenta, madre de cinco hijos, oblata benedictina que trabaja en tecnología digital. Amante de las tradiciones culturales occidentales, de la liturgia tradicional, de lo bello y elegante.

* * *


POR QUÉ ASISTO A LA MISA LATINA TRADICIONAL
Por Daniela Bovolenta

 Fuente: ordorerum.substack.com

 «...cuando comenzó el Kyrie, fue como si los cielos se abrieran» (Benedicto XVI, 7° Encuentro Mundial de las Familias, 2012).

 Abro la puerta de madera de la abadía, paso de la luz a la penumbra, suenan las campanas, unos cincuenta monjes vestidos de negro entran de dos en dos, caminan hacia la nave central, avanzan hacia el centro de la iglesia, se arrodillan mirando hacia el sagrario, luego se colocan uno frente al otro, hacen una reverencia profunda, se dan la vuelta y cada uno se dirige a su propio banco.

Las campanas ahora callan, el anillo del padre abad golpea la madera para dar la señal de inicio, se hace la señal de la cruz y comienza el canto gregoriano.

Ya no estoy en la misma dimensión en la que me encontraba hace unos minutos.

Este es el momento en el que toda la historia humana converge, los ángeles del Paraíso se hacen presentes y la liturgia humana y la celestial se funden en una sola. A partir de este momento, la Misa se celebra en el Paraíso, sobre el altar del Señor.

Desde hace años que ya asisto habitualmente a la misa en el vetus ordo, o a la misa tradicional en latín, según cómo se quiera llamar. Se trata de la misa que se celebraba en la Iglesia católica hasta la reforma litúrgica de 1969. A partir de esa fecha entró en vigor el nuevo misal, cuyo cambio más visible fue la traducción a las distintas lenguas vernáculas, pero no fue el único: el celebrante, que antes se dirigía ad Deum (hacia Dios), ahora celebra ad populum (hacia la asamblea de los fieles), cambian las lecturas, la organización del año litúrgico y la estructura de la misa.

La misa precedente (el usus antiquior) se convierte en objeto de disputas y resistencias, y sigue celebrándose en círculos reducidos, para cobrar posteriormente un nuevo impulso cuando el papa Benedicto XVI promulga el motu proprio Summorum Pontificum, en 2007. Será nuevamente restringida, pero no suprimida, por el papa Francisco con Traditionis Custodes (2021). Los acontecimientos relacionados con esta celebración son complejos, y en algunos casos dolorosos, y han sido tratados por numerosos historiadores y especialistas, sin duda más competentes que yo.

Lo que me gustaría explicar aquí es el motivo de esta decisión por mi parte.

En primer lugar, la lex orandi es la lex credendi, es decir, creemos como rezamos y rezamos como creemos, y el énfasis de la misa tradicional está en el sacrificio. El protagonista es Cristo, quien, en la persona del sacerdote, renueva el sacrificio del Calvario.}

El silencio, la adoración, estar vueltos hacia el Señor, sentirnos transportados a los pies de la cruz durante la Pasión, es el centro visible de la Misa.

El sacrificio perfecto de Cristo es el centro de la historia humana y se renueva en cada Misa: toda la gestualidad, las genuflexiones, los besos al altar, las manos juntas, el canon recitado en voz baja, comunican que lo que ocurre en el altar es algo radicalmente distinto de la asamblea. Entramos en la dimensión de la gratuidad respecto a nuestros fines cotidianos, nos dirigimos hacia lo que está radicalmente sustraído a la lógica de la utilidad y la funcionalidad inmediatas. Entramos en el reino de lo verdadero y lo justo, que escapan a nuestros sentidos, a través de lo bello que, en cambio, podemos percibir.

La belleza del canto gregoriano, los ornamentos, el aroma del incienso, los vasos sagrados, la belleza de las antífonas y las oraciones, la belleza de los movimientos mesurados, de las velas, del arte sacro, de la arquitectura. Toda esta belleza no está hecha para complacer a los hombres ni para excitar sus sentidos, sino para dar gloria a Dios y elevar hacia Él las almas de los fieles.




Oramos con las mismas palabras, los mismos gestos, la misma estructura con la que oraron Tomás de Aquino, Teresa de Ávila, Felipe Neri, los campesinos medievales y los mártires. Esta continuidad no es sentimentalismo: es la materialización de la idea de que la Iglesia es una comunidad que abraza a los vivos y a los muertos, y que la liturgia es el lugar donde se manifiesta esta comunión.

Además, tanto el sacerdote como los fieles están vueltos hacia Dios, ad orientem. De hecho, el altar de las iglesias está tradicionalmente orientado hacia el este, hacia el sol naciente, símbolo de Cristo, y el sacerdote se dirige a Dios al frente del pueblo, que mira en la misma dirección. Queda claro, pues, que el centro de la acción es Cristo, no los hombres. Salimos de una perspectiva del espectáculo y de lo personal para adentrarnos en la del culto racional.

El latín, por su parte, preserva la inalterabilidad del texto sagrado frente a las desviaciones de las traducciones nacionales (algunas de las cuales, en los años setenta y ochenta, fueron teológicamente discutibles), crea una distancia sagrada entre el lenguaje ordinario y el litúrgico, señalando que la misa no es una reunión sino un rito y, por último, mantiene la universalidad de la oración católica más allá de las culturas locales.

La misa tradicional es el lugar donde se percibe físicamente que ocurre algo sobrenatural, que la forma misma transmite el contenido. Es una experiencia difícil de reducir a argumentos, pero quien la vive la reconoce de inmediato. Joseph Ratzinger la describía diciendo que en la liturgia antigua se tiene la sensación de recibir algo que no ha sido creado por nadie.

En todos nosotros coexisten un alma eterna, que lleva en sí los signos de su creador, y una mente que se forma con el tiempo, que encuentra en la época en la que vive el material del que está constituida e incluso el lenguaje en el que opera. La liturgia es el lugar donde el Creador moldea lo que somos en lo más profundo, con una acción sacramental que evoca la huella que lo divino ha dejado en nosotros, nos eleva por encima de nuestro tiempo para llevarnos a la dimensión de la eternidad. Si realmente nos dejáramos alcanzar por lo que ocurre ante nuestra presencia durante la Misa, saldríamos capaces de reconocer los signos del Creador en cada cosa, en nuestro prójimo, en los árboles y en las estrellas, en una brizna de hierba y en Dios que sufre en la cruz. Ciertamente, por lo que a mí respecta, este estado de ánimo se alcanza más fácilmente cuando participo en la Misa tradicional.

Al final, las campanas vuelven a sonar, la puerta se abre de nuevo y se vuelve a la luz.


domingo, 24 de mayo de 2026

¡VEN LUZ DE LOS CORAZONES!

«De esta comunión con el Espíritu procede la presciencia de lo futuro, la penetración de los misterios, la comprensión de lo oculto, la distribución de los dones, la vida sobrenatural, el consorcio con los ángeles; de aquí proviene aquel gozo que nunca terminará, de aquí la permanencia en la vida divina, de aquí el ser semejantes a Dios, de aquí, finalmente, lo más sublime que se puede desear: que el hombre llegue a ser como Dios» (San Basilio Magno, Sobre el Espíritu Santo, Cap. 9, n. 22).

* * *

«El Señor encomienda al Espíritu Santo el cuidado del hombre, posesión suya, que había caído en manos de ladrones, del cual se compadeció y vendó sus heridas, entregando después los dos denarios regios para que nosotros, recibiendo por el Espíritu la imagen y la inscripción del Padre y del Hijo, hagamos fructificar el denario que se nos ha confiado, retornándolo al Señor con intereses» (San Ireneo de Lyon, Contra las herejías, Libro 3, 17).

 


 

sábado, 23 de mayo de 2026

MARÍA, VASO DIGNO DE HONOR

Los títulos con los que más se invoca a María en las letanías del rosario son los de Madre, Virgen y Reina. Después viene el de Vas, Vaso (tres veces): Vaso espiritual, Vaso digno de honor y Vaso insigne de devoción. En un vaso, dice Santo Tomás de Aquino con relación a San Pablo, llamado «vaso de elección» por el propio Jesús, (Hechos 9, 15) podemos considerar cuatro aspectos: su constitución, es decir, el material del que está hecho; su capacidad receptiva, esto es, el líquido que puede ser vertido en él; el uso o finalidad que se le da; finalmente, los frutos que su uso proporciona. Explicando el simbolismo del vaso referido a San Pablo, Tomás de Aquino dice que Pablo fue un vaso de oro macizo por el resplandor de su sabiduría y el adorno de todas las virtudes; un vaso lleno y rebosante del nombre de Cristo; un vaso destinado a llevar ese nombre a los confines de la tierra, y finalmente, un vaso de desbordante fecundidad apostólica y santidad de vida (Cf. Santo Tomás de Aquino, In Rom. Prol.).

Si Pablo es un «vaso de elección», con mayor razón y de modo eminente lo es María. Ella es el vaso predilecto de Dios, hecho de oro puro (Domus aurea), de resplandeciente belleza. Vaso rebasado por la plenitud de gracia (Mater divinae gratiae); Vaso que contiene al mismo Hijo de Dios hecho carne (Mater Christi), al que acuden los pecadores en busca de refugio, auxilio y misericordia. El santo Cardenal Newman, en su comentario a las letanías lauretanas, nos ha dejado dos razones de por qué María es Vas Honorabile, un vaso digno de todo honor; una de ellas, bien sugerente, dice relación a la guarda de la dignidad y honor con que Dios quiso cubrir los padecimientos de su Madre al pie de la Cruz.

* * *

«San Pablo llama a las almas elegidas vasos de honor, de honor porque son elegidos o escogidos, y vasos porque por el amor de Dios están llenos de la celestial y santa gracia de Dios. ¡Cuánto más será María vaso de honor en razón de haber tenido dentro no sólo la gracia de Dios, sino al mismo Hijo de Dios que tomó su carne y sangre de la suya!

Pero el título Honorabile aplicado a María admite un significado ulterior y especial. Ella fue mártir sin el rudo deshonor que acompaña el sufrimiento de los mártires, que fueron detenidos, enviados a prisión con los más viles criminales y agredidos con las palabras más blasfemas y las más sucias expresiones que Satanás podía inspirar. Tal fue incluso la indecible prueba de mujeres santas, jóvenes damas y esposas de Cristo, que los paganos detuvieron, torturaron y condenaron a muerte. Por encima de todo, nuestro Señor mismo cuya santidad era más grande que cualquier excelencia creada o vaso de gracia, como bien sabemos, fue abofeteado, desnudado, flagelado, burlado, arrastrado, y luego estirado, clavado y colgado sobre una elevada cruz, ante la mirada de una multitud brutal.

Pero Él, que cargó con la vergüenza de los pecadores por los pecadores, le ahorró a Su Madre sin pecado esta suprema indignidad. Ella sufrió en el alma, no en el cuerpo. Verdaderamente, agonizó en Su agonía, sufrió la compasión en Su pasión, fue crucificada con Él, la espada que perforó su pecho le atravesó a ella su alma. No hubo signos visibles de este martirio íntimo. Ella estuvo de pie, quieta, recogida, sin moverse, solitaria, junto a la cruz de su Hijo, rodeada por los ángeles, y envuelta en su virginal santidad por la atención de todos los que participaban en Su crucifixión».

(J.H. Newman, Meditaciones y Devociones, Buenos Aires 2007, p. 64 y 65)

 


 

domingo, 17 de mayo de 2026

ET ASCENDIT IN CÆLUM


«Porque Jesús, el Señor,
el rey de la gloria, vencedor del pecado y de la muerte,
ha ascendido [hoy] ante el asombro de los ángeles
a lo más alto del cielo,
como mediador entre Dios y los hombres,
como juez de vivos y muertos.
No se ha ido para desentenderse de este mundo,
sino que ha querido precedernos como cabeza nuestra
para que nosotros, miembros de su Cuerpo,
vivamos con la ardiente esperanza
de seguirlo en su reino».

(Misal Romano. Prefacio de la Ascensión I)


 

domingo, 10 de mayo de 2026

PARA ENTRAR EN LA INTIMIDAD DIVINA

Dios no tiene favoritos, sino íntimos, se ha escrito con acierto glosando quizá las palabras del Apóstol a los romanos: “En Dios no hay acepción de personas” (cf. 2, 11). Todas las almas están llamadas a entrar en la intimidad de Dios, en una relación de estrecha amistad con Él, que constituye la suprema vocación del hombre y la realización final de su vida dichosa.

Pero da pena observar la resistencia que muchos ofrecen a la invitación del Señor. Pensemos, por ejemplo, en el joven rico del evangelio: deseaba sin duda una mayor cercanía con Dios, pero temió entrar en el ámbito de su intimidad. Sin embargo, la intimidad auténtica que acompaña a toda verdadera amistad siempre es recíproca: debemos aceptar la invitación del Señor y repetir con el salmista: Una sola cosa pido al Señor y es lo único que busco: habitar en la casa del Señor todos los días de mi vida, para contemplar su hermosura (Sal. 27, 4). Dios pone todo de su parte para hacernos participes de su vida íntima; de nuestra parte no debemos tener miedo a las exigencias de tan soberana compañía. En la intimidad de Dios lo hallamos todo, si bien ella exige a su vez que lo entreguemos todo. Como diría San Josemaría, «para Vivir hay que morir» (Camino 187). Las palabras que siguen condensan bien los afanes amistosos de Dios para con su criatura:

«Yo he venido», nos asegura el Hijo de Dios hecho hombre, «para que tengan vida y la tengan abundante» (Ioh 10, 10). La vida que Cristo quiere darnos es la vida de Dios; la vida que el Hijo recibió, al encarnarse, en su naturaleza humana y que constantemente difunde sobre los suyos, de modo misterioso, a través de los sacramentos. «De su plenitud todos recibimos» (Ioh I, 14).

«Dios es amor». Y el amor le impulsa a compartir sus riquezas, sus bienes, en una palabra, toda su vida con el hombre, con el polvo, con la nada.

Éste es el distintivo de todo el que es verdaderamente bueno, noble y generoso: sentir un irresistible impulso a difundirse en otro ser para hacerlo rico, grande y feliz. Tuvo, pues, Dios un sublime proyecto que quiso realizar en mí, al trazarme determinada ruta en la vida y asignarme determinado número de años para recorrerla: todas y cada una de las cosas de mi vida tienden a un solo objetivo: mi elevación al plano de la vida divina, en orden a coposeerla y convivirla. (B. Baur, En la intimidad con Dios, Herder 2005, p. 12).


 

viernes, 8 de mayo de 2026

¡GRACIAS SANTO PADRE!

El 12 de diciembre del año pasado el Papa León XIV ponía en manos de Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, su nueva misión de Romano Pontífice. Con afecto filial se dirigía así a la Virgen de Guadalupe:

«Madre del verdadero Dios, por quien se vive, ven en auxilio del sucesor de Pedro para que confirme en el único camino que conduce al fruto bendito de tu vientre, a cuántos me fueron confiados. Recuerda este hijo tuyo, a quien Cristo confió las llaves del reino de los cielos para el bien de todos. Que esas llaves sirvan para atar y desatar y para redimir toda miseria humana y haz que confiando en tu protección avancemos cada vez más unidos con Jesús y entre nosotros hacia la morada eterna que Él nos ha preparado y en la que tú nos esperas. Amén».

Y con respeto y algo de buen humor, pido al cielo que no le falte la fortaleza necesaria para que pueda –en expresión cervantina– «desfacer entuertos» heredados de su predecesor. ¡Gracias Santo Padre por su amor y servicio a la Iglesia!


 

martes, 5 de mayo de 2026

ET VERBUM CARO FACTUM EST

Texto del gran Atanasio sobre la finalidad de la Encarnacion del Hijo de Dios. El Verbo asumió nuestra carne porque no soportó que la muerte corrompiera al hombre y volviera inútil esta obra predilecta de su Padre.

* * *

«Tuvo piedad de nuestra raza y de nuestra debilidad y, compadecido de nuestra corrupción, no soportó que la muerte nos dominase, para que no pereciese lo que había sido creado, con lo que hubiera resultado inútil la obra de su Padre al crear al hombre, y por esto tomó para si un cuerpo como el nuestro, ya que no se contentó con habitar en un cuerpo ni tampoco en hacerse simplemente visible. En efecto, si tan solo hubiese pretendido hacerse visible, hubiera podido ciertamente asumir un cuerpo más excelente; pero él tomó nuestro mismo cuerpo.

En el seno de la Virgen, se construyó un templo, es decir, su cuerpo, y lo hizo su propio instrumento, en el que había de darse a conocer y habitar; de este modo, habiendo tomado un cuerpo semejante al de cualquiera de nosotros, ya que todos estaban sujetos a la corrupción de la muerte, lo entregó a la muerte por todos, ofreciéndolo al Padre con un amor sin límites; con ello, al morir en su persona todos los hombres, quedó sin vigor la ley de la corrupción que afectaba a todos, ya que agotó toda la eficacia de la muerte en el cuerpo del Señor; y así ya no le quedó fuerza alguna para ensañarse con los demás hombres, semejantes a él; con ello, también hizo de nuevo incorruptibles a los hombres, que habían caído en la corrupción, y los llamó de muerte a vida, consumiendo totalmente en ellos la muerte, con el cuerpo que había asumido y con el poder de su resurrección, del mismo modo que la paja es consumida por el fuego.

Por esta razón, asumió un cuerpo mortal: para que este cuerpo, unido al Verbo que está por encima de todo, satisficiera por todos la deuda contraída con la muerte; para que, por el hecho de habitar el Verbo en él, no sucumbiera a la corrupción; y, finalmente, para que, en adelante, por el poder de la resurrección, se vieran ya todos libres de la corrupción.

De ahí que el cuerpo que él había tomado, al entregarlo a la muerte como una hostia y víctima limpia de toda mancha, alejó al momento la muerte de todos los hombres, a los que él se había asemejado, ya que se ofreció en lugar de ellos.

De este modo, el Verbo de Dios, superior a todo lo que existe, ofreciendo en sacrificio su cuerpo, templo e instrumento de su divinidad, pagó con su muerte la deuda que habíamos contraído, y, así, el Hijo de Dios, inmune a la corrupción, por la promesa de la resurrección, hizo partícipes de esta misma inmunidad a todos los hombres, con los que se había hecho una misma cosa por su cuerpo semejante al de ellos.

Es verdad, pues, que la corrupción de la muerte no tiene ya poder alguno sobre los hombres, gracias al Verbo, que habita entre ellos por su encarnación».

(San Atanasio, obispo. Sermón sobre la encarnación del Verbo, 8-9: PG 25, 110-111. Tomado del oficio de lectura de su fiesta).


 

viernes, 1 de mayo de 2026

CUANDO TRABAJAR ES SERVIR

Sagrada Familia de Murillo

Texto de San Josemaría Escrivá subrayando el aspecto de alegre servicio en el trabajo de San José:

«En Nazaret, José sería uno de los pocos artesanos, si es que no era el único. Carpintero, posiblemente. Pero, como suele suceder en los pueblos pequeños, también sería capaz de hacer otras cosas: poner de nuevo en marcha el molino, que no funcionaba, o arreglar antes del invierno las grietas de un techo. José sacaba de apuros a muchos, sin duda, con un trabajo bien acabado. Era su labor profesional una ocupación orientada hacia el servicio, para hacer agradable la vida a las demás familias de la aldea, y acompañada de una sonrisa, de una palabra amable, de un comentario dicho como de pasada, pero que devuelve la fe y la alegría a quien está a punto de perderlas» (San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 51).

 

jueves, 30 de abril de 2026

BENEDICTO XVI Y LA VIGENCIA DEL MISAL DE SAN PÍO V

Hoy, fiesta de San Pío V, no podemos dejar de recordar el precioso misal que este Pontífice nos dejó para la celebración del Santo Sacrificio. No lleva el sello de lo prefabricado por expertos, sino más bien se asemeja a un jardín que recoge y conserva las más hermosas flores que han brotado en el campo litúrgico de la Iglesia. Para el cardenal Ratzinger, luego Papa Benedicto XVI, la vigencia y uso del antiguo Misal no se reduce a simples motivaciones subjetivas o personales; lo que está en juego en la mutua convivencia de los ritos litúrgicos es la unidad e identidad de la Iglesia consigo misma. Las palabras que siguen no dejan duda al respecto:


«Personalmente, he estado desde el comienzo a favor de la libertad de seguir usando el antiguo Misal, por un motivo muy simple; se estaba comenzado ya entonces a hablar de una ruptura con la Iglesia pre-conciliar, y de la formación de modelos diferentes de Iglesias: una Iglesia preconciliar obsoleta y una Iglesia nueva, conciliar… Me parece esencial y fundamental reconocer que los dos Misales son Misales de la Iglesia, y de la Iglesia que sigue siendo la misma… Y para subrayar que no hay ruptura esencial, que existen tanto la continuidad como la identidad de la Iglesia, me parece indispensable mantener la posibilidad de celebrar según el antiguo Misal como signo de identidad permanente de la Iglesia. Esta es para mí la razón fundamental: lo que hasta 1969 era la liturgia de la Iglesia, lo más sagrado para todos nosotros, no puede convertirse después, con un positivismo increíble, en lo más inaceptable. Si queremos ser creíbles, incluso con este lema de la modernidad, es absolutamente necesario reconocer que lo que era fundamental antes del 69, lo sigue siendo también después: es una misma sacralidad, una misma liturgia» (J. Ratzinger, Obras Completas, Vol. XI, BAC 2012, p. 500-501)


 

miércoles, 29 de abril de 2026

CATALINA Y LA CORREDENCIÓN MARIANA

Catalina de Siena, mujer extraordinaria, santa y doctora de la Iglesia, no albergó aprensión alguna en reconocer el papel corredentor y mediador de la Santísima Virgen. En una oración muy bella compuesta en la fiesta de la Anunciación de 1379, encontramos estas encendidas palabras:

«¡Oh María, María, templo de la Trinidad! ¡Oh María, portadora del Fuego! María, que ofreces misericordia, que germinas el fruto, que redimes el genero humano, porque sufriendo la carne tuya en el Verbo, fue nuevamente redimido el mundo.

¡Oh María, tierra fértil! Eres la nueva planta de la que recibimos la fragante flor del Verbo, unigénito Hijo de Dios, pues en ti, tierra fértil, fue sembrado ese Verbo. Eres la tierra y eres la planta. ¡Oh María, carro de fuego! Tú llevaste el fuego escondido y velado bajo el polvo de tu humanidad…

¡Oh María! A la puerta llamaba la eterna Divinidad, pero si tú no hubieras abierto la entrada de tu voluntad, Dios no se habría encarnado en ti. Avergüénzate, alma mía, viendo que Dios se ha emparentado contigo por medio de María. Hoy te ha quedado claro que, aunque hayas sido creada sin intervención tuya, no serás salvada sin ella; por eso hoy llama Dios a la puerta de la voluntad de María y espera que le abra» (Santa Catalina de Siena, Obras, Oraciones y Soliloquios, BAC 1991, p. 475).