
Los títulos con los que más se invoca a
María en las letanías del rosario son los de Madre, Virgen y Reina. Después viene
el de Vas, Vaso (tres veces): Vaso espiritual, Vaso digno de
honor y Vaso insigne de devoción. En un vaso, dice Santo Tomás de Aquino
con relación a San Pablo, llamado «vaso de elección» por el propio Jesús, (Hechos
9, 15) podemos considerar cuatro aspectos: su constitución, es decir, el
material del que está hecho; su capacidad receptiva, esto es, el líquido
que puede ser vertido en él; el uso o finalidad que se le da;
finalmente, los frutos que su uso proporciona. Explicando el simbolismo del vaso referido a San Pablo, Tomás de Aquino dice que Pablo fue un vaso de oro macizo por el
resplandor de su sabiduría y el adorno de todas las virtudes; un vaso lleno y
rebosante del nombre de Cristo; un vaso destinado a llevar ese nombre a los confines
de la tierra, y finalmente, un vaso de desbordante fecundidad apostólica y
santidad de vida (Cf. Santo Tomás de Aquino, In Rom. Prol.).
Si Pablo es un «vaso de elección», con
mayor razón y de modo eminente lo es María. Ella es el vaso predilecto de Dios,
hecho de oro puro (Domus aurea), de resplandeciente belleza. Vaso rebasado
por la plenitud de gracia (Mater divinae gratiae); Vaso que contiene
al mismo Hijo de Dios hecho carne (Mater Christi), al que acuden los
pecadores en busca de refugio, auxilio y misericordia. El santo Cardenal Newman,
en su comentario a las letanías lauretanas, nos ha dejado dos razones de por
qué María es Vas Honorabile, un vaso digno de todo honor;
una de ellas, bien sugerente, dice relación a la guarda de la dignidad y honor con que Dios quiso cubrir los padecimientos de su Madre al pie de la
Cruz.
* * *
«San Pablo llama a las almas elegidas
vasos de honor, de honor porque son elegidos o escogidos, y vasos porque por el
amor de Dios están llenos de la celestial y santa gracia de Dios. ¡Cuánto más
será María vaso de honor en razón de haber tenido dentro no sólo la gracia de
Dios, sino al mismo Hijo de Dios que tomó su carne y sangre de la suya!
Pero el título Honorabile
aplicado a María admite un significado ulterior y especial. Ella fue mártir sin
el rudo deshonor que acompaña el sufrimiento de los mártires, que fueron
detenidos, enviados a prisión con los más viles criminales y agredidos con las
palabras más blasfemas y las más sucias expresiones que Satanás podía inspirar.
Tal fue incluso la indecible prueba de mujeres santas, jóvenes damas y esposas
de Cristo, que los paganos detuvieron, torturaron y condenaron a muerte. Por
encima de todo, nuestro Señor mismo cuya santidad era más grande que cualquier
excelencia creada o vaso de gracia, como bien sabemos, fue abofeteado,
desnudado, flagelado, burlado, arrastrado, y luego estirado, clavado y colgado
sobre una elevada cruz, ante la mirada de una multitud brutal.
Pero Él, que cargó con la vergüenza
de los pecadores por los pecadores, le ahorró a Su Madre sin pecado esta
suprema indignidad. Ella sufrió en el alma, no en el cuerpo. Verdaderamente,
agonizó en Su agonía, sufrió la compasión en Su pasión, fue crucificada con Él,
la espada que perforó su pecho le atravesó a ella su alma. No hubo signos
visibles de este martirio íntimo. Ella estuvo de pie, quieta, recogida, sin
moverse, solitaria, junto a la cruz de su Hijo, rodeada por los ángeles, y
envuelta en su virginal santidad por la atención de todos los que participaban
en Su crucifixión».
(J.H. Newman, Meditaciones y
Devociones, Buenos Aires 2007, p. 64 y 65)