domingo, 22 de marzo de 2026

¡LÁZARO, SAL FUERA!

La resurección de Lázaro. Giotto

Textos de Benedicto XVI comentando el evangelio de la resurrección de Lázaro, característico del domingo V de Cuaresma. Señalo en particular la idea de que para Cristo, debido a su dominio soberano sobre todas las cosas, la muerte se asimila a un sueño del que nos puede despertar con solo una voz.


«la resurrección de Lázaro es signo del dominio
total de Cristo sobre la muerte física, 
que ante Dios es como un sueño»

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«En el Evangelio de hoy —la resurrección de Lázaro—, escuchamos la voz de la fe de labios de Marta, la hermana de Lázaro. A Jesús, que le dice: «Tu hermano resucitará», ella responde: «Sé que resucitará en la resurrección en el último día» (Jn 11, 23-24). Y Jesús replica: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá» (Jn 11, 25). Esta es la verdadera novedad, que irrumpe y supera toda barrera. Cristo derrumba el muro de la muerte; en él habita toda la plenitud de Dios, que es vida, vida eterna. Por esto la muerte no tuvo poder sobre él; y la resurrección de Lázaro es signo de su dominio total sobre la muerte física, que ante Dios es como un sueño» (cf. Jn 11, 11). (Angelus, Domingo 10 de abril de 2011).

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«En nuestro itinerario cuaresmal hemos llegado al quinto domingo, caracterizado por el evangelio de la resurrección de Lázaro (cf. Jn 11, 1-45). Se trata del último gran "signo" realizado por Jesús, después del cual los sumos sacerdotes reunieron al sanedrín y deliberaron matarlo; y decidieron matar incluso a Lázaro, que era la prueba viva de la divinidad de Cristo, Señor de la vida y de la muerte.

En realidad, esta página evangélica muestra a Jesús como verdadero hombre y verdadero Dios. Ante todo, el evangelista insiste en su amistad con Lázaro y con sus hermanas Marta y María. Subraya que «Jesús los amaba» (Jn 11, 5), y por eso quiso realizar ese gran prodigio. «Lázaro, nuestro amigo, está dormido: voy a despertarlo» (Jn 11, 11), así les habló a los discípulos, expresando con la metáfora del sueño el punto de vista de Dios sobre la muerte física: Dios la considera precisamente como un sueño, del que se puede despertar.

Jesús demostró un poder absoluto sobre esta muerte: se ve cuando devuelve la vida al joven hijo de la viuda de Naím (cf. Lc 7, 11-17) y a la niña de doce años (cf. Mc 5, 35-43). Precisamente de ella dijo: «La niña no ha muerto; está dormida» (Mc 5, 39), provocando la burla de los presentes. Pero, en verdad, es precisamente así: la muerte del cuerpo es un sueño del que Dios nos puede despertar en cualquier momento». (Angelus, Domingo 9 de marzo de 2008).



 

jueves, 19 de marzo de 2026

ID A JOSÉ

El silencio que envuelve la vida de San José no era un silencio vacío, como el de alguien que calla porque no tiene nada que decir, sino un silencio colmado de la más alta espiritualidad, entendida como profunda cercanía y posesión de Dios. José vive en un perpetuo asombro, sumergido en la contemplación del misterio de la Encarnación del Verbo, misterio que mira, adora y custodia, sin poder jamás acostumbrase a él. Como dice E. Ancilli, «La intimidad con Dios fue el objeto primero de la vocación de José. En torno a Jesús se polarizan todas sus fuerzas, su razón de ser. Esto explica su alejarse de las cosas de la tierra, su calma, su profundo silencio. Es el santo del recogimiento, del discípulo siempre dispuesto a escuchar las inspiraciones internas» (cf. Dicccinario de espiritualidad, voz José, Vol. II).

Escogido por Dios como custodio de sus grandes tesoros aquí en la tierra, San José monta guardia atenta y callada, orante y alegre sobre su hogar y sus moradores: la Virgen inmaculada y su divino Hijo; para ellos vive, por ellos trabaja y sacrifica. Esta misión divina de José se prolonga ahora sobre la Iglesia y sobre cada uno de nosotros. Ite ad Ioseph!, decía el faraón a los que llegaban hambrientos a Egipto en busca de pan. Ite ad Ioseph!, es también hoy la invitación que el Señor dirige a quienes caminan por el mundo con hambre y sed de justicia. Y José, como buen padre, nos abre las puertas de su casa, nos sienta a su mesa y nos permite gozar de la compañía de Jesús y María.


domingo, 15 de marzo de 2026

LA ALEGRÍA DE CREER

La curación del ciego de nacimiento
El Greco

Jesús sana a un ciego de nacimiento.
Comentario de Benedicto XVI

«El itinerario cuaresmal que estamos viviendo es un tiempo especial de gracia, durante el cual podemos experimentar el don de la bondad del Señor para con nosotros. La liturgia de este domingo, denominado «Laetare», nos invita a alegrarnos, a regocijarnos, como proclama la antífona de entrada de la celebración eucarística: «Festejad a Jerusalén, gozad con ella, todos los que la amáis; alegraos de su alegría, los que por ella llevasteis luto; mamaréis a sus pechos y os saciaréis de sus consuelos» (cf. Is 66, 10-11). ¿Cuál es la razón profunda de esta alegría? Nos lo dice el Evangelio de hoy, en el cual Jesús cura a un hombre ciego de nacimiento. La pregunta que el Señor Jesús dirige al que había sido ciego constituye el culmen de la narración: «¿Crees tú en el Hijo del hombre?» (Jn 9, 35). Aquel hombre reconoce el signo realizado por Jesús y pasa de la luz de los ojos a la luz de la fe: «Creo, Señor» (Jn 9, 38). Conviene destacar cómo una persona sencilla y sincera, de modo gradual, recorre un camino de fe: en un primer momento encuentra a Jesús como un «hombre» entre los demás; luego lo considera un «profeta»; y, al final, sus ojos se abren y lo proclama «Señor». En contraposición a la fe del ciego curado se encuentra el endurecimiento del corazón de los fariseos que no quieren aceptar el milagro, porque se niegan a aceptar a Jesús como el Mesías. La multitud, en cambio, se detiene a discutir sobre lo acontecido y permanece distante e indiferente. A los propios padres del ciego los vence el miedo del juicio de los demás.

Y nosotros, ¿qué actitud asumimos frente a Jesús? También nosotros a causa del pecado de Adán nacimos «ciegos», pero en la fuente bautismal fuimos iluminados por la gracia de Cristo. El pecado había herido a la humanidad destinándola a la oscuridad de la muerte, pero en Cristo resplandece la novedad de la vida y la meta a la que estamos llamados. En él, fortalecidos por el Espíritu Santo, recibimos la fuerza para vencer el mal y obrar el bien. De hecho, la vida cristiana es una continua configuración con Cristo, imagen del hombre nuevo, para alcanzar la plena comunión con Dios. El Señor Jesús es «la luz del mundo» (Jn 8, 12), porque en él «resplandece el conocimiento de la gloria de Dios» (2 Co 4, 6) que sigue revelando en la compleja trama de la historia cuál es el sentido de la existencia humana. En el rito del Bautismo, la entrega de la vela, encendida en el gran cirio pascual, símbolo de Cristo resucitado, es un signo que ayuda a comprender lo que ocurre en el Sacramento. Cuando nuestra vida se deja iluminar por el misterio de Cristo, experimenta la alegría de ser liberada de todo lo que amenaza su plena realización. En estos días que nos preparan para la Pascua revivamos en nosotros el don recibido en el Bautismo, aquella llama que a veces corre peligro de apagarse. Alimentémosla con la oración y la caridad hacia el prójimo.

A la Virgen María, Madre de la Iglesia, encomendamos el camino cuaresmal, para que todos puedan encontrar a Cristo, Salvador del mundo» (Benedicto XVI, Angelus, Domingo 3 de abril de 2011).

Fuente: vatican.va


sábado, 7 de marzo de 2026

SAN LEÓN MAGNO, LA CUARESMA COMO PALESTRA DE SANTIDAD

La tentación de Cristo. 
Miniatura de Simon Bening

«Entramos, amadísimos, en la Cuaresma, es decir, en una fidelidad mayor al servicio del Señor. Viene a ser como si entrásemos a un combate de santidad. Por tanto, preparemos nuestras almas a las embestidas de las tentaciones, sabiendo que cuanto más celosos seamos de nuestra salvación, tanto más violentamente nos atacarán nuestros adversarios. 

Más el que habita en medio nosotros es más fuerte que quien lucha contra nosotros. Nuestra fortaleza viene de él, en cuyo poder tenemos puesta nuestra confianza. Pues si el Señor permitió que lo visitase el tentador, lo hiso para que tuviésemos, además de la fuerza de su socorro, la enseñanza de su ejemplo. Acabáis de oírlo: venció a su adversario con las palabras de la Ley, no con el vigor de su brazo. Sin duda alguna, reportó su humanidad mayor gloria y fue mayor el castigo de su adversario al triunfar del enemigo de los hombres no como Dios, sino como mortal. 

Ha combatido para enseñarnos a combatir en pos de él. Ha vencido para que nosotros seamos también vencedores de la misma manera. Pues no hay, amadísimos, actos de virtud sin la experiencia de las tentaciones, ni fe sin prueba, ni combate sin enemigo, ni victoria sin batalla. La vida pasa en medio de emboscadas, en medio de sobresaltos. Si no queremos vernos sorprendidos, hay que vigilar. Si pretendemos vencer, hemos de luchar. He aquí por qué dijo Salomón cuando era sabio: Hijo, si entras a servir al Señor, prepara tu alma para la tentación (Ecl 2, 2). Estaba lleno de la ciencia de Dios, sabía que no hay fervor sin trabajos y combates. Y previendo los peligros, los advierte a fin de que estemos preparados para rechazar los choques del tentador».

(San León Magno, Homilías sobre el año litúrgico; Homilía sobre la Cuaresma I, 3, BAC 2014, p. 141).


 

martes, 3 de marzo de 2026

MEMENTO HOMO

Acuérdate, hombre, que eres polvo, y en polvo te convertirás. Desde su inicio, la liturgia cuaresmal nos asesta un duro golpe, de modo semejante a como lo hacen las palabras de esta lápida: AQUÍ YACE POLVO, CENIZAS, Y NADA. Sobre la base de esta humildad es posible toda conversión.