domingo, 24 de mayo de 2026

¡VEN LUZ DE LOS CORAZONES!

«De esta comunión con el Espíritu procede la presciencia de lo futuro, la penetración de los misterios, la comprensión de lo oculto, la distribución de los dones, la vida sobrenatural, el consorcio con los ángeles; de aquí proviene aquel gozo que nunca terminará, de aquí la permanencia en la vida divina, de aquí el ser semejantes a Dios, de aquí, finalmente, lo más sublime que se puede desear: que el hombre llegue a ser como Dios» (San Basilio Magno, Sobre el Espíritu Santo, Cap. 9, n. 22).

* * *

«El Señor encomienda al Espíritu Santo el cuidado del hombre, posesión suya, que había caído en manos de ladrones, del cual se compadeció y vendó sus heridas, entregando después los dos denarios regios para que nosotros, recibiendo por el Espíritu la imagen y la inscripción del Padre y del Hijo, hagamos fructificar el denario que se nos ha confiado, retornándolo al Señor con intereses» (San Ireneo de Lyon, Contra las herejías, Libro 3, 17).

 


 

sábado, 23 de mayo de 2026

MARÍA, VASO DIGNO DE HONOR

Los títulos con los que más se invoca a María en las letanías del rosario son los de Madre, Virgen y Reina. Después viene el de Vas, Vaso (tres veces): Vaso espiritual, Vaso digno de honor y Vaso insigne de devoción. En un vaso, dice Santo Tomás de Aquino con relación a San Pablo, llamado «vaso de elección» por el propio Jesús, (Hechos 9, 15) podemos considerar cuatro aspectos: su constitución, es decir, el material del que está hecho; su capacidad receptiva, esto es, el líquido que puede ser vertido en él; el uso o finalidad que se le da; finalmente, los frutos que su uso proporciona. Explicando el simbolismo del vaso referido a San Pablo, Tomás de Aquino dice que Pablo fue un vaso de oro macizo por el resplandor de su sabiduría y el adorno de todas las virtudes; un vaso lleno y rebosante del nombre de Cristo; un vaso destinado a llevar ese nombre a los confines de la tierra, y finalmente, un vaso de desbordante fecundidad apostólica y santidad de vida (Cf. Santo Tomás de Aquino, In Rom. Prol.).

Si Pablo es un «vaso de elección», con mayor razón y de modo eminente lo es María. Ella es el vaso predilecto de Dios, hecho de oro puro (Domus aurea), de resplandeciente belleza. Vaso rebasado por la plenitud de gracia (Mater divinae gratiae); Vaso que contiene al mismo Hijo de Dios hecho carne (Mater Christi), al que acuden los pecadores en busca de refugio, auxilio y misericordia. El santo Cardenal Newman, en su comentario a las letanías lauretanas, nos ha dejado dos razones de por qué María es Vas Honorabile, un vaso digno de todo honor; una de ellas, bien sugerente, dice relación a la guarda de la dignidad y honor con que Dios quiso cubrir los padecimientos de su Madre al pie de la Cruz.

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«San Pablo llama a las almas elegidas vasos de honor, de honor porque son elegidos o escogidos, y vasos porque por el amor de Dios están llenos de la celestial y santa gracia de Dios. ¡Cuánto más será María vaso de honor en razón de haber tenido dentro no sólo la gracia de Dios, sino al mismo Hijo de Dios que tomó su carne y sangre de la suya!

Pero el título Honorabile aplicado a María admite un significado ulterior y especial. Ella fue mártir sin el rudo deshonor que acompaña el sufrimiento de los mártires, que fueron detenidos, enviados a prisión con los más viles criminales y agredidos con las palabras más blasfemas y las más sucias expresiones que Satanás podía inspirar. Tal fue incluso la indecible prueba de mujeres santas, jóvenes damas y esposas de Cristo, que los paganos detuvieron, torturaron y condenaron a muerte. Por encima de todo, nuestro Señor mismo cuya santidad era más grande que cualquier excelencia creada o vaso de gracia, como bien sabemos, fue abofeteado, desnudado, flagelado, burlado, arrastrado, y luego estirado, clavado y colgado sobre una elevada cruz, ante la mirada de una multitud brutal.

Pero Él, que cargó con la vergüenza de los pecadores por los pecadores, le ahorró a Su Madre sin pecado esta suprema indignidad. Ella sufrió en el alma, no en el cuerpo. Verdaderamente, agonizó en Su agonía, sufrió la compasión en Su pasión, fue crucificada con Él, la espada que perforó su pecho le atravesó a ella su alma. No hubo signos visibles de este martirio íntimo. Ella estuvo de pie, quieta, recogida, sin moverse, solitaria, junto a la cruz de su Hijo, rodeada por los ángeles, y envuelta en su virginal santidad por la atención de todos los que participaban en Su crucifixión».

(J.H. Newman, Meditaciones y Devociones, Buenos Aires 2007, p. 64 y 65)

 


 

domingo, 17 de mayo de 2026

ET ASCENDIT IN CÆLUM


«Porque Jesús, el Señor,
el rey de la gloria, vencedor del pecado y de la muerte,
ha ascendido [hoy] ante el asombro de los ángeles
a lo más alto del cielo,
como mediador entre Dios y los hombres,
como juez de vivos y muertos.
No se ha ido para desentenderse de este mundo,
sino que ha querido precedernos como cabeza nuestra
para que nosotros, miembros de su Cuerpo,
vivamos con la ardiente esperanza
de seguirlo en su reino».

(Misal Romano. Prefacio de la Ascensión I)


 

domingo, 10 de mayo de 2026

PARA ENTRAR EN LA INTIMIDAD DIVINA

Dios no tiene favoritos, sino íntimos, se ha escrito con acierto glosando quizá las palabras del Apóstol a los romanos: “En Dios no hay acepción de personas” (cf. 2, 11). Todas las almas están llamadas a entrar en la intimidad de Dios, en una relación de estrecha amistad con Él, que constituye la suprema vocación del hombre y la realización final de su vida dichosa.

Pero da pena observar la resistencia que muchos ofrecen a la invitación del Señor. Pensemos, por ejemplo, en el joven rico del evangelio: deseaba sin duda una mayor cercanía con Dios, pero temió entrar en el ámbito de su intimidad. Sin embargo, la intimidad auténtica que acompaña a toda verdadera amistad siempre es recíproca: debemos aceptar la invitación del Señor y repetir con el salmista: Una sola cosa pido al Señor y es lo único que busco: habitar en la casa del Señor todos los días de mi vida, para contemplar su hermosura (Sal. 27, 4). Dios pone todo de su parte para hacernos participes de su vida íntima; de nuestra parte no debemos tener miedo a las exigencias de tan soberana compañía. En la intimidad de Dios lo hallamos todo, si bien ella exige a su vez que lo entreguemos todo. Como diría San Josemaría, «para Vivir hay que morir» (Camino 187). Las palabras que siguen condensan bien los afanes amistosos de Dios para con su criatura:

«Yo he venido», nos asegura el Hijo de Dios hecho hombre, «para que tengan vida y la tengan abundante» (Ioh 10, 10). La vida que Cristo quiere darnos es la vida de Dios; la vida que el Hijo recibió, al encarnarse, en su naturaleza humana y que constantemente difunde sobre los suyos, de modo misterioso, a través de los sacramentos. «De su plenitud todos recibimos» (Ioh I, 14).

«Dios es amor». Y el amor le impulsa a compartir sus riquezas, sus bienes, en una palabra, toda su vida con el hombre, con el polvo, con la nada.

Éste es el distintivo de todo el que es verdaderamente bueno, noble y generoso: sentir un irresistible impulso a difundirse en otro ser para hacerlo rico, grande y feliz. Tuvo, pues, Dios un sublime proyecto que quiso realizar en mí, al trazarme determinada ruta en la vida y asignarme determinado número de años para recorrerla: todas y cada una de las cosas de mi vida tienden a un solo objetivo: mi elevación al plano de la vida divina, en orden a coposeerla y convivirla. (B. Baur, En la intimidad con Dios, Herder 2005, p. 12).


 

viernes, 8 de mayo de 2026

¡GRACIAS SANTO PADRE!

El 12 de diciembre del año pasado el Papa León XIV ponía en manos de Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, su nueva misión de Romano Pontífice. Con afecto filial se dirigía así a la Virgen de Guadalupe:

«Madre del verdadero Dios, por quien se vive, ven en auxilio del sucesor de Pedro para que confirme en el único camino que conduce al fruto bendito de tu vientre, a cuántos me fueron confiados. Recuerda este hijo tuyo, a quien Cristo confió las llaves del reino de los cielos para el bien de todos. Que esas llaves sirvan para atar y desatar y para redimir toda miseria humana y haz que confiando en tu protección avancemos cada vez más unidos con Jesús y entre nosotros hacia la morada eterna que Él nos ha preparado y en la que tú nos esperas. Amén».

Y con respeto y algo de buen humor, pido al cielo que no le falte la fortaleza necesaria para que pueda –en expresión cervantina– «desfacer entuertos» heredados de su predecesor. ¡Gracias Santo Padre por su amor y servicio a la Iglesia!


 

martes, 5 de mayo de 2026

ET VERBUM CARO FACTUM EST

Texto del gran Atanasio sobre la finalidad de la Encarnacion del Hijo de Dios. El Verbo asumió nuestra carne porque no soportó que la muerte corrompiera al hombre y volviera inútil esta obra predilecta de su Padre.

* * *

«Tuvo piedad de nuestra raza y de nuestra debilidad y, compadecido de nuestra corrupción, no soportó que la muerte nos dominase, para que no pereciese lo que había sido creado, con lo que hubiera resultado inútil la obra de su Padre al crear al hombre, y por esto tomó para si un cuerpo como el nuestro, ya que no se contentó con habitar en un cuerpo ni tampoco en hacerse simplemente visible. En efecto, si tan solo hubiese pretendido hacerse visible, hubiera podido ciertamente asumir un cuerpo más excelente; pero él tomó nuestro mismo cuerpo.

En el seno de la Virgen, se construyó un templo, es decir, su cuerpo, y lo hizo su propio instrumento, en el que había de darse a conocer y habitar; de este modo, habiendo tomado un cuerpo semejante al de cualquiera de nosotros, ya que todos estaban sujetos a la corrupción de la muerte, lo entregó a la muerte por todos, ofreciéndolo al Padre con un amor sin límites; con ello, al morir en su persona todos los hombres, quedó sin vigor la ley de la corrupción que afectaba a todos, ya que agotó toda la eficacia de la muerte en el cuerpo del Señor; y así ya no le quedó fuerza alguna para ensañarse con los demás hombres, semejantes a él; con ello, también hizo de nuevo incorruptibles a los hombres, que habían caído en la corrupción, y los llamó de muerte a vida, consumiendo totalmente en ellos la muerte, con el cuerpo que había asumido y con el poder de su resurrección, del mismo modo que la paja es consumida por el fuego.

Por esta razón, asumió un cuerpo mortal: para que este cuerpo, unido al Verbo que está por encima de todo, satisficiera por todos la deuda contraída con la muerte; para que, por el hecho de habitar el Verbo en él, no sucumbiera a la corrupción; y, finalmente, para que, en adelante, por el poder de la resurrección, se vieran ya todos libres de la corrupción.

De ahí que el cuerpo que él había tomado, al entregarlo a la muerte como una hostia y víctima limpia de toda mancha, alejó al momento la muerte de todos los hombres, a los que él se había asemejado, ya que se ofreció en lugar de ellos.

De este modo, el Verbo de Dios, superior a todo lo que existe, ofreciendo en sacrificio su cuerpo, templo e instrumento de su divinidad, pagó con su muerte la deuda que habíamos contraído, y, así, el Hijo de Dios, inmune a la corrupción, por la promesa de la resurrección, hizo partícipes de esta misma inmunidad a todos los hombres, con los que se había hecho una misma cosa por su cuerpo semejante al de ellos.

Es verdad, pues, que la corrupción de la muerte no tiene ya poder alguno sobre los hombres, gracias al Verbo, que habita entre ellos por su encarnación».

(San Atanasio, obispo. Sermón sobre la encarnación del Verbo, 8-9: PG 25, 110-111. Tomado del oficio de lectura de su fiesta).


 

viernes, 1 de mayo de 2026

CUANDO TRABAJAR ES SERVIR

Sagrada Familia de Murillo

Texto de San Josemaría Escrivá subrayando el aspecto de alegre servicio en el trabajo de San José:

«En Nazaret, José sería uno de los pocos artesanos, si es que no era el único. Carpintero, posiblemente. Pero, como suele suceder en los pueblos pequeños, también sería capaz de hacer otras cosas: poner de nuevo en marcha el molino, que no funcionaba, o arreglar antes del invierno las grietas de un techo. José sacaba de apuros a muchos, sin duda, con un trabajo bien acabado. Era su labor profesional una ocupación orientada hacia el servicio, para hacer agradable la vida a las demás familias de la aldea, y acompañada de una sonrisa, de una palabra amable, de un comentario dicho como de pasada, pero que devuelve la fe y la alegría a quien está a punto de perderlas» (San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 51).

 

jueves, 30 de abril de 2026

BENEDICTO XVI Y LA VIGENCIA DEL MISAL DE SAN PÍO V

Hoy, fiesta de San Pío V, no podemos dejar de recordar el precioso misal que este Pontífice nos dejó para la celebración del Santo Sacrificio. No lleva el sello de lo prefabricado por expertos, sino más bien se asemeja a un jardín que recoge y conserva las más hermosas flores que han brotado en el campo litúrgico de la Iglesia. Para el cardenal Ratzinger, luego Papa Benedicto XVI, la vigencia y uso del antiguo Misal no se reduce a simples motivaciones subjetivas o personales; lo que está en juego en la mutua convivencia de los ritos litúrgicos es la unidad e identidad de la Iglesia consigo misma. Las palabras que siguen no dejan duda al respecto:


«Personalmente, he estado desde el comienzo a favor de la libertad de seguir usando el antiguo Misal, por un motivo muy simple; se estaba comenzado ya entonces a hablar de una ruptura con la Iglesia pre-conciliar, y de la formación de modelos diferentes de Iglesias: una Iglesia preconciliar obsoleta y una Iglesia nueva, conciliar… Me parece esencial y fundamental reconocer que los dos Misales son Misales de la Iglesia, y de la Iglesia que sigue siendo la misma… Y para subrayar que no hay ruptura esencial, que existen tanto la continuidad como la identidad de la Iglesia, me parece indispensable mantener la posibilidad de celebrar según el antiguo Misal como signo de identidad permanente de la Iglesia. Esta es para mí la razón fundamental: lo que hasta 1969 era la liturgia de la Iglesia, lo más sagrado para todos nosotros, no puede convertirse después, con un positivismo increíble, en lo más inaceptable. Si queremos ser creíbles, incluso con este lema de la modernidad, es absolutamente necesario reconocer que lo que era fundamental antes del 69, lo sigue siendo también después: es una misma sacralidad, una misma liturgia» (J. Ratzinger, Obras Completas, Vol. XI, BAC 2012, p. 500-501)


 

miércoles, 29 de abril de 2026

CATALINA Y LA CORREDENCIÓN MARIANA

Catalina de Siena, mujer extraordinaria, santa y doctora de la Iglesia, no albergó aprensión alguna en reconocer el papel corredentor y mediador de la Santísima Virgen. En una oración muy bella compuesta en la fiesta de la Anunciación de 1379, encontramos estas encendidas palabras:

«¡Oh María, María, templo de la Trinidad! ¡Oh María, portadora del Fuego! María, que ofreces misericordia, que germinas el fruto, que redimes el genero humano, porque sufriendo la carne tuya en el Verbo, fue nuevamente redimido el mundo.

¡Oh María, tierra fértil! Eres la nueva planta de la que recibimos la fragante flor del Verbo, unigénito Hijo de Dios, pues en ti, tierra fértil, fue sembrado ese Verbo. Eres la tierra y eres la planta. ¡Oh María, carro de fuego! Tú llevaste el fuego escondido y velado bajo el polvo de tu humanidad…

¡Oh María! A la puerta llamaba la eterna Divinidad, pero si tú no hubieras abierto la entrada de tu voluntad, Dios no se habría encarnado en ti. Avergüénzate, alma mía, viendo que Dios se ha emparentado contigo por medio de María. Hoy te ha quedado claro que, aunque hayas sido creada sin intervención tuya, no serás salvada sin ella; por eso hoy llama Dios a la puerta de la voluntad de María y espera que le abra» (Santa Catalina de Siena, Obras, Oraciones y Soliloquios, BAC 1991, p. 475).


 

martes, 28 de abril de 2026

O ADMIRABILE COMMERCIUM!

«Dios se ha hecho hombre para que el hombre se haga Dios», han repetido de distintos modos muchos Padres de la Iglesia. ¡Oh maravilloso intercambio! exclama la liturgia y toda alma cristiana al considerar la condescendencia del amor divino reflejada en el misterio de la Encarnación. Para nosotros –pobres creaturas– no hay mejor negocio que intercambiar con Dios; cualquier trueque con Él nos beneficia, y se traduce finalmente en un exultante o admirabile commercium!

* * *

«Mas a cuantos le recibieron les dio poder de venir a ser hijos de Dios, a aquellos que creen en su nombre (Jn 1, 12). Consideremos hermanos queridísimos, cuán grande es la gracia de nuestro Redentor, cuanta es su dulzura. Es el Unigénito del Padre y no quiso ser uno solo; descendió a la tierra para conseguir hermanos a los que pudiera entregar el reino de su Padre. Nació Dios de Dios y no quiso permanecer solo Hijo de Dios, sino que también se dignó hacerse hijo del hombre, sin perder lo que era, pero asumiendo lo que no era, para así transformar a los hombres en hijos de Dios y hacerles coherederos de su gloria, de modo que comenzaran a tener por gracia lo que Él mismo desde siempre poseía por naturaleza» (San Beda el Venerable).

«El Hijo de Dios acepta la pobreza de mi carne a fin de hacerme entrar en posesión de las riquezas de su divinidad. Aquel que es la plenitud de la vida se anonada; se despoja de su gloria a fin de hacerme participante de su propia plenitud» (San Gregorio Nacianceno).

«El Hijo de Dios ha venido a destruir las obras del demonio. Él se ha unido a nosotros y a nosotros nos ha unido a Él; y, así, el descenso de Dios a lo humano ha provocado el ascenso del hombre a lo divino» (San León Magno).





 

domingo, 26 de abril de 2026

«EL SEÑOR ES MI PASTOR». COMENTARIO DE BENEDICTO XVI AL SALMO 23 (22)


Dirigirse al Señor en la oración implica un acto radical de confianza, con la conciencia de  fiarse de Dios, que es bueno, «compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad» (Ex 34, 6-7; Sal 86, 15; cf. Jl 2, 13; Gn 4, 2; Sal 103, 8; 145, 8; Ne 9, 17). Por ello hoy quiero reflexionar con vosotros sobre un Salmo impregnado totalmente de confianza, donde el salmista expresa su serena certeza de ser guiado y protegido, puesto al seguro de todo peligro, porque el Señor es su pastor. Se trata del Salmo 23 —según la datación grecolatina, 22—, un texto familiar a todos y amado por todos.

«El Señor es mi pastor, nada me falta»: así empieza esta bella oración, evocando el ambiente nómada de los pastores y la experiencia de conocimiento recíproco que se establece entre el pastor y las ovejas que componen su pequeño rebaño. La imagen remite a un clima de confianza, intimidad y ternura: el pastor conoce una a una a sus ovejas, las llama por su nombre y ellas lo siguen porque lo reconocen y se fían de él (cf. Jn 10, 2-4). Él las cuida, las custodia como bienes preciosos, dispuesto a defenderlas, a garantizarles bienestar, a permitirles vivir en la tranquilidad. Nada puede faltar si el pastor está con ellas. A esta experiencia hace referencia el salmista, llamando a Dios su pastor, y dejándose guiar por él hacia praderas seguras: 

«En verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas; me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre» (vv. 2-3).

La visión que se abre ante nuestros ojos es la de praderas verdes y fuentes de agua límpida, oasis de paz hacia los cuales el pastor acompaña al rebaño, símbolos de los lugares de vida hacia los cuales el Señor conduce al salmista, quien se siente como las ovejas recostadas sobre la hierba junto a una fuente, en un momento de reposo, no en tensión o en estado de alarma, sino confiadas y tranquilas, porque el sitio es seguro, el agua es fresca, y el pastor vigila sobre ellas. Y no olvidemos que la escena evocada por el Salmo está ambientada en una tierra en gran parte desértica, azotada por el sol ardiente, donde el pastor seminómada de Oriente Medio vive con su rebaño en las estepas calcinadas que se extienden en torno a los poblados. Pero el pastor sabe dónde encontrar hierba y agua fresca, esenciales para la vida, sabe conducir al oasis donde el alma «repara sus fuerzas» y es posible recuperar las fuerzas y nuevas energías para volver a ponerse en camino.

Como dice el salmista, Dios lo guía hacia «verdes praderas» y «fuentes tranquilas», donde todo es sobreabundante, todo es donado en abundancia. Si el Señor es el pastor, incluso en el desierto, lugar de ausencia y de muerte, no disminuye la certeza de una presencia radical de vida, hasta llegar a decir: «nada me falta». El pastor, en efecto, se preocupa por el bienestar de su rebaño, acomoda sus propios ritmos y sus propias exigencias a las de sus ovejas, camina y vive con ellas, guiándolas por senderos «justos», es decir aptos para ellas, atendiendo a sus necesidades y no a las propias. Su prioridad es la seguridad de su rebaño, y es lo que busca al guiarlo.

Queridos hermanos y hermanas, también nosotros, como el salmista, si caminamos detrás del «Pastor bueno», aunque los caminos de nuestra vida resulten difíciles, tortuosos o largos, con frecuencia incluso por zonas espiritualmente desérticas, sin agua y con un sol de racionalismo ardiente, bajo la guía del pastor bueno, Cristo, debemos estar seguros de ir por los senderos «justos», y que el Señor nos guía, está siempre cerca de nosotros y no nos faltará nada. Por ello el salmista puede declarar una tranquilidad y una seguridad sin incertidumbres ni temores:

«Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan» (v. 4).

Quien va con el Señor, incluso en los valles oscuros del sufrimiento, de la incertidumbre y de todos los problemas humanos, se siente seguro. Tú estás conmigo: esta es nuestra certeza, la certeza que nos sostiene. La oscuridad de la noche da miedo, con sus sombras cambiantes, la dificultad para distinguir los peligros, su silencio lleno de ruidos indescifrables. Si el rebaño se mueve después de la caída del sol, cuando la visibilidad se hace incierta, es normal que las ovejas se inquieten, existe el riesgo de tropezar, de alejarse o de perderse, y existe también el temor de que posibles agresores se escondan en la oscuridad. Para hablar del valle «oscuro», el salmista usa una expresión hebrea que evoca las tinieblas de la muerte, por lo cual el valle que hay que atravesar es un lugar de angustia, de amenazas terribles, de peligro de muerte. Sin embargo, el orante avanza seguro, sin miedo, porque sabe que el Señor está con él. Aquel «tú vas conmigo» es una proclamación de confianza inquebrantable, y sintetiza una experiencia de fe radical; la cercanía de Dios transforma la realidad, el valle oscuro pierde toda peligrosidad, se vacía de toda amenaza. El rebaño puede ahora caminar tranquilo, acompañado por el sonido familiar del bastón que golpea sobre el terreno e indica la presencia tranquilizadora del pastor.

Esta imagen confortante cierra la primera parte del Salmo, y da paso a una escena diversa. Estamos todavía en el desierto, donde el pastor vive con su rebaño, pero ahora somos transportados bajo su tienda, que se abre para dar hospitalidad:

«Preparas una mesa ante mí, enfrente de mis enemigos; me unges la cabeza con perfume, y mi copa rebosa» (v. 5).

Ahora se presenta al Señor como Aquel que acoge al orante, con los signos de una hospitalidad generosa y llena de atenciones. El huésped divino prepara la comida sobre la «mesa», un término que en hebreo indica, en su sentido primitivo, la piel del animal que se extendía en la tierra y sobre la cual se ponían las viandas para la comida en común. Se trata de un gesto de compartir no sólo el alimento sino también la vida, en un ofrecimiento de comunión y de amistad que crea vínculos y expresa solidaridad. Luego viene el don generoso del aceite perfumado sobre la cabeza, que mitiga de la canícula del sol del desierto, refresca y alivia la piel, y alegra el espíritu con su fragancia. Por último, el cáliz rebosante añade una nota de fiesta, con su vino exquisito, compartido con generosidad sobreabundante. Alimento, aceite, vino: son los dones que dan vida y alegría porque van más allá de lo que es estrictamente necesario y expresan la gratuidad y la abundancia del amor. El Salmo 104, celebrando la bondad providente del Señor, proclama: «Haces brotar hierba para los ganados, y forraje para los que sirven al hombre. Él saca pan de los campos, y vino que alegra el corazón; aceite que da brillo a su rostro y el pan que le da fuerzas» (vv. 14-15). El salmista se convierte en objeto de numerosas atenciones, por ello se ve como un viandante que encuentra refugio en una tienda acogedora, mientras que sus enemigos deben detenerse a observar, sin poder intervenir, porque aquel que consideraban su presa se encuentra en un lugar seguro, se ha convertido en un huésped sagrado, intocable. Y el salmista somos nosotros si somos realmente creyentes en comunión con Cristo. Cuando Dios abre su tienda para acogernos, nada puede hacernos mal.

Luego, cuando el viandante parte nuevamente, la protección divina se prolonga y lo acompaña en su viaje:

«Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor por años sin término» (v. 6).

La bondad y la fidelidad de Dios son la escolta que acompaña al salmista que sale de la tienda y se pone nuevamente en camino. Pero es un camino que adquiere un nuevo sentido, y se convierte en peregrinación hacia el templo del Señor, el lugar santo donde el orante quiere «habitar» para siempre y al cual quiere «regresar». El verbo hebreo utilizado aquí tiene el sentido de «volver», pero, con una pequeña modificación vocálica, se puede entender como «habitar», y así lo recogen las antiguas versiones y la mayor parte de las traducciones modernas. Se pueden mantener los dos sentidos: volver al templo y habitar en él es el deseo de todo israelita, y habitar cerca de Dios, en su cercanía y bondad, es el anhelo y la nostalgia de todo creyente: poder habitar realmente donde está Dios, cerca de Dios. El seguimiento del Pastor conduce a su casa, es la meta de todo camino, oasis deseado en el desierto, tienda de refugio al huir de los enemigos, lugar de paz donde se experimenta la bondad y el amor fiel de Dios, día tras día, en la alegría serena de un tiempo sin fin.

Las imágenes de este Salmo, con su riqueza y profundidad, acompañaron toda la historia y la experiencia religiosa del pueblo de Israel, y acompañan a los cristianos. La figura del pastor, en especial, evoca el tiempo originario del Éxodo, el largo camino en el desierto, como un rebaño bajo la guía del Pastor divino (cf. Is 63, 11-14; Sal 77, 20-21; 78, 52-54). Y en la Tierra Prometida era el rey quien tenía la tarea de apacentar el rebaño del Señor, como David, pastor elegido por Dios y figura del Mesías (cf. 2 Sam 5, 1-2; 7, 8; Sal 78, 70-72). Luego, después del exilio de Babilonia, casi en un nuevo Éxodo (cf. Is 40, 3-5.9-11; 43, 16-21), Israel es conducido a la patria como oveja perdida y reencontrada, reconducida por Dios a verdes praderas y lugares de reposo (cf. Ez 34, 11-16.23-31). Pero es en el Señor Jesús en quien toda la fuerza evocadora de nuestro Salmo alcanza su plenitud, encuentra su significado pleno: Jesús es el «Buen Pastor» que va en busca de la oveja perdida, que conoce a sus ovejas y da la vida por ellas (cf. Mt 18, 12-14; Lc 15, 4-7; Jn 10, 2-4.11-18), él es el camino, el justo camino que nos conduce a la vida (cf. Jn 14, 6), la luz que ilumina el valle oscuro y vence todos nuestros miedos (cf. Jn 1, 9; 8, 12; 9, 5; 12, 46). Él es el huésped generoso que nos acoge y nos pone a salvo de los enemigos preparándonos la mesa de su cuerpo y de su sangre (cf. Mt 26, 26-29; Mc 14, 22-25; Lc 22, 19-20) y la mesa definitiva del banquete mesiánico en el cielo (cf. Lc 14, 15 ss; Ap 3, 20; 19, 9). Él es el Pastor regio, rey en la mansedumbre y en el perdón, entronizado sobre el madero glorioso de la cruz (cf. Jn 3, 13-15; 12, 32; 17, 4-5).

Queridos hermanos y hermanas, el Salmo 23 nos invita a renovar nuestra confianza en Dios, abandonándonos totalmente en sus manos. Por lo tanto, pidamos con fe que el Señor nos conceda, incluso en los caminos difíciles de nuestro tiempo, caminar siempre por sus senderos como rebaño dócil y obediente, nos acoja en su casa, a su mesa, y nos conduzca hacia «fuentes tranquilas», para que, en la acogida del don de su Espíritu, podamos beber en sus manantiales, fuentes de aquella agua viva «que salta hasta la vida eterna» (Jn 4, 14; cf. 7, 37-39).

Fuente: www.vatican.va



 

martes, 21 de abril de 2026

LA SANTIDAD DE DIOS

Moisés ante la zarza ardiente 
D. Fetti

Extracto tomado de la voz SANTIDAD CRISTIANA. E. Ancilli, Diccionario de espiritualidad, Herder 1984, Vol. III, p. 346.

* * *

a) En el Antiguo Testamento. La noción de santidad es esencialmente religiosa. La etimología de la palabra “santo”, tanto en hebreo como en griego, sugiere la idea de separación, de algo aparte, reservado: conviene a Dios de modo esencial; a los seres creados, solo en relación con Dios.

Santidad de Dios. La santidad es Dios mismo. El nombre expresa lo que propiamente lo constituye, puesto que todos los demás nombres, justicia, amor, verdad, se toman del mundo de las criaturas. Pero al decir que él es santo, se quiere decir que es distinto a todo lo que pode os conocer, que es el totalmente otro (cf VAN IMSCHOOT, Théologie de l’Ancien Testament, Tournai 1954, I, p. 42-51; versión castellana: Fax, Madrid 1969): se quiere expresar la intensidad de su existencia, que es tal que el hombre no puede verlo sin morir. El temor reverencial de los profetas, su asombro y angustia, cuando Dios se acerca, no son efecto de un terror supersticioso, sino la reacción normal de un alma consciente de su estado de criatura, que es nada ante la suprema y omnipotente presencia de Dios.

La santidad en sentido absoluto es un atributo esencial del Dios de Israel y designa su majestad increada, inaccesible, trascendente a toda criatura, totalmente otro, distinto. Así se expresa Moisés en el cántico de triunfo después del paso del mar Rojo: “¿Quién como tú, entre los dioses, oh Yahveh? ¿Quién como tú, magnífico en santidad, terrible en proezas, hacedor de maravillas?” (Ex 15, 11). Igualmente Ana, madre de Samuel, dice en su canto de acción de gracias: “No hay santo como Yahveh, no hay otro fuera de ti, ni hay roca como nuestro Dios” (1 Sam 2, 2). Isaías en su visión contempla a los serafines que mutuamente se dicen el trisagio: “Santo, Santo, Santo es Yahveh Sebaot; toda la tierra está llena de su gloria” (Is 6, 3). Es este quizá el testimonio veterotestamentario más impresionante de la santidad de Dios. El escenario de la visión, la función de los serafines, las palabras repetidas, sirven para poner de relieve cómo el triple “Santo” es la designación de la esencia de Dios, sinónimo de sublimidad y potencia, de terror y de gloria. Ese uso triplicado del término “Santo”, según la gramática hebrea, se tiene que considerar como un superlativo extraordinario, de una intensidad incomparable.

La santidad, por tanto, pertenece propiamente solo a Dios: es el atributo divino de suyo inaccesible a la criatura. Esta santidad no es solo el peso aplastante de su gloria, sino que es también su supereminente perfección, que se impone irresistiblemente a nosotros y la que no podemos rechazar aquel homenaje de nuestra admiración y de nuestro amor que se llama adoración.

El pueblo santo. La santidad de Dios marca y abraza cuanto toca, sustrayéndolo a la esfera profana circundante. Así son santos los lugares en que Yahveh se manifiesta, como por ejemplo la zarza incandescente desde la cual el Señor dijo a Mosés: “no te acerques acá, y quítate de los pies las sandalias; pues el lugar donde estás, tierra santa es” (Ex 3, 5); el cielo (Sal 20, 7), el templo (Sal 5, 8; Ex 26, 31, etc.), Jerusalén (Is 52, 1), etc.

Siendo la santidad propiedad exclusiva de Dios, solo él la puede comunicar a los demás seres. La criatura será santificada en la medida en que, separada y sustraída al uso profano, se acerque a Dios, le sea consagrada, ordenada, unida. En este sentido son santos los sacerdotes y sobre todo el sumo sacerdote El Señor dijo a Moisés: “Habla a los sacerdotes, hijos de Aarón, y diles: ningún sacerdote se haga impuro…, estarán consagrados a su Dios, y no profanarán el nombre de su Dios, pues son ellos los que ofrecen los sacrificios…, y por lo mismo serán algo santo…, será santo para ti, porque santo soy yo, Yahveh, que os santifico” (Lev 21, 1. 6. 8; Ex 28, 36).

El pueblo que Dios se escoge es una nación santa: “Así hablarás a la casa de Jacob y así anunciarás a los hijos de Israel: Habéis visto cuanto yo he hecho en Egipto, y cómo os he llevado sobre alas de águila y os he traído hasta mí. Ahora bien, se de veras escucháis mi voz y guardáis mi alianza, seréis propiedad mía particular entre todos los pueblos, porque toda la tierra me pertenece. Seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa” (Ex 28, 36).

A la libre elección de Dios que quiere su santificación, Israel debe responder santificándose a través de la purificación de toda inmundicia incompatible con la santidad de Dios. “Sed santos porque yo, Yahveh, Dios vuestro, soy santo” (Lev 19, 2; 20, 26). Y no se trata obviamente solo de santidad externa y ritual, sino de santidad interiormente vivida según las múltiples prescripciones morales contenidas en la ley (por ejemplo, Lev 17-26).

b) En el Nuevo Testamento. Jesucristo santo y mediador de santidad. El objeto propio de la revelación cristiana no es solo recordarnos que Dios es santo, sino anunciar que, con un acto de amor incomprensible, estamos llamados a su santidad, a la plenitud de su misterio, a la intimidad de su vida trinitaria.

En Cristo, la naturaleza divina se une a la naturaleza humana y la santifica, penetrándola de la vida de Dios. Cristo es el “Santo de Dios” como dicen los Hechos de los apóstoles (3, 14). Lo es en su ser, en que su humanidad es enteramente santa por la pertenencia a la persona del Hijo de Dios; lo es también en sus operacio9nes, por la total adhesión de la voluntad humana a la voluntad divina en la obediencia y el amor. De modo especial, Cristo, el hombre de Dios, es santo: porque es Dios (Lc 1, 35) y porque posee en plenitud al Espíritu Santo: “sé quién eres: el Santo de Dios” (Mc 1, 24; cf. Lc 4, 34; Jn 6, 69).

Él, el Santo de Dios, comunica la santidad a los hombres: Cristo es nuestra santificación: “De Dios viene el que vosotros estéis en Cristo Jesús, el cual, por iniciativa de Dios, se hizo nuestra sabiduría, como también justicia, santificación y redención” (1 Cor 1, 30). En virtud o “en el nombre” de Cristo, que actúa en el bautismo y por la efusión del Espíritu santificador, el cristiano es santificado: “Pero fuisteis lavados, fuisteis consagrados a Dios, pero fuisteis justificados en el nombre de Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios” (1 Cor 6, 11).

Hemos sido santificados en virtud de la voluntad sacrificial de Jesús expresada en su inmolación den la cruz. “Y en virtud de esa voluntad, quedamos consagrados por la ofrenda del cuerpo de Jesucristo, hecha de una vez para siempre” (Heb 10, 10).

 

sábado, 18 de abril de 2026

TRADITIONES CUSTODES ENTRÓ EN COMA

«Existen numerosos indicios de que Traditionis Custodes ha fracasado estrepitosamente en su misión manifiesta de erradicar definitivamente el temido rito tridentino de la Iglesia», escribe Peter Kwasniewski en una clarificadora reseña al reciente libro de Tomasz Dekert, Liturgical Peace, Liturgical War: Benedict XVI's “Summorum Pontificum” and Its Critics, Londres: Bloomsbury T&T Clark, 2026. «Traditionis Custodes parece un acto de violencia en comparación con las intenciones pacíficas de Summorum Pontificum», añade Kwasniewski, que presenta la nueva obra como una invitación a reflexionar sobre las cuestiones teológicas y pastorales más profundas que aquí están en juego, para apartarnos así de incomprensiones litúrgicas violentas y avanzar hacia la coexistencia pacífica tanto en las comunidades como en los ritos.


Texto completo:
https://www.newliturgicalmovement.org/2026/04/potent-new-work-defends-intuition.html

 

sábado, 11 de abril de 2026

PAZ A VOSOTROS

Texto de San Beda el Venerable, comentando el alcance de la salutación de Cristo resucitado a sus discípulos en el Cenáculo: Paz a vosotros. Tres veces se dirigió Jesús con estas palabras al grupo íntimo de sus seguidores que esperaban con ansias sus manifestaciones (Cf Jn 20, 19-21-26). Y en labios de Cristo esta paz no es un mero saludo religioso de presentación o de buenos deseos, sino la expresión de un don sublime del Redentor –Príncipe de la Paz– a los Apóstoles y a la Iglesia.

* * *

«Además, hay que observar que, al aparecerse el Salvador a los discípulos, les comunica enseguida el gozo de la paz, reiterando –cuando ya celebra la gloria de la inmortalidad– lo que –cuando se disponía a la pasión de su muerte– les había prometido como prenda especial de salvación y de vida, al decirles: Os dejo la paz, mi paz os doy (Jn 14, 27). El don de esa gracia ya lo anunciaban, cuando Él nació, los ángeles que inmediatamente después vieron los pastores, alabando a Dios y diciendo: Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad (Lc 2, 14). Porque sin duda toda la providencia de nuestro Redentor, al encarnarse, es la reconciliación del mundo.

En efecto, para eso tomó carne, para eso padeció, para eso resucitó de entre los muertos: para que nosotros, que caímos en la ira de Dios por el pecado, fuéramos reconducidos a la paz de Dios por su reconciliación. De ahí que con razón sea llamado por el profeta «Padre del siglo futuro», «Príncipe de la paz» (Is 9, 6); y que el Apóstol diga de Él escribiendo a aquellos de los gentiles que habían creído: Y a su venida os anunció la paz a vosotros que estabais alejados y la paz a los que estaban cercanos, porque por Él es por lo que unos y otros tenemos acceso al Padre en el mismo Espíritu (Ef  2, 17)».  

(San Beda, Homilías sobre los evangelios/2; homilía IX, después de la Pascua, Ciudad Nueva 2016).


 

viernes, 10 de abril de 2026

LAS TRES PALABRAS DE JUAN

La pesca milagrosa. «Dominus est; Es el Señor» (Jn 21, 7)

San Manuel González García (1877–1940), conocido como el obispo del Sagrario abandonado, escribió varias obras de piedad eucarística dirigidas muchas de ellas a los miembros de la Unión Eucarística Reparadora, movimiento religioso fundado por él, con la preocupación santa de fomentar un culto reparador y amoroso a Jesús en la Eucaristía. Copio a continuación una reflexión casi mística inspirada en las tres intervenciones del discípulo amado recogidas en su evangelio. 

* * *

«Una de las cosas que más me agradan y edifican en la lectura del santo Evangelio es la modestia con que cada Evangelista habla de sí mismo cuando ha menester su intervención en sus relatos. San Mateo, por ejemplo, es el único que cita su nombre y su despreciada profesión al contar su llamamiento al Apostolado; los demás en cambio, callan lo infamante del oficio de su compañero.

El Evangelio de san Marcos, que también podría llamarse de san Pedro, porque de éste lo aprendió aquél, no relata de san Pedro más que lo que lo humilla y nada de lo que lo enaltece.

El Evangelio según san Juan apenas si nombra a su Autor y, siendo éste uno de los apóstoles que más debieron hablar con el Maestro, a fuer de discípulo predilecto, no cita de sus palabras y conversaciones más que tres y éstas brevísimas.

En su brevedad, sin embargo, son palabras que valen por muchos discursos…

Vedlas aquí:

«Maestro, ¿en dónde moras?» (Jn 1, 38).

«Señor, ¿quién es?» (Jn 13, 25).

«Es el Señor» (Jn 21, 7).

Estas tres palabras se dijeron en tres tiempos distintos.

La primera en la entrevista primera con el Maestro, la segunda en la noche de la Cena cuando se anuncia la traición de Judas y la tercera en la noche de la pesca milagrosa después de la resurrección; es decir, son las palabras de la amistad que se inicia, que se estrecha y que se perpetúa.

«Maestro, ¿en dónde moras?», es la palabra del amor que busca.

«Señor, ¿quién es?», es la palabra del amor que teme.

«Es el Señor», es la palabra del amor que descansa.

Amor que busca la casa desconocida de Jesús para pasarse con Él los días y las noches; amor que teme lo único digno de temerse, la infidelidad a Jesús; amor que descansa en lo único que puede dar reposo verdadero e inalterable, la posesión de Jesús...

Amar a Jesús buscándolo en las casas desconocidas o no frecuentas de los vecinos que las rodean; amar a Jesús temiendo solo verlo traicionado y abandonado; amar a Jesús descansando y gozándose solo en poseerlo siempre.

¡Un solo amor y un solo Amado!, y del uno para el otro aquellas tres palabras y estas tres solas ocupaciones: buscarlo ausente, temerlo despreciado y gozarlo poseído.

¿Han sido ésas las palabras y las ocupaciones de este año?».

(San Manuel González, Qué hace y qué dice el Corazón de Jesús en el Sagrario, Obras completas, Vol. I, p. 394-396, en versión Kindle).


 

jueves, 9 de abril de 2026

EL AMOR DILIGENTE DE LA MAGDALENA

El intenso amor de María Magdalena por Cristo le lleva a buscarlo con diligencia. Ese amor la hizo merecedora de ser la primera en ver al Resucitado y anunciarlo a sus discípulos. Comenta fray Luis de Granada: «Y mira bien que después de la Madre a aquella primero apareció, que más amó, más perseveró, más lloró y más solícitamente le buscó; para que así tengas por cierto que hallarás a Dios si con estas mismas lágrimas y diligencias le buscares».





 

miércoles, 8 de abril de 2026

CAMINANDO JUNTO A JESÚS

Cristo con sus discípulos en el camino a Emaús
 John Runciman

«Iban aquellos dos discípulos hacia Emaús. Su paso era normal, como el de tantos otros que transitaban por aquel paraje. Y allí, con naturalidad, se les aparece Jesús, y anda con ellos, con una conversación que disminuye la fatiga. Me imagino la escena, ya bien entrada la tarde. Sopla una brisa suave. Alrededor, campos sembrados de trigo ya crecido, y los olivos viejos, con las ramas plateadas por la luz tibia.

Jesús, en el camino. ¡Señor, qué grande eres siempre! Pero me conmueves cuando te allanas a seguirnos, a buscarnos, en nuestro ajetreo diario. Señor, concédenos la ingenuidad de espíritu, la mirada limpia, la cabeza clara, que permiten entenderte cuando vienes sin ningún signo exterior de tu gloria.

Se termina el trayecto al encontrar la aldea, y aquellos dos que sin darse cuenta han sido heridos en lo hondo del corazón por la palabra y el amor del Dios hecho Hombre, sienten que se vaya. Porque Jesús les saluda con ademán de continuar adelante. No se impone nunca, este Señor Nuestro. Quiere que le llamemos libremente, desde que hemos entrevisto la pureza del Amor, que nos ha metido en el alma. Hemos de detenerlo por fuerza y rogarle: continúa con nosotros, porque es tarde, y va ya el día de caída, se hace de noche…

Y Jesús se queda. Se abren nuestros ojos como los de Cleofás y su compañero, cuando Cristo parte el pan; y aunque Él vuelva a desaparecer de nuestra vista, seremos también capaces de emprender de nuevo la marcha anochece, para hablar a los demás de Él, porque tanta alegría no cabe en un pecho solo.

Camino de Emaús. Nuestro Dios ha llenado de dulzura este nombre. Y Emaús es el mundo entero, porque el Señor ha abierto los caminos divinos de la tierra».

(San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 313-314). 

 

domingo, 22 de marzo de 2026

¡LÁZARO, SAL FUERA!

La resurección de Lázaro. Giotto

Textos de Benedicto XVI comentando el evangelio de la resurrección de Lázaro, característico del domingo V de Cuaresma. Señalo en particular la idea de que para Cristo, debido a su dominio soberano sobre todas las cosas, la muerte se asimila a un sueño del que nos puede despertar con solo una voz.


«la resurrección de Lázaro es signo del dominio
total de Cristo sobre la muerte física, 
que ante Dios es como un sueño»

 * * *

«En el Evangelio de hoy —la resurrección de Lázaro—, escuchamos la voz de la fe de labios de Marta, la hermana de Lázaro. A Jesús, que le dice: «Tu hermano resucitará», ella responde: «Sé que resucitará en la resurrección en el último día» (Jn 11, 23-24). Y Jesús replica: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá» (Jn 11, 25). Esta es la verdadera novedad, que irrumpe y supera toda barrera. Cristo derrumba el muro de la muerte; en él habita toda la plenitud de Dios, que es vida, vida eterna. Por esto la muerte no tuvo poder sobre él; y la resurrección de Lázaro es signo de su dominio total sobre la muerte física, que ante Dios es como un sueño» (cf. Jn 11, 11). (Angelus, Domingo 10 de abril de 2011).

* * * 

«En nuestro itinerario cuaresmal hemos llegado al quinto domingo, caracterizado por el evangelio de la resurrección de Lázaro (cf. Jn 11, 1-45). Se trata del último gran "signo" realizado por Jesús, después del cual los sumos sacerdotes reunieron al sanedrín y deliberaron matarlo; y decidieron matar incluso a Lázaro, que era la prueba viva de la divinidad de Cristo, Señor de la vida y de la muerte.

En realidad, esta página evangélica muestra a Jesús como verdadero hombre y verdadero Dios. Ante todo, el evangelista insiste en su amistad con Lázaro y con sus hermanas Marta y María. Subraya que «Jesús los amaba» (Jn 11, 5), y por eso quiso realizar ese gran prodigio. «Lázaro, nuestro amigo, está dormido: voy a despertarlo» (Jn 11, 11), así les habló a los discípulos, expresando con la metáfora del sueño el punto de vista de Dios sobre la muerte física: Dios la considera precisamente como un sueño, del que se puede despertar.

Jesús demostró un poder absoluto sobre esta muerte: se ve cuando devuelve la vida al joven hijo de la viuda de Naím (cf. Lc 7, 11-17) y a la niña de doce años (cf. Mc 5, 35-43). Precisamente de ella dijo: «La niña no ha muerto; está dormida» (Mc 5, 39), provocando la burla de los presentes. Pero, en verdad, es precisamente así: la muerte del cuerpo es un sueño del que Dios nos puede despertar en cualquier momento». (Angelus, Domingo 9 de marzo de 2008).



 

jueves, 19 de marzo de 2026

ID A JOSÉ

El silencio que envuelve la vida de San José no era un silencio vacío, como el de alguien que calla porque no tiene nada que decir, sino un silencio colmado de la más alta espiritualidad, entendida como profunda cercanía y posesión de Dios. José vive en un perpetuo asombro, sumergido en la contemplación del misterio de la Encarnación del Verbo, misterio que mira, adora y custodia, sin poder jamás acostumbrase a él. Como dice E. Ancilli, «La intimidad con Dios fue el objeto primero de la vocación de José. En torno a Jesús se polarizan todas sus fuerzas, su razón de ser. Esto explica su alejarse de las cosas de la tierra, su calma, su profundo silencio. Es el santo del recogimiento, del discípulo siempre dispuesto a escuchar las inspiraciones internas» (cf. Dicccinario de espiritualidad, voz José, Vol. II).

Escogido por Dios como custodio de sus grandes tesoros aquí en la tierra, San José monta guardia atenta y callada, orante y alegre sobre su hogar y sus moradores: la Virgen inmaculada y su divino Hijo; para ellos vive, por ellos trabaja y sacrifica. Esta misión divina de José se prolonga ahora sobre la Iglesia y sobre cada uno de nosotros. Ite ad Ioseph!, decía el faraón a los que llegaban hambrientos a Egipto en busca de pan. Ite ad Ioseph!, es también hoy la invitación que el Señor dirige a quienes caminan por el mundo con hambre y sed de justicia. Y José, como buen padre, nos abre las puertas de su casa, nos sienta a su mesa y nos permite gozar de la compañía de Jesús y María.


domingo, 15 de marzo de 2026

LA ALEGRÍA DE CREER

La curación del ciego de nacimiento
El Greco

Jesús sana a un ciego de nacimiento.
Comentario de Benedicto XVI

«El itinerario cuaresmal que estamos viviendo es un tiempo especial de gracia, durante el cual podemos experimentar el don de la bondad del Señor para con nosotros. La liturgia de este domingo, denominado «Laetare», nos invita a alegrarnos, a regocijarnos, como proclama la antífona de entrada de la celebración eucarística: «Festejad a Jerusalén, gozad con ella, todos los que la amáis; alegraos de su alegría, los que por ella llevasteis luto; mamaréis a sus pechos y os saciaréis de sus consuelos» (cf. Is 66, 10-11). ¿Cuál es la razón profunda de esta alegría? Nos lo dice el Evangelio de hoy, en el cual Jesús cura a un hombre ciego de nacimiento. La pregunta que el Señor Jesús dirige al que había sido ciego constituye el culmen de la narración: «¿Crees tú en el Hijo del hombre?» (Jn 9, 35). Aquel hombre reconoce el signo realizado por Jesús y pasa de la luz de los ojos a la luz de la fe: «Creo, Señor» (Jn 9, 38). Conviene destacar cómo una persona sencilla y sincera, de modo gradual, recorre un camino de fe: en un primer momento encuentra a Jesús como un «hombre» entre los demás; luego lo considera un «profeta»; y, al final, sus ojos se abren y lo proclama «Señor». En contraposición a la fe del ciego curado se encuentra el endurecimiento del corazón de los fariseos que no quieren aceptar el milagro, porque se niegan a aceptar a Jesús como el Mesías. La multitud, en cambio, se detiene a discutir sobre lo acontecido y permanece distante e indiferente. A los propios padres del ciego los vence el miedo del juicio de los demás.

Y nosotros, ¿qué actitud asumimos frente a Jesús? También nosotros a causa del pecado de Adán nacimos «ciegos», pero en la fuente bautismal fuimos iluminados por la gracia de Cristo. El pecado había herido a la humanidad destinándola a la oscuridad de la muerte, pero en Cristo resplandece la novedad de la vida y la meta a la que estamos llamados. En él, fortalecidos por el Espíritu Santo, recibimos la fuerza para vencer el mal y obrar el bien. De hecho, la vida cristiana es una continua configuración con Cristo, imagen del hombre nuevo, para alcanzar la plena comunión con Dios. El Señor Jesús es «la luz del mundo» (Jn 8, 12), porque en él «resplandece el conocimiento de la gloria de Dios» (2 Co 4, 6) que sigue revelando en la compleja trama de la historia cuál es el sentido de la existencia humana. En el rito del Bautismo, la entrega de la vela, encendida en el gran cirio pascual, símbolo de Cristo resucitado, es un signo que ayuda a comprender lo que ocurre en el Sacramento. Cuando nuestra vida se deja iluminar por el misterio de Cristo, experimenta la alegría de ser liberada de todo lo que amenaza su plena realización. En estos días que nos preparan para la Pascua revivamos en nosotros el don recibido en el Bautismo, aquella llama que a veces corre peligro de apagarse. Alimentémosla con la oración y la caridad hacia el prójimo.

A la Virgen María, Madre de la Iglesia, encomendamos el camino cuaresmal, para que todos puedan encontrar a Cristo, Salvador del mundo» (Benedicto XVI, Angelus, Domingo 3 de abril de 2011).

Fuente: vatican.va


sábado, 7 de marzo de 2026

SAN LEÓN MAGNO, LA CUARESMA COMO PALESTRA DE SANTIDAD

La tentación de Cristo. 
Miniatura de Simon Bening

«Entramos, amadísimos, en la Cuaresma, es decir, en una fidelidad mayor al servicio del Señor. Viene a ser como si entrásemos a un combate de santidad. Por tanto, preparemos nuestras almas a las embestidas de las tentaciones, sabiendo que cuanto más celosos seamos de nuestra salvación, tanto más violentamente nos atacarán nuestros adversarios. 

Más el que habita en medio nosotros es más fuerte que quien lucha contra nosotros. Nuestra fortaleza viene de él, en cuyo poder tenemos puesta nuestra confianza. Pues si el Señor permitió que lo visitase el tentador, lo hiso para que tuviésemos, además de la fuerza de su socorro, la enseñanza de su ejemplo. Acabáis de oírlo: venció a su adversario con las palabras de la Ley, no con el vigor de su brazo. Sin duda alguna, reportó su humanidad mayor gloria y fue mayor el castigo de su adversario al triunfar del enemigo de los hombres no como Dios, sino como mortal. 

Ha combatido para enseñarnos a combatir en pos de él. Ha vencido para que nosotros seamos también vencedores de la misma manera. Pues no hay, amadísimos, actos de virtud sin la experiencia de las tentaciones, ni fe sin prueba, ni combate sin enemigo, ni victoria sin batalla. La vida pasa en medio de emboscadas, en medio de sobresaltos. Si no queremos vernos sorprendidos, hay que vigilar. Si pretendemos vencer, hemos de luchar. He aquí por qué dijo Salomón cuando era sabio: Hijo, si entras a servir al Señor, prepara tu alma para la tentación (Ecl 2, 2). Estaba lleno de la ciencia de Dios, sabía que no hay fervor sin trabajos y combates. Y previendo los peligros, los advierte a fin de que estemos preparados para rechazar los choques del tentador».

(San León Magno, Homilías sobre el año litúrgico; Homilía sobre la Cuaresma I, 3, BAC 2014, p. 141).