San Juan
María Vianney ilustraba con la siguiente anécdota la fuerza impetratoria del Sacrifico
del Altar: un pasando y pasando.
“Un santo sacerdote oraba por un amigo suyo difunto; Dios le había hecho conocer que estaba en el purgatorio. Pensó entonces que no podía hacer por él cosa mejor que ofrecer el Santo Sacrificio de la Misa por su alma. Cuando estuvo en el momento de la Consagración, tomó la Hostia consagrada entre sus dedos y dijo: Padre Santo y Eterno, hagamos un cambio: vos tenéis en vuestras manos el alma de mi amigo, que está en el purgatorio, y yo tengo en las mías el cuerpo de vuestro Hijo. Pues bien, librad a mi amigo y yo os hago la ofrenda de vuestro Hijo con todos los méritos de su Muerte y su Pasión. Y al punto, en el momento de la elevación, vio el alma de su amigo, que radiante de gloria, subía al cielo”.
(El Santo Cura
de Ars. Sus palabras y ejemplos. Ad vos o sacerdotes! Santiago 1925, p. 14).

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