miércoles, 25 de febrero de 2026

MONS. SCHNEIDER PIDE UN GESTO DE MAGNANIMIDAD PAPAL

Monseñor Athanasius Schneider ha hecho un llamado filial al Santo Padre para que permita las ordenaciones episcopales en la FSSPX (ver aquí). Sería un gesto de magnanimidad paterna –hasta ahora siempre escasos– y no de rendición incondicionada. A mi entender, una concesión de esta naturaleza crearía inmediatamente una atmosfera muy favorable para cualquier dialogo posterior, con serenidad y sin acaloramientos; curaría en breve heridas que llevan décadas supurando, y pondría el cimiento de una reconciliación definitiva. Por su parte, la Fraternidad no debería exigir plazos o imponer fechas como manifestación de delicado respeto hacia la autoridad pontificia.

Si nada de esto sucediera, tendríamos que darle la razón a Benedicto XVI cuando, con motivo del levantamiento de las excomuniones en 2009, escribía con mucha congoja en su corazón a los obispos de todo el mundo: «A veces se tiene la impresión de que nuestra sociedad tenga necesidad de un grupo al menos con el cual no tener tolerancia alguna; contra el cual pueda tranquilamente arremeter con odio. Y si alguno intenta acercársele –en este caso el Papa– también él pierde el derecho a la tolerancia y puede también ser tratado con odio, sin temor ni reservas».

Insisto en que es la hora de la caridad y del trato mutuo. El Vaticano II no es el Símbolo Apostólico, ni el Niceno-Constantinopolitano, ni el Símbolo Atanasiano: quizá sus documentos se han querido vender a un precio muy superior del que realmente tienen. Sabemos que fue un concilio eminentemente pastoral y que, al negarse a utilizar un lenguaje metafísico, ha dejado amplios márgenes para la interpretación y discusión teológicas. Y en relación con la reforma litúrgica es evidente que no todo ha sido oro puro, también hay mucho oropel. Ojalá con León XIV haya llegado la tan anhelada paz.


 

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