Hacia la medianoche y postrada en su lecho de muerte, Santa Isabel de Hungría pedía a las personas que la rodeaban guardar «completo silencio ante el nacimiento del Niño. Eso podría aparecer a primera vista -comentaba el entonces Cardenal Ratzinger- casi como un juego: el pequeño quiere dormir y no hay que molestarlo. Pero ese aparente juego es en realidad expresión de un respeto que es lo único que abre el camino hacia el misterio. El silencio es el ámbito de ese Niño. El silencio es el ámbito del nacimiento de Dios. Solo si nosotros mismos entramos en el ámbito del silencio llegamos al lugar donde acontece el nacimiento de Dios.
Así, en esa invitación resuena una de las afirmaciones primordiales de la liturgia navideña, que más tarde ha inspirado tantos cánticos, la frase del libro de la Sabiduría que dice: “Mientras plácido silencio lo envolvía todo, y la noche se encontraba a mitad de su carrera, tu omnipotente palabra desde los cielos, desde el trono real […] se lanzó en medio de la tierra” (Sab 18, 14).
(J. Ratzinger–Benedicto XVI, La bendición de la Navidad. Meditaciones,
Herder 2007, p. 74).

No hay comentarios:
Publicar un comentario