«Hemos escuchado en el Evangelio la
pregunta de san Juan Bautista que se encuentra en la cárcel; el Bautista, que
había anunciado la venida del Juez que cambia el mundo, y ahora siente que el
mundo sigue igual. Por eso, pide que pregunten a Jesús: «¿Eres tú el que ha de
venir o debemos esperar a otro? ¿Eres tú o debemos esperar a otro?». En los
últimos dos o tres siglos muchos han preguntado: «¿Realmente eres tú o hay que
cambiar el mundo de modo más radical? ¿Tú no lo haces?». Y han venido muchos
profetas, ideólogos y dictadores que han dicho: «¡No es él! ¡No ha cambiado el
mundo! ¡Somos nosotros!». Y han creado sus imperios, sus dictaduras, su
totalitarismo que cambiaría el mundo. Y lo ha cambiado, pero de modo
destructivo. Hoy sabemos que de esas grandes promesas no ha quedado más que un
gran vacío y una gran destrucción. No eran ellos.
Y así debemos mirar de nuevo a Cristo y preguntarle: «¿Eres tú?». El Señor, con el modo silencioso que le es propio, responde: «Mirad lo que he hecho. No he hecho una revolución cruenta, no he cambiado el mundo con la fuerza, sino que he encendido muchas luces que forman, a la vez, un gran camino de luz a lo largo de los milenios.
Comencemos aquí, en nuestra parroquia: san Maximiliano Kolbe, que se ofreció para morir de hambre a fin de salvar a un padre de familia. ¡En qué gran luz se ha convertido! ¡Cuánta luz ha venido de esta figura! Y ha alentado a otros a entregarse, a estar cerca de quienes sufren, de los oprimidos. Pensemos en el padre que era para los leprosos Damián de Veuster, que vivió y murió con y para los leprosos, y así llevó luz a esa comunidad. Pensemos en la madre Teresa, que dio tanta luz a personas, que, después de una vida sin luz, murieron con una sonrisa, porque las había tocado la luz del amor de Dios.
Y podríamos seguir y veríamos, como dijo el Señor en la respuesta a Juan, que lo que cambia el mundo no es la revolución violenta, ni las grandes promesas, sino la silenciosa luz de la verdad, de la bondad de Dios, que es el signo de su presencia y nos da la certeza de que somos amados hasta el fondo y de que no caemos en el olvido, no somos un producto de la casualidad, sino de una voluntad de amor».
(Benedicto XVI, Homilía en la parroquia romana de San Maximiliano Kolbe. Domingo III de Adviento, 12 de diciembre de 2010).
Fuente: vatican.va

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