martes, 28 de mayo de 2013

EL PAPA FRANCISCO Y EL SACRAMENTO DE LA ADUANA PASTORAL

Si hay algo que a nuestro Papa Francisco no le falta es un sano realismo pastoral. Desde que asumió la Cátedra de Pedro, no ha dejado de insistir en la importancia de estar en contacto con la realidad viva y directa de las almas. No es dado al uso de expresiones o eslóganes grandilocuentes; prefiere más bien aterrizarnos de inmediato con alguna consideración práctica y asequible a todos. Por ejemplo, más que hablar de la importancia de construir una civilización del amor, prefiere que cada uno se  pregunte  diariamente qué gestos de ternura o caridad ha tenido con las personas con que se ha topado; o bien prefiere que cada uno se examine con qué celo, alegría o entusiasmo  sabe acoger a quien se le acerca para solicitar algún servicio pastoral, que hacer un llamado a trabajar en la tarea de una gran misión continental. Este saludable realismo apostólico, que se halla en las antípodas de una pastoral con aires de gnosticismo, es decir, basada en recetas confeccionadas por grupos de iluminados, pero generalmente estériles en la realidad viva y concreta del creyente, me parece ser un valioso aporte que puede ofrecer hoy a la Iglesia universal un Papa latinoamericano.
  En su reciente homilía del 25 de mayo en Santa Marta el Papa ha puesto unos cuantos ejemplos, pienso que a modo de advertencia, para evitar que el católico de hoy –sacerdote o laico- termine por convertirse en un simple teórico o burócrata de la fe.  El cura teórico ha quedado reflejado en la siguiente anécdota de su homilía: “Había una señora humilde que pedía a un sacerdote la bendición: el sacerdote le decía: ‘¡Bien, pero señora usted ha estado en la Misa!’ y le explicó toda la teología de la bendición en la Misa. Le hizo bien: ‘Ah, gracias padre; sí padre’, decía la señora. Cuando el sacerdote se fue, la señora se dirigió a otro cura: ‘¡Deme la bendición!’. Y todas aquellas palabras no le entraron, porque ella tenía otra necesidad: la necesidad de ser tocada por el Señor. Esa es la fe que encontramos siempre y esta fe la suscita el Espíritu Santo. Debemos facilitarla, hacerla crecer, ayudarla a crecer”. Y el seglar burócrata es retratado así: “Pensad –decía- también en una madre soltera, que va a la iglesia, a la parroquia y al secretario: ‘Quiero bautizar al niño’. Y este cristiano o cristiana que lo recibe le dice: ‘No, tú no puedes porque no estás casada!’. Pero mirad, esta chica que ha tenido el valor de seguir adelante con su embarazo y de no ‘quitárselo de encima’, ¿qué encuentra? ¡Una puerta cerrada! ¡Esto no es celo! ¡Aleja del Señor! ¡No abre las puertas! Y así cuando estamos en este camino, en esta actitud, no hacemos bien a los demás, a la gente, al Pueblo de Dios. Pero Jesús instituyó siete sacramentos, y nosotros con esta actitud instituimos el octavo: ¡el sacramento de la aduana pastoral!”.

  ¡El sacramento de la aduana pastoral! Aquí sí que el Papa Francisco pone el dedo en la llaga. No se trata de minusvalorar el derecho, sino de remediar un mal que se ha extendido en la Iglesia durante las últimas décadas: confiar más en la organización de nuestras actividades pastorales o catequéticas que en la eficacia misma de la gracia de los sacramentos o de la predicación de la auténtica Palabra de Dios. E hilvanando estas ideas he comprendido de pronto por qué el Santo Cura de Ars no fue declarado finalmente patrono de todos los sacerdotes, tal como se había anunciado como colofón del año sacerdotal. Probablemente la presión de tanto cura pastoralmente aduanero no consintió un patrono santo cuya sotana estuviera tan sucia e impregnada del olor de su rebaño.

domingo, 26 de mayo de 2013

ORACION A LA TRINIDAD



Omnipoténtia Patris, ádiuva fragilitátem meam et e profúndo misériæ éripe me.
Sapiéntia Filii, dírige cogitatiónes, verba et actiónes meas omnes.
Amor Spíritus Sancti, esto cunctárum ánimæ meæ operatiónum princípium, quo iúgiter sint divíno beneplácito confórmes.

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Omnipotencia del Padre, ayuda mi fragilidad y líbrame de la profunda miseria.
Sabiduría del Hijo, dirige todos mis pensamientos, palabras y acciones.
Amor del Espíritu Santo, sé el principio de todas las operaciones de mi alma para que siempre sean conformes al querer divino.


Indulgentia 500 dierum.  Leo XIII., 15 Martii 1890; S. P. A., 12 Sept. 1936.

sábado, 25 de mayo de 2013

GLORIA A TI, TRINIDAD SANTA

No es fácil para un búho hablar del misterio de la Trinidad Santísima por aquello que ya advertía el viejo Aristóteles: nuestro entendimiento se comporta respecto de las cosas más inteligibles, de modo semejante a como los ojos de un búho se encuentran frente a la luz del sol. La infinita luminosidad del Misterio de la vida íntima de Dios casi nos enceguece; ante la Trinidad es de noche, solía decir el místico castellano. Pero nuestro Señor Jesucristo nos ha abierto una vía de acceso al conocimiento y gozo de esta verdad, en la que el hombre encuentra el porqué y el para qué de su existencia. “Procuro tratar al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, decía en un día de 1968 San Josemaría Escrivá a sus más cercanos colaboradores: es como una necesidad imperiosa porque, si no, no encuentro sentido a la vida”.
 También Benedicto XVI nos ha dejado una notable reflexión sobre este misterio: “Hoy contemplamos la Santísima Trinidad tal como nos la dio a conocer Jesús. Él nos reveló que Dios es amor "no en la unidad de una sola persona, sino en la trinidad de una sola sustancia" (Prefacio): es Creador y Padre misericordioso; es Hijo unigénito, eterna Sabiduría encarnada, muerto y resucitado por nosotros; y, por último, es Espíritu Santo, que lo mueve todo, el cosmos y la historia, hacia la plena recapitulación final. Tres Personas que son un solo Dios, porque el Padre es amor, el Hijo es amor y el Espíritu es amor. Dios es todo amor y sólo amor, amor purísimo, infinito y eterno. No vive en una espléndida soledad, sino que más bien es fuente inagotable de vida que se entrega y comunica incesantemente.
 Lo podemos intuir, en cierto modo, observando tanto el macro-universo —nuestra tierra, los planetas, las estrellas, las galaxias— como el micro-universo —las células, los átomos, las partículas elementales—. En todo lo que existe está grabado, en cierto sentido, el "nombre" de la Santísima Trinidad, porque todo el ser, hasta sus últimas partículas, es ser en relación, y así se trasluce el Dios-relación, se trasluce en última instancia el Amor creador. Todo proviene del amor, tiende al amor y se mueve impulsado por el amor, naturalmente con grados diversos de conciencia y libertad.

 "¡Señor, Dios nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!" (Sal 8, 2), exclama el salmista. Hablando del "nombre", la Biblia indica a Dios mismo, su identidad más verdadera, identidad que resplandece en toda la creación, donde cada ser, por el mismo hecho de existir y por el "tejido" del que está hecho, hace referencia a un Principio trascendente, a la Vida eterna e infinita que se entrega; en una palabra, al Amor. "En él —dijo san Pablo en el Areópago de Atenas— vivimos, nos movemos y existimos" (Hch 17, 28). La prueba más fuerte de que hemos sido creados a imagen de la Trinidad es esta: sólo el amor nos hace felices, porque vivimos en relación, y vivimos para amar y ser amados. Utilizando una analogía sugerida por la biología, diríamos que el ser humano lleva en su "genoma" la huella profunda de la Trinidad, de Dios-Amor (Angelus, Domingo 7 de junio de 2009, Solemnidad de la Santísima Trinidad). 
 Unidos a las criaturas invisibles y en representación de todas las visibles nos sentimos invitados a cantar: Tibi laus, Tibi gloria, Tibi gratiarum actio un sæcula sempiterna, o Beata Trinitas! A Ti la alabanza, a Ti la gloria, a Ti la acción de gracias por los siglos de los siglos, ¡oh Trinidad Beatísima!

viernes, 24 de mayo de 2013

AUXILIUM CHRISTIANORUM

 La liturgia nos recuerda hoy una hermosa advocación mariana: María Auxiliadora.  Este oficio de auxiliar y socorrer tan propio de María Virgen, siempre ha sido fuertemente sentido por los fieles desde los inicios mismos de la Iglesia.  Incluso antes de ser auxilio de los cristianos, María fue auxilio de Cristo mismo, como toda madre buena auxilia a sus hijos en cada una de sus necesidades. Auxilio muy especial prestó al tierno Niño Jesús, cuando junto a San José, su casto esposo, lo escondieron de las iras de un furioso Herodes burlado por los Magos.
  En el siglo XVI el Papa San Pío V acudió una vez más al auxilio de María. Ante la amenaza turca que se cernía sobre Europa, el Pontífice pidió a los fieles del mundo entero que el día 7 de octubre, mediante el rezo del Rosario, impetraran del corazón maternal de la Virgen su protección sobre la cristiandad. La victoria de las tropas cristianas en Lepanto, junto al estrecho de Corinto, fue la audaz respuesta de María auxiliadora a los ruegos de sus hijos. Cubriendo a Europa con su manto, “el Occidente cristiano quedaba libre de peligro, y la Iglesia se salvaba en su estado y forma visible” (Cf. Franz M. Moschner, Rosa Mística, Ed. Rialp, Madrid 1957, p.270). Como signo de reconocimiento y gratitud el Papa dio a Nuestra Señora el título de auxilium christianorum, auxilio de los cristianos, como memoria perenne de que María nunca abandona a los hijos que buscan en ella su refugio.
   En estos tiempos en que la odiosidad anticatólica pareciera multiplicarse en formas muy sutiles y variadas, invoquemos con serenidad a la Virgen: Auxilium christianorum, ora pro nobis; Santa María, Auxilio de los cristianos, ruega por nosotros. Y la victoria quedará asegurada.


jueves, 23 de mayo de 2013

SOBRE AGUSTINES

Don Agustín Squella –talentoso jurista y académico chileno- con perseverancia heroica y cíclica, no cesa de hacer profesión pública de su credo agnóstico. Se ve que el tema de Dios le acosa y persigue, sin terminar de resolverlo. La última ocasión se la ha proporcionado la visita a Chile del prestigioso filósofo del derecho John Finnis. Criticando algunas posturas del profesor de Oxford escribe en su última columna: “Quienes creen en la existencia de una ley natural que ellos han descubierto y de la cual son seguidores e infalibles intérpretes, incurren en un acto de manifiesta arrogancia moral, negándose a hacer lo que cualquier otro mortal: presentar sus conclusiones como propias, sin adjudicarles el aval de la naturaleza o de Dios”. (El Mercurio, Viernes 10 de mayo de 2013).
  ¡Oh si conociera don Agustín la profunda humildad que se encierra en la defensa de la ley natural! Se trata de una humildad no solo moral sino ontológica, por decirlo así, porque en ella late la verdad profunda de nuestra condición humana y de todo cuanto existe: somos criaturas. Y nuestra condición de criaturas, aparte de ser el único modo posible de existir que nos es dado, constituye nuestra mayor grandeza y dignidad: somos, como cualquier otro mortal, pertenencia de Dios, ni más ni menos, de modo análogo a como un hijo pertenece a su familia, como la esposa a su marido y viceversa, como el ciudadano a su patria. En este sentido, la falta de compromiso en la defensa de la ley natural podría derivar, como de hecho sucede, en una actitud de abandono, de apatía o desinterés hacia el hombre: pues lo que no tiene dueño o está fuera de todo orden de pertenencia, siempre queda expuesto al arbitrio y arrogancia de cualquier déspota. Sólo la existencia de una ley natural protege al hombre de sus propias garras. Se comprende entonces que quienes la defienden lo hagan con verdadera pasión.
Escrutando  más el corazón del profesor Squella  que sus columnas, me atrevería  aconsejarle –inteligencia no le falta-  que  se anime  a  seguir los pasos de su tocayo de  Hipona,  el  gran Agustín, para que en un día no lejano pueda exclamar, con una paz interior que me parece serle completamente desconocida: “¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! (Confesiones L. X, c.27).

lunes, 20 de mayo de 2013

TEMOR SAGRADO


Ubi es? Adán, ¿dónde estás? (Gn 3, 9). Así llamó Yavé Dios a nuestros primeros padres cuando notó que esta vez no habían corrido a saludarlo. Y es que luego de que hubieran consumado su pecado, experimentaron algo totalmente desconocido hasta entonces para ellos: sintieron miedo de Dios y trataron de ocultarse a su mirada en medio de los árboles del jardín (cf. Gn 3, 8). Este temor que lleva a esconder la falta, a huir del Juez que absuelve, a querer justificar neciamente lo que no tiene justificación alguna, es un temor dañino que no tiene nada que ver con el don de temor de Dios que regala el Espíritu Santo a las almas delicadas, y en el que estriba el “principio de la Sabiduría” (Ps 111 [Vg 110], 10). “Aquí se trata de algo mucho más noble y sublime, recordaba el beato Juan Pablo II: es el sentimiento sincero y trémulo que el hombre experimenta frente a la ‛tremenda maiestas’ de Dios, cuando especialmente reflexiona sobre las propias infidelidades y sobre el peligro de ser encontrado “falto de peso” (Dan 5, 27) en el juicio eterno, del que nadie puede escapar” (Meditación dominical, 11-6-1989). Temor a contristar a un Dios amante celoso; temor a que por nuestro pésimo comportamiento vuelva a lamentarse, como en los comienzos de la historia: “me pesa de haberlos hecho” (Gn 6, 7); temor filial de no corresponder al amor de un Dios y Padre que dice tener sus delicias entre nosotros (cf. Prov 8, 31), son algunos afectos saludables que imprime el don de temor de Dios en nuestros corazones.
   El temor sagrado también está relacionado con el infinito respeto que siempre impone la presencia de Dios. Los ángeles tiemblan ante el trono de Dios; los santos del antiguo testamente han experimentado auténtico pavor ante las teofanías del Señor o de sus mensajeros; incluso el alma inmaculada de Santa María sintió temor ante la presencia del Arcángel y su admirable anuncio; también Pedro temió frente a una señal clara de la divinidad de su Maestro, y corrió a postrarse a sus pies exclamando: apártate de mí que soy un hombre pecador. Incluso las apariciones gloriosas de Jesucristo a los suyos, no excluyen el sentimiento de temor por muy grande que sea el gozo de verlo resucitado.
  A la luz de este santo temor y respeto de Dios se vuelven clarividentes tantas piadosas costumbres litúrgicas: permanecer de rodillas durante la plegaria eucarística, comulgar el Cuerpo de Cristo también de rodillas y en la boca, guardar estricto silencio frente al Sagrario y saludarlo siempre con genuflexión, inclinar la cabeza ante las imágenes de Nuestra Señora o de los Santos, preferir comulgar de manos consagradas que de las que no lo son, evitar en la iglesia cualquier manifestación de asamblea mundana: aplausos, pies cruzados, guitarras, globos, y otras tantas extravagancias que suelen anidar en la imaginación de los así llamados animadores litúrgicos. En fin, temamos, y mucho, no temer a Dios.

domingo, 19 de mayo de 2013

PENTECOSTÉS. UNA ORACIÓN TEOLOGAL


Hoy solemnidad de Pentecostés me complace reproducir una oración al Espíritu Santo, tomada del Decenario al Espíritu Santo de Francisca Javiera del Valle. En esta humilde costurera de Carrión de los Condes (Palencia 1856-1930), uno admira la exquisita sabiduría que un alma puede alcanzar, aun careciendo de letras, precisamente gracias a la acción de los dones del Paráclito. ¡Cuántos teólogos hubiesen deseado alcanzar, con su estudio, su erudición o su cultura, las alturas teológicas y el amor encendido a las que llegó esta santa mujer!

Oración final para todos los días

Santo y Divino Espíritu, que por Ti fuimos criados y sin otro fin que el de gozar por los siglos sin fin de la dicha de Dios y gozar de Él, con Él, de sus hermosuras y glorias.
  ¡Mira, Divino Espíritu, que habiendo sido llamado por Ti todo el género humano a gozar de esta dicha, es muy corto el número de los que viven con las disposiciones que Tú exiges para adquirirla!
  ¡Mira, Santidad suma! ¡Bondad y caridad infinita, que no es tanto por malicia como por ignorancia! ¡Mira que no Te conocen! ¡Si Te conocieran no lo harían! ¡Están tan oscurecidas hoy las inteligencias que no pueden conocer la verdad de tu existencia!
  ¡Ven, Santo y Divino Espíritu! Ven; desciende a la tierra e ilumina las inteligencias de todos los hombres.
  Yo te aseguro, Señor, que con la claridad y hermosura de tu luz, muchas inteligencias Te han de conocer, servir y amar.
  ¡Señor, que a la claridad de tu luz y a la herida de tu amor nadie puede resistir ni vacilar!
  Recuerda, Señor, lo ocurrido en aquel hombre tan famoso de Damasco, al principio que estableciste tu Iglesia. ¡Mira cómo odiaba y perseguía de muerte a los primeros cristianos!
  ¡Recuerda, Señor, con qué furia salió con su caballo, a quien también puso furioso y precipitadamente corría en busca de los cristianos para pasar a cuchillo a cuantos hallaba!
  ¡Mira, Señor!, mira lo que fue; a pesar del intento que llevaba, le iluminaste con
tu luz su oscura y ciega inteligencia, le heriste con la llama de tu amor y al punto Te conoce; le dices quién eres, Te sigue, Te ama y no has tenido, ni entre tus apóstoles, defensor más acérrimo de tu Persona, de tu honra, de tu gloria, de tu nombre, de tu Iglesia y de todo lo que a Ti, Dios nuestro, se refería.
  Hizo por Ti cuanto pudo y dio la vida por Ti; mira, Señor, lo que vino a hacer por Ti apenas Te conoció el que, cuando no Te conocía, era de tus mayores perseguidores. ¡Señor, da y espera!
  ¡Mira, Señor, que no es fácil cosa el resistir a tu luz, ni a tu herida, cuando con amor hieres!
  Pues ven y si a la claridad de tu luz no logran las inteligencias el conocerte, ven como fuego que eres y prende en todos los corazones que existen hoy sobre la tierra.
  ¡Señor, yo Te juro por quien eres que si esto haces ninguno resistirá al ímpetu de tu amor!
  ¡Es verdad, Señor, que las piedras son como insensibles al fuego! ¡Pena grande, pero se derrite el bronce!
¡Mira, Señor, que las piedras son pocas, porque es muy pequeño el número de los que, después de conocerte, Te han abandonado! ¡La mayoría, que es inmensa, nunca Te han conocido!
  Pon en todos estos corazones la llama divina de tu amor y verás cómo Te dicen lo que Te dijo aquel tu perseguidor de Damasco: “Señor, ¿qué quieres que haga?”
  ¡Oh Maestro divino! ¡Oh consolador único de los corazones que Te aman!
  ¡Mira hoy a todos los que Te sirven con la grande pena de no verte amado porque no eres conocido!
  ¡Ven a consolarlos, consolador divino!, que olvidados de sí, ni quieren, ni piden, ni claman, ni desean cosa alguna sino a Ti, y a Ti como luz y como fuego para que incendies la tierra de un confín a otro confín, para tener el consuelo en esta vida de verte conocido, amado, servido de todas tus criaturas, para que en todos se cumplan tus amorosos designios y todos los que ahora existimos en la tierra, y los que han de existir hasta el fin del mundo, todos te alabemos y bendigamos en tu divina presencia por los siglos sin fin. Así sea.

(Tomada del Decenario al Espíritu Santo de Francisca Javiera del Valle, Ed. Rialp, Madrid 1998, p. 44-47).

sábado, 18 de mayo de 2013

UN CORAZÓN DE CARNE


Por labios de Ezequiel Profeta Dios manifestó, entonces a modo de promesa, llevar a cabo su proyecto acariciado: cambiarnos el corazón. “Os daré un corazón nuevo y pondré en vosotros un espíritu nuevo; os arrancaré ese corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Pondré dentro de vosotros mi espíritu y os haré ir  por mis mandamientos y observar mis preceptos y ponerlos por obra” (Ez 36, 26-27). Como se ve, Dios quiere operar en nosotros un verdadero trasplante de corazón: quitarnos el corazón frío y duro que tenemos, para sustituirlo por otro más sensible y encendido en el Amor del Espíritu Santo. A eso se ordena el don de piedad. “Mediante éste, señalaba Juan Pablo II, el Espíritu Santo sana nuestro corazón de todo tipo de dureza y lo abre a la ternura para con Dios y para con los hermanos”. (Meditación dominical, 28-5-1989). El corazón nuevo que el Paráclito implanta en nuestra alma es un corazón humilde, que palpa su indigencia existencial y huye de cualquier manifestación de autosuficiencia. Con la fuerza de este don se experimenta gustosamente a Dios como un Padre cercano, amoroso y providente, y se alcanza una profunda confianza y abandono en los designios de su voluntad. La ternura para con Dios percibido como Padre, desborda también en mansedumbre y caridad para con los demás. La piedad arranca del corazón las durezas que crea el orgullo, el rencor, la discordia, la envidia y tantas miserias más que anidan en las profundidades de nuestra naturaleza herida por el pecado.
  Por otra parte, la íntima conexión de la filiación divina adoptiva y el obrar del Espíritu Santo en el corazón del hombre redimido, es puesta de manifiesto por Santo Tomás de Aquino en este breve y profundo texto: “Y como por la benevolencia* que uno tiene para con otro resulta que lo adopta como hijo, para que así le pertenezca la herencia, convenientemente se atribuye al Espíritu Santo la adopción de los hijos de Dios, según aquello de Rom. 8, 15: ‛Habéis recibido el Espíritu de adopción por el que clamamos: Abba!, ¡Padre’!” (S.C. 4, 21).
  En nuestros días urge recuperar la piedad especialmente en el ámbito del culto a Dios. Si en la celebración litúrgica alguien se vuelve incapaz de manifestar ternura para con Cristo presente en el Santísimo Sacramento, cabe esperar que muy pronto su corazón se volverá duro y helado como un témpano o como una roca.

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*Es la forma de amor más noble, que en Dios se le atribuye o apropia al Espíritu Santo porque procede del Padre y del Hijo per viam amoris, por vía de amor.

viernes, 17 de mayo de 2013

ESTE HOMBRE TIENE UN SOPLÓN


“Este hombre tiene un soplón…”, exclamó admirado un sacerdote después de recibir una sabia respuesta del Santo Cura de Ars; con una pronta y breve consideración, San Juan María Vianney daba respuesta a un problema que por tiempo otros no acertaban a resolver. (Cf. A. Riaud, La acción del Espíritu Santo en las almas, Ed. Palabra, Madrid 1998, p. 59). Los dones de sabiduría, entendimiento y ciencia, necesitan como complemento natural el don de consejo, por el cual el Espíritu Santo “enriquece y perfecciona la virtud de la prudencia y guía al alma desde dentro, iluminándola sobre lo que se debe hacer, especialmente cuando se trata de opciones importantes (por ejemplo de dar respuesta a la vocación), o de un camino que recorrer entre dificultades y obstáculos… El don de consejo actúa como soplo nuevo en la conciencia, sugiriéndole lo que es lícito, lo que corresponde, lo que más conviene al alma. La conciencia se convierte entonces en el ‛ojo sano’ del que habla el Evangelio (Mt 6, 22), adquiere una especie de nueva pupila, gracias a la cual es posible ver mejor qué hay que hacer en una determinada circunstancia, aunque sea la más intrincada y difícil” (Juan Pablo II, Meditación dominical, 7-5-1989). Cuando abunda en el mundo una señalética secularizada y hasta perversa, que tiende a desdibujar las nítidas fronteras entre el bien y el mal, lo natural y lo antinatural, entre lo que realiza o corrompe, se hace muy necesario un Divino Soplón a quien seguir dócilmente en nuestras decisiones y opciones de vida.

jueves, 16 de mayo de 2013

TUS MANOS ME HICIERON Y ME PLASMARON


Ávido de conocer los preceptos del Señor se muestra el salmista cuando exclama: “Tus manos me hicieron y me plasmaron; instrúyeme para que aprenda tus mandamientos” (Salmo 119, [Vg 118] 73). La primera y más elemental de las verdades que el Espíritu Santo concede al hombre como máxima que debe orientar y dirigir sus juicios y acciones, es el reconocimiento de su condición creatural: “Ipse fecit nos, et ipsíus sumus”; “Él nos creó, somos suyos” (Salmo 100, [Vg 99] 4). Mediante el don de ciencia quiere el Paráclito que todo en nuestra vida se juzgue a la luz de esta verdad fundamental: somos creaturas de Dios y a Él pertenecemos. Solo esta ciencia, decía San Gregorio Magno, supera el ayuno de la ignorancia.
  Como enseñaba el beato Juan Pablo II, “el hombre contemporáneo, precisamente en virtud del desarrollo de las ciencias, está expuesto de modo particular a la tentación de dar una interpretación naturalista del mundo; ante la multiforme riqueza de las cosas, de su complejidad, variedad y belleza, corre el riesgo de absolutizarlas y casi de divinizarlas hasta hacer de ellas  el fin supremo de su misma vida… Para resistir a esa tentación sutil y para remediar las consecuencias nefastas a las que puede llevar, he aquí que el Espíritu Santo socorre al hombre con el don de ciencia. Es ésta la que ayuda a valorar rectamente las cosas en su dependencia esencial del Creador. Gracias a ella –como escribe Santo Tomás- el hombre no estima las creaturas más de lo que valen y no pone en ellas, sino en Dios, el fin de su propia vida” (Meditación dominical, 23-4-1989).
  Facilidad para descubrir la huella divina en todas las obras del universo; ímpetu del corazón para dar alabanza y gloria al Creador; profunda humildad y deseo de contemplación de las obras de Dios; conciencia de nuestro estado de viadores en este mundo; gozo de saberse artesanía de Dios y no simple producto de energías cósmicas, son otros tantos efectos saludables del don de ciencia en nuestras almas. Finalmente, cuando abunda tanta falsedad revestida con harapos de una pseudociencia, y por desgracia capaz de engañar a mucho incauto, urge implorar del cielo la ciencia del Espíritu Santo.    

martes, 14 de mayo de 2013

DEL CIELO VIENE LA FUERZA


De caelo fortitudo est. Del cielo viene la fuerza; es la respuesta llena de fe que Judas Macabeo dirige a sus hombres para animarlos al combate, ante un adversario de poderío ampliamente superior. “Fácil cosa es entregar una muchedumbre en manos de pocos, los exhorta, que para el Dios del cielo no hay diferencia entre salvar con muchos o con pocos; y no está en la muchedumbre del ejército la victoria en la guerra, porque del cielo viene la fuerza” (I Mac. 3, 18-19). Es la convicción sobrenatural de que se lucha con la fuerza de Dios la que ha hecho grandes a tantos varones y mujeres en la historia de la salvación. “Quizá nunca como hoy –decía Juan Pablo II- la virtud moral de la fortaleza tiene necesidad de  ser sostenida por el homónimo don del Espíritu Santo. El don de la fortaleza es un impulso sobrenatural, que da vigor al alma no sólo en momentos dramáticos como el del martirio, sino también en las habituales condiciones de dificultad: en la lucha por permanecer coherentes con los propios principios; en el soportar ofensas y ataques injustos; en la perseverancia valiente, incluso entre incomprensiones y hostilidades, en el camino de la verdad y de la honradez”   (Meditación dominical a la hora del Regina Caeli, 14-5-1989).
  Hoy, en efecto, la tentación de ceder y acomodarse a la mediocridad reinante es fuerte, como lo es igualmente el afán de rebajar las exigencias evangélicas, para poder decir con pueril satisfacción que se está a tono con la cultura imperante. El cristiano es y será siempre un soldado de Cristo, que lucha con las armas de Dios, con la fuerza del Espíritu Santo, sostenido de lo alto; por eso siempre se crece frente a su adversario, como David frente a Goliat, como Judas Macabeo frente al ejército enemigo. Con el don de fortaleza, que el divino Consolador no deja de esparcir en su Iglesia, podemos evitar el triste papel al que no pocos creyentes, curiosamente, parecen sentirse impelidos a ejecutar: el papel del cristiano cobarde y acomplejado.

lunes, 13 de mayo de 2013

UNA INTELIGENCIA SUPERIOR


La inteligencia, esa noble potencia del alma, constituye la diferencia específica del ser humano; por ella el hombre se distingue y sitúa muy por encima de cualquier otro animal vivo. Gracias a la inteligencia podemos intus legere, leer dentro, entender, traspasar la cáscara de las cosas y penetrar hasta las zonas más profundas de lo real, y así no sucumbir ante las apariencias. Sobre esta facultad humana, el Espíritu Santo derrama otro de sus grandiosos dones, el don de entendimiento, que nos da una inteligencia superior de todo cuánto percibimos: “Mediante este don -señalaba Juan Pablo II- el Espíritu Santo comunica al creyente una chispa de esa capacidad penetrante que le abre el corazón a la gozosa percepción del designio amoroso de Dios…La luz del Espíritu, al mismo tiempo que agudiza la inteligencia de las cosas divinas, hace también más límpida y penetrante la mirada sobre las cosas humanas. Gracias a ella se ven mejor los numerosos signos de Dios que están inscritos en la creación. Se descubre así la dimensión no puramente terrena de los acontecimientos, de los que está tejida la historia humana. Y se puede lograr hasta descifrar proféticamente el tiempo presente y el futuro: ¡signos de los tiempos, signos de Dios!” (Meditación dominical, 23-4-1989).
  Cuando algunos dignatarios eclesiásticos se inclinan por un reconocimiento civil de parejas del mismo sexo, aunque no sea el matrimonio; cuando vuelven a insistir en la posibilidad de ofrecer la sagrada Comunión a los divorciados y vueltos a casar –lo que significaría  la negación práctica de una verdad natural y de fe, como lo es la indisolubilidad del vínculo matrimonial-; cuando los especializados en escrutar los signos de los tiempos, no ven en ellos más que una ocasión para ceder y ceder a lo que siempre halaga al mundo; cuando alguno sigue soñando con algún tipo de diaconisa en la Iglesia; cuando, en fin, abundan los desvaríos en labios de quienes menos cabría esperarlos, no hay más remedio que suplicar con vehemencia al Paráclito: “Ven, oh Espíritu divino, y envía desde el cielo un rayo de tu luz” (Secuencia de Pentecostés). Sí, derrama con generosidad tu don de  entendimiento sobre pastores y fieles.

jueves, 9 de mayo de 2013

UNA SABIDURÍA DEL CIELO


Existe un saber, el más sublime que se puede obtener en esta vida, que no lo otorgan los libros, ni los títulos, ni los diplomas; simplemente lo regala Dios a quienes le buscan y le aman, mediante la infusión de los dones del Espíritu Santo. Bajo la luz y el impulso de estos hábitos, el hombre alcanza una especie de agudo instinto sobrenatural para la comprensión de la verdad, para el juzgar recto sobre lo humano y lo divino, y para el actuar conforme al modo que más complace a Dios. “El primero y mayor de tales dones –enseñaba el beato Juan Pablo II- es la sabiduría, la cual es luz que se recibe de lo alto: es una participación especial en ese conocimiento misterioso y sumo, que es propio de Dios… Esta sabiduría superior es la raíz de un conocimiento nuevo, un conocimiento impregnado por la caridad, gracias al cual el alma adquiere familiaridad, por así decirlo, con las cosas divinas y prueba gusto en ellas. Santo Tomás habla precisamente de un “cierto sabor de Dios” (S. Th., II-II, q. 45, a. 2, ad 1, por lo que el verdadero sabio no es simplemente el que sabe las cosas de Dios, sino el que las experimenta y las vive” (Meditación dominical a la hora del Regina caeli, 9.4.1989). Urge implorar al Espíritu Santo una magnánima efusión de este don sobre todos los creyentes: no existe peor desgracia que la pérdida del gusto por las cosas de Dios.

martes, 7 de mayo de 2013

ÓRGANO VS GUITARRA


Este búho sueña con el día en que la guitarra sea definitivamente desterrada de las ceremonias litúrgicas. No debemos olvidar que la Liturgia es parte fundamental  del legado que su Santidad Benedicto XVI dejó a la Iglesia del siglo XXI. Desde el Papa Francisco hasta el último acólito de la más recóndita diócesis del mundo deben sentirse llamados a continuar y hacer fructificar este legado por el que el Papa Ratzinger oró, trabajó y sufrió. “No es temerario afirmar, decía en el 2007, que en una liturgia totalmente centrada en Dios, en los ritos y en los cantos, se ve una imagen de la eternidad” (Discurso a los monjes cistercienses de la abadía de Heiligenkreuz, 9-9-2007). Es necesario mantener viva la conciencia de que solo la Iglesia puede proporcionar a una humanidad, crecientemente amenazada por la vulgaridad, la admirable trascendencia de la belleza, del bien, de la verdad; en una palabra, de Dios. Y la liturgia es la instancia más visible y tangible para que el hombre común pueda apreciar esta sublime grandeza. Mientras más se asemejen los comportamientos litúrgicos –cánticos, posturas, vestimentas, instrumentos, etc.- a los de la simple vida profana, la liturgia se vuelve tanto más inútil e inoperante para elevar los espíritus a la región de lo eterno y celestial y, por tanto, para santificar. Desde esta perspectiva se entiende bien por qué el órgano está llamado a desterrar la guitarra del templo: “El órgano, desde siempre y con razón, se considera el rey de los instrumentos musicales, porque recoge todos los sonidos de la creación y –como se ha dicho hace poco- da resonancia a la plenitud de los sentimientos humanos, desde la alegría a la tristeza, desde la alabanza a la lamentación. Además, trascendiendo la esfera meramente humana, como toda música de calidad, remite a lo divino La gran variedad de los timbres del órgano, desde el piano hasta el fortísimo impetuoso, lo convierte en un instrumento superior a todos los demás. Es capaz de dar resonancia a todos los ámbitos de la existencia humana. Las múltiples posibilidades del órgano nos recuerdan, de algún modo, la inmensidad y la magnificencia de Dios” (Benedicto XVI, Discurso con ocasión de la bendición del nuevo órgano de la Alte Kapelle de Ratisbona 12.9.2006).

sábado, 4 de mayo de 2013

CELEBRACIÓN FAMILIAR CON MISA TRIDENTINA


Publico unas fotografías que me envían de una Misa celebrada en la forma extraordinaria del rito romano. Tuvo lugar tiempo atrás en la capilla del fundo Santa Rita, comuna de Pirque, diócesis de San Bernardo, en Chile. Las fotos muestran una hermosa concurrencia de distintas generaciones participando en el Santo Sacrificio del Altar. Celebró el Rev. Don Federico Mönckeberg; su hermano Don Guillermo se encargó del canto y del teclado. Ambos son sacerdotes de la Prelatura del Opus Dei.